Después de un largo día de
mucho sol sobre la cara, de gran calor deslizándose por las aceras derretidas,
escurriendo millones de personas a cada minuto; después del sudor evaporado en
su salinidad confundiéndose con la tierra que flotaba caliente; después de diez
horas de prisas y de pesados movimientos para ir de un lado a otro buscando tal
vez en el lugar incorrecto. Después de caminar por las largas calles desde el
trabajo en la fábrica de pantalones, de repetir el mismo procedimiento para
hacer funcionar la máquina de coser y de estar esperando el instante de llegar
a la cama, tal como la noche anterior, y la anterior, y la anterior, no sin
antes dar un gran suspiro. Un suspiro no de cansancio, sino de aburrimiento por
la gran inmovilidad de los sucesos que parecían repetirse uno a uno, como una
serie de pantalones en la banda sin fin de la fábrica. Un suspiro con esa
pequeña pausa entre la inhalación y la exhalación, esa pausa tan particular en
donde un pequeño silencio se presentaba, para demostrar otra vez el estado real
de la cosas; para ver que no importaba cuán optimista se pudiera ser, siempre
existía aquel descubrimiento y ocasionaba preguntarse estúpidamente: ¿Cómo fue
que llegué a este punto?
Ella ya estaba cansada de escuchar su mente, también el hambre la
había fastidiado porque no importaba cuánto comiera; el hambre siempre se
retorcía en su vientre. Abrió la puerta de la pequeña vecindad y miró el
pasillo sucio; vio cómo la pintura de las paredes poco a poco se iba
carcomiendo, idénticas a su estómago con la gastritis, que por cierto ese día
no paraba. Cerró la puerta tras sus espaldas y siguió el trayecto hasta las
escaleras del fondo. Ya no aguantaba las rodillas; el sobrepeso había
contribuido a aumentar su incomodidad en aquella ciudad que cada vez conocía
menos. Subió trabajosamente y descubrió que el problema de las várices había
vuelto. Tal parecía que la operación de hacía dos meses no solucionó la
molestia. La incapacidad que le costó su empleo anterior fue en vano. El miedo
regresó súbitamente para cuando llegó a su cuarto, (porque no se podría llamar
departamento. Un departamento tendría otro aspecto; para empezar sería mucho
más amplio, se tendría privacidad, no se escucharían los gemidos de la pareja
de al lado por las mañanas, ni los pasos del joven del 7 regresando de
madrugada, tampoco cómo vomitaba después de una borrachera. Un departamento
definitivamente tendría otro aspecto, según ella). Metió la llave en la
cerradura escuchando con atención cómo se deslizaba el pasador.
Cada vez que le daba vueltas, estúpidamente, esperaba encontrar
algo nuevo adentro; tal vez alguien que estuviera robando; eso sería una
sorpresa, la hija del casero con su novio, una víbora, un precipicio, otra
puerta, su otro “Yo”, algo; otros muebles, alguien esperando en la cama.
Extrañamente sentía esta incertidumbre al estar girando la cerradura; abría los
ojos más de lo normal para no perderse ningún detalle de lo que pudiera estarle
aguardando. La puerta se abría y la solitaria cama destendida la exasperaba aún
más. Quería dar un grito, pero para qué, eso no cambiaría las cosas.
Y, tal como en noches anteriores, tendía la cama. Un sentimiento
absurdo la abrigaba porque las sábanas, la colcha y las almohadas eran
acomodadas escrupulosamente para en el lapso de una hora desacomodarlas otra
vez. Sin embargo, este ritual era lo que le daba cierta normalidad a su vida
sin que ella lo supiera; tender la cama se había convertido en el ancla que la
mantenía sujeta a la realidad, la cual cada vez era más fragmentada.
Al terminar la cama, fue al refrigerador que no enfriaba nada; la
comida comúnmente se descomponía por el maldito calor. Todo era culpa del
clima; los bochornos que sentía a medio día eran insoportables, la sed. El
pesado camino de regreso sería mucho más cómodo sin el sol cayendo como plomo
en los hombros. Y ahora lo del refrigerador. No había tregua.
Tomó agua y una lata de atún. Miró el celular. Ya no recordaba
cuándo la habían llamado por última vez. Seguramente Pedro seguía enojado, pero
ella estaba en lo correcto. No es que no quisiera un poco de diversión, no es
que no quisiera estar con él, no es que no estuviera aburrida. ¿A quién le
importaba el amor? A nadie. Siendo sinceros, sí importaba, pero sentía que se
le escapaba el tiempo para pasarla bien. No soportaba que la comparara con su
esposa, con ésa. Nunca se lo volvería a consentir. Le era posible sobrellevar
que Pedro no quisiera verla tan seguido por culpa de sus hijos o tener que
pagar ella las cuentas en un restaurantillo de segunda; también podía prestarle
dinero para sus borracheras, incluso tolerar su tufo alcohólico; que la llamara
gorda o que se burlara de ella cuando no entendía alguna circunstancia
estúpida. Algunos insultos se olvidan, unos golpes de vez en cuando también,
pero que la comparara con su esposa jamás. Qué se joda él con todo y ésa.
Dejó el celular con un ademán de desprecio, como si de esa forma
Pedro tomara su merecido, aunque para ello no alcanzaran todas las condenas del
mundo. Le hubiera gustado verlo decapitado por la guillotina, pero que su
cabeza rodara viva por el suelo para que aprendiera, y que después se la
volviera a poner sobre los hombros y se le hincara pidiendo perdón. Hizo un
gesto de insulto, Pedro era un marica. Fue a darse un baño.
Las gotas resbalaban por sus senos, caderas, y espalda; rodaban y
caían a un precipicio de recuerdos. Se puso una toalla en la cabeza y se miró
en el espejo. Qué vieja. Sí, estaba vieja; sus mejores años, si es que
existieron, ya habían pasado. La verdad eso tampoco importaba. Se envejece, es
normal, así pasa. Todo se desmorona con el tiempo; las cosas ya no están en su lugar,
se pierde la forma sin remedio. Ella podía estar de acuerdo con todo eso. Pero
que sus mejores días se hubieran ido por el caño, la aplastaba. Nunca se
percató. Hasta ahora que se sentía tan asexual; la mayoría de los hombres no la
bajaban de doña, se sentía terriblemente tonta como para seducir a alguien. Tal
vez por eso se había refugiado en Pedro. Un poco de diversión no es mala, un
mucho de sexo; antes de que fuera demasiado tarde. Necesitaba a alguien
inferior a ella para sentirse a gusto; a alguien grotesco, a un hombre horrible
de horrible cuerpo, de mañas horribles; necesitaba a un perdedor, a una
escoria, de otra forma nunca podría sentirse mujer, sentirse sexual. Tal vez
era el sobrepeso, si bajara algunos kilos se vería más joven. Qué extraño que
hubiera engordado tanto, solamente tuvo un hijo.
Mejor no quería pensar en él. Su hijo nunca la llamaba, si lo
hacía era solamente para pedir dinero. Pero pensándolo bien era mejor así, que
no se vieran. Los veintisiete años de manutención fueron suficientes, lo que
menos quería era tenerlo encima. Un embarazo de casi treinta años había sido
más de lo que se puede dar. Al fin pudo abortarlo. Que cada quien se fuera por
su lado, que la dejara vivir, que la dejara divertirse, que la dejara moverse.
De esa forma se había logrado un pequeño reducto por el cual se podían
comunicar; ese reducto era el celular. Así ella podría decir que tenía un hijo;
de otra manera, sería como un gran montón de estiércol. A menudo pensaba que
había cometido un error garrafal al tenerlo. Posiblemente, las cosas hubieran
sido distintas, pero como siempre, ya no era tiempo de considerar aquello; él
ya estaba ahí y, de lejos, aún podía tolerarlo.
Su hijo todavía vivía con la madre de ella. A veces recordaba
aquella enorme casa oscura de rincones abandonados. Gran parte de la vivienda
estaba vacía a pesar de que también ahí estaban metidas sus hermanas con todo y
esposos e hijos. Los hermanos visitaban a su madre los fines de semana y se
adueñaban de todo. Creían que el hecho de tener sus propias familias en otros
lugares, el hecho de tener hijos crecidos (que no eran otra cosa más que
grandes y tragones animales), les daba el título de dueños; sentían que se
habían convertido en su padre quien, gracias al destino, ya había muerto porque
ningún mal dura más de cien años. Pero ahora ellos se encimaban sobre su
existencia; no faltaba quién la regañara por tener un hijo tan inútil, por
tener un trabajo tan poco digno. Lo extraño era que ninguno de ellos se
presentaba cuando la madre caía enferma. La casa estaba tan llena que era
imposible vivir en ella; no llenas las recámaras o el patio, no de esa forma
física que a veces resulta vacía porque cada quien puede permanecer encerrado
en su cuarto, y entonces todos poseer un gran espacio. Esta casa estaba llena,
atiborrada, porque sus habitantes continuamente tomaban las cosas como dadas,
como una obligación del propietario a dar todas sus pertenencias porque si no lo hacía de esa
manera entonces tenía que ser castigado, y casi linchado, no a golpes, sino a
reclamos. Nadie estaba conforme con que alguno de ellos pudiera ser
independiente de los demás; independiente ya no digamos de manera económica
porque esto jamás sucedería, sino de una forma vital. Todos deberían sufrir los
mismos males al igual que los demás debido a que no se concebía de otra manera
la vida. Ya bastaba con eso.
El cuarto en su gran monotonía era mejor, sin embargo, sólo
resultaba ser un último escape. Ahí estaba esperando algo, en silencio, todas
las noches apagaba la luz sin decir nada. Incluso ella misma no hubiera podido
decir qué; era sorprendente cómo la vida transcurría sin ser vista por nadie.
Le hubiera gustado decir “buenas noches”, pero resultaba estúpido. Lo que ella
buscaba era una respuesta. Entonces para qué, no tenía caso. Diría “buenas
noches” a ciegas, se recostaría en la penumbra oyendo el enrarecimiento
nocturno de la ciudad, sintiéndose más estúpida. Tenía hambre, pero ya era
tarde para salir a buscar algo, nada de lo que había en el refri le apetecía y
además estaba gorda. Una culpa la obligaba a no hacerlo: estaba gorda. Ya era
suficiente.
De pronto se oyó que alguien entraba en la vecindad; se oyeron las
pisadas y un murmullo. Era el joven del 7; no venía solo, a veces traía
muchachas. Estaba al tanto de quién era, lo miraba sin que él se diera cuenta.
No es que fuera una chismosa; en aquella vecindad se oía todo: las pisadas, las
puertas abriéndose, las puertas cerrándose, los estornudos, las toses, el
movimiento de los muebles, las conversaciones, los escupitajos. Ella sabía de
cada sonido, pero extrañamente no conocía a nadie. Estaba cansada.
El joven del 7 cerró su puerta tras de sí. Silencio. La presencia
de aquellas personas la distrajo un poco, pero estaban muy alejadas como para
mantener su interés. Pronto fue muy difícil seguir con ellos, lo último que
escuchó fue una leve carcajada. Miró el celular, apenas había pasado media hora
y la espera era larga. Parecía que aguardaba algo, tenía la esperanza de irse,
pero ¿adónde? No tenía dinero. En un instante ya no tenía ganas. Se quedó
dormida.
Se despertó asustada, enojada por desperdiciar el tiempo
durmiendo. ¿Qué hora era? Ya casi amanecía. Deseaba que faltara mucho para ir a
trabajar, cómo deseaba que la noche se alargara en un interminable descanso.
Una noche de la que nunca se volviera a levantar, una noche en la que se
olvidara de todo y, como quien dice, pudiera comenzar de nuevo pero de tal
forma que ya supiera lo que debería saber; no cometer las mismas pendejadas y
sí otras que valieran la pena. Un descansar total, casi monstruoso. Un
descansar suicida en el cual ella pudiera liberarse de todo; de su monotonía de
vacío. Llenarse de muerte, buscarla para hablar con ella y preguntarle por la
salida o la entrada a otra experiencia, a otro ángulo escondido. Morirse para,
por primera vez, sentir. Alargarse en un instante detenido por un anhelo de
muerte, pero sin morir del todo.
La luz encendida la confundió aún más. Las cosas estaban igual que
antes de cerrar los ojos en su breve sueño. El buró se presentaba estático, la
lámpara, la puerta. Cada una de las paredes hacía el mismo gesto de seriedad.
Pareciera que el tiempo no tenía ningún efecto sobre nada; el tiempo únicamente
transcurría en ella. Se estaba yendo por su propio cuerpo, su cuerpo era una
fuga de tiempo, un lugar por donde ella se estaba escurriendo. No importaba que
se agarrara de la silla, de la cama, se acababa como un reloj de arena.
El celular sonó, y su pantalla encendida la sobresaltó; aún no
había desaparecido por completo, el mundo continuaba rodado después de todo. La
Tierra seguía cayendo como un grano de arena. Se levantó y leyó: “Pedro”. Fue
una sorpresa, no quería contestar. Tuvo la sensación de observarse desde lejos,
como si fuera una desconocida para sí misma. Viéndose repetir como una serie de
pantalones en la banda sin fin de la fábrica. Contestó:
—Bueno —dijo monótonamente.
Del otro lado se oyó la voz de Pedro preguntándole en dónde se
había metido, preguntando un por qué de todo.
—No es de tu incumbencia, no es de tu incumbencia.
La conversación fue adonde ella no quería ir, pero desde que
presionó el botón ya era sabido cómo acontecería cada parte, cada sílaba
pronunciada con ese tono tan similar a un metal fatigado.
—No me compares con tu esposa, yo no soy como tu esposa, ¿para qué
me llamas? No, es que tú no entiendes, no, no, es que tú no entiendes. No, no
me compares. ¡Cállate! No empieces. No empieces. ¡Cállate!
La noche aún tronaba caliente, no guardaba más que la vehemencia
del día; las voces presentes en toda la vecindad, voces arraigadas, sin poder
escapar de estos muros. Voces escondidas en los rincones.
—¡Bueno!... ¡Bueno!... ¡Bueno!
julio de 2009
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