domingo, mayo 03, 2026

La literatura disca de Edgar Lacolz

 

La diosa del escritor es la ciudad. Desde hace tiempo he reflexionado sobre la pertinencia del escritor en la cultura. A diferencia de otras épocas, el literato ha perdido relevancia. No lo sé, quizás nunca la tuvo verdaderamente. No he dejado de pensar en el fenómeno por otra parte. Lo he abordado desde el punto de vista de una literatura nacional y también desde el punto de vista de una literatura local. ¿A qué se debe que su voz sea escuchada o por el contrario a que pase de largo? En ese aspecto, vuelvo al principio: la escritura de un autor resuena mejor en el ámbito local, en el primer círculo.

A final de cuentas la nación es algo abstracto, una fantasmagoría moderna. Pero la ciudad es milenaria, es física, es una estructura jerárquica y territorial, y el escritor ocupa un lugar en dicho espacio. Se lo puede encontrar en las librerías, en los cafés, en los teatros, en las exposiciones, en las plazas, en los mercados, en las cantinas. Dentro del universo de la ciudad, quien escribe posee un mapa. Hay afinidades y fobias, hay significado.

Los lectores revisan sus palabras, porque es el vecino, el maestro, el librero, el borracho, el payaso, el raro, el periodista, el licenciado, el amigo de la infancia, y un sinfín de máscaras. Se interesan en sus ideas porque interpelan a quienes lo acompañan, a quienes lo reconocen, a quienes ven en su figura a un hombre o mujer común y corriente. Casi podría decir que, más allá del talento y el carisma, para ser un verdadero escritor es necesario conocer a fondo la ciudad. Hacerse uno con ella. No basta con leer, tan bien hace falta caminar.

Con lo anterior no me refiero a que el escritor se vuelva parte del hampa ni siquiera a que se mude a los lugares más tenebrosos o marginales de la urbe, sino a que distinga en ella a su diosa. El interlocutor de un escritor no es la nación, es la ciudad. Por metonimia una ciudad puede ser el análogo de la nación, como mucho tiempo lo fue la Ciudad de México en nuestro país, pero esa analogía con el tiempo se ha revelado como falsa. Sin embargo, en el contexto posmoderno, de una economía postindustrial, equiparar a la ciudad con la nación será más complicado. Incluso alguien puede preguntarse por la vigencia del concepto de nación en nuestros tiempos. Las ciudades son de millones de personas y ese universo en sí ya es lo suficientemente complejo para crear mitologías.

El escritor encontrará a su contraparte en la polis. Bastará que se adentre en sus calles, sus mercados, su gente. Ese será su laberinto, donde de forma inesperada, si sabe observar bien, podrá hallar a su doble, a ese fantasma que lo persigue, y que es la causa primaria de la blasfemia de atreverse a plasmar letras en la hoja.

Entonces, como podemos ver, la escritura no se hace en abstracto. Se escribe desde un lugar, pero sobre todo desde un cuerpo. El modo en que dicho cuerpo recorre la ciudad genera un estilo, causa un ritmo. Por ello, aunque suene algo cómico, la forma de andar por la ciudad determina el estilo de los escritores. No sólo eso, también cómo se compenetran con ella, cómo escuchan y dialogan con los otros.

Bajo ese orden de ideas la obra literaria de Edgar Lacolz es necesaria. Nuestra ciudad, al parecer, está poblada de escritores. Se está convirtiendo en un sitio de relevancia para la literatura contemporánea. Ocurre así por la multiplicidad de voces, y porque más de uno de ellos ha comprendido, de un modo o de otro, lo comentado en estos párrafos. Autores como Jaime Muñoz Vargas o Carlos Velázquez se ocupan de narrar desde sus andanzas lo que observan por estas calles, por estos barrios. Otro a quien podríamos incluir en dicha lista es Edgar Lacolz. Sin embargo, para Lacolz hay un matiz diferente y de especial importancia por la radicalidad de su situación, pues como él mismo lo dice es un “usuario de silla de ruedas”. En vez de caminar la ciudad, él la rueda y eso le permite otro posicionamiento en el mundo y por lo tanto en la escritura.

Caosmosis 20.20 (Ediciones del Olvido, 2024) es el segundo libro que leo de su autoría. Ya hace diez años también reseñé Retrato esperpento (Palabracadabra Ediciones, 2014), la cual si no me equivoco fue su primera novela, muy al estilo de las novelas de iniciación. En el caso de Caosmosis estamos frente a una crónica. El tema principal es la pandemia del COVID-19, hecho funesto para muchos, y también uno de los acontecimientos de índole global más relevantes de nuestro siglo. Descubrimos que esas historias apocalípticas donde la raza humana es erradicada por un virus no son tan fantásticas. Comprendimos la cercanía del peligro, la fragilidad de nuestra organización social.

La peste es el tema visible del libro, pero en una lectura más detenida, la narración también aborda el modo en que Lacolz habita el mundo. Su escritura emana de otro lugar, y por ello al leerlo se abre la encrucijada de percibir las cosas de un modo distinto. En muchos aspectos, con el transcurrir del tiempo, Lacolz se ha hecho consciente de esto. Lo noto muy claramente en este nuevo volumen, pues por los cambios de tipografía, en la distribución de la caja, la lectura se convierte en una analogía entre su forma de rodar la ciudad y otra forma más convencional de caminarla.

Cada tantas páginas, hay que poner de cabeza el volumen, ponerlo de costado, en diagonal. Para un lector perezoso esto quizás signifique un problema, pero siguiendo la lógica de su escritura, precisamente ese es el punto, causar esa pequeña molestia para hacer visibles los obstáculos que un usuario de silla de ruedas debe sortear en esta cultura capitalista, en esta cultura de la explotación. La forma del libro ya remite a eso.

Sin embargo, no es ahí donde se halla el carácter más interesante de la obra de Lacolz: la crónica desdobla un segundo nivel de contenido. No se trata de contarnos solamente cómo vivió los días, los meses, los años (¿quién puede saberlo?) de la pandemia. Por supuesto se narran algunas situaciones, como el hecho de compartir espacios con amigos en el encierro, algunas complicaciones logísticas, el regreso a Torreón, y de ahí el subtítulo del libro “O de cómo estoy volviendo de donde nunca me fui”. Todo eso se aborda, pero el libro resalta el asunto de los primeros párrafos de esta marginalia: el adentramiento a la ciudad desde las ruedas.

La densidad literaria de la crónica aumenta en tanto la narración observa desde los discos a los otros sujetos. En la primera sección, mientras la historia se sitúa en la Ciudad de México, el diálogo con una mujer evidencia este punto. El modo de habitar de Lacolz le permite entrar en ciertos espacios de otro modo, y desde ahí observar. Por ello su mirada en la tradición literaria de nuestra ciudad es necesaria. En dichos pasajes escribe: “En mis últimas salidas, antes del confinamiento, conocí a Chofis. Me llamo Sofía, dijo, pero nadie me ubica así. Todos me dicen Chofis. A veces hasta a mí se me olvida que me llamo Sofía. Luego me preguntó qué hacía solo y tan tarde por la calle”. Lacolz no da un juicio sobre la chica, pero nos describe el contexto en el cual vive, relacionado con la marginalidad de la urbe: “Volvimos a deshacer el camino. A veces, dijo, extraño los calorcitos de allá [la chica resulta ser de Torreón], pero la neta el desmadre está más rico aquí [en CDMX]. La colilla de caballo se le movía de un lado a otro. Me pidió que la esperara en la esquina. Llegó con las chicas de afuera del motel. Le dio los chetos a una. Vi que con un movimiento de cabeza se refirió a mí y se metió al edificio. Al poco rato llegó un coche. Se subió la que no comió chetos”.

Lacolz alberga esta capacidad de observar, y al desarrollar esta mirada el libro aumenta su vértigo. Otros momentos relevantes suceden cuando la narración nos muestra los testimonios de la hermana del autor, quien trabajó como enfermera durante el punto más alto de la epidemia. “Nos manda, entre sollozos, una nota de audio. No contamos con el equipo médico ni las medidas de higiene básicas. Nadie nos está capacitando en forma. De más de veinte pacientes encamados, la mitad requiere respirador y solo tenemos cuatro buenos y dos medio fallones. Está jodido.” Y por último uno de los sueños de la madre, después de que una amiga de toda la vida ha fallecido por causas relacionadas con la enfermedad: “Mague me decía que siguiera sola. Que ella se quedaría. Yo le decía que entrara, que sí cabíamos las dos, pero no íbamos a caber. Ella me empujaba y me gritaba que me fuera. Comenzaba a arrastrarme sobre el piso mientras escuchaba sus gritos más y más lejos -sé que esto es un cliché. Pero estas anécdotas no las inventó la literatura.”

Ciertamente, no las inventó la literatura, porque la literatura sólo existe en tanto hay una fusión de diferentes elementos. En esta marginalia he intentado describirlos. La obra de Edgar Lacolz muy bien los reúne. Es un tono, un punto de vista necesario en este concierto de voces de escritores de nuestra ciudad.

viernes, abril 24, 2026

Los veranos con Emilia de Oscar Bonilla o las inercias del sexo

 

No es extraño considerar la etapa de la juventud como el punto más alto de la existencia. Nunca seremos tan gallardos. Nunca seremos tan atractivos. Nunca seremos tan virtuosos y valientes como lo llegamos a ser en los primeros años de nuestra vida.

Es en este periodo donde ocurren los descubrimientos, también donde el miedo es vencido por la pasión y la curiosidad. Al carecer de experiencias y objetos materiales, no hay nada que perder. Saltamos el abismo en esa búsqueda de conocimiento. “Todos los hombres, por naturaleza, desean saber”, apunta Aristóteles en su Metafísica. Después en la Ética agrega: “La felicidad es una actividad del alma conforme a lo virtuoso… y la más perfecta de estas actividades es la contemplación”.

En la juventud es cuando estamos mucho más dispuestos para observar, para oler, para tocar. También es cuando hay más energía para salir al mundo, para emprender el viaje por más corto que este sea. Por supuesto, algunos de esos caminos del conocimiento van más allá de lo edificante. El erotismo y el exceso son rutas más redituables, con muchas más recompensas. “El erotismo conduce al ser humano a un punto donde el conocimiento racional se disuelve y se accede a una verdad más profunda, ligada a la continuidad del ser”, nos dice George Bataille. Mientras tanto William Blake, en Los proverbios del infierno escribe: “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”.

No son palabras huecas. Sin duda el conocimiento más valioso y el más determinante para comprender, soportar y lidiar con la vida, es irracional, aquel imposible de reducir al discurso. Ese es, sobre todo, el tipo de aprendizaje acumulado en la adolescencia y la primera juventud. La principal causa de ello es muy sencilla. Aún el cuerpo cuenta con las fuerzas vitales necesarias para adquirirlo. No es que de viejos no busquemos seguir ampliando nuestros horizontes; simplemente, ya no podemos, el cuerpo y la mente antes de asimilar los estímulos quedan exhaustos. Las mejores enseñanzas por lo tanto son las primeras, pues quizás sólo en ellas es posible encontrar un reducto de verdad. Y ese es el tema de la novela Los veranos con Emilia (An.Alfa.Beta, 2023) de Oscar Bonilla.

Sin embargo, la originalidad del libro no reside sólo en el tema, sino en la pregunta implícita que erige: ¿Qué pasa cuando la juventud no es libre de adquirir sus experiencias? Vivimos en una sociedad donde los individuos cada día tenemos menos libertades. De todos los sectores sociales, la juventud es el más golpeado. Aunque en la propaganda política se diga lo contrario, lo cierto es que vivimos tiempos de represión y violencia. Los factores son múltiples. En la historia de Bonilla se aborda la guerra contra el narcotráfico.

De nueva cuenta, estamos frente a una novela de iniciación. En la cuarta de forros Liliana Blum señala: “Los veranos con Emilia es una novela de coming of age, en la tradición de El guardián en el centeno, de J.D. Salinger o Matar a un ruiseñor, de Harper Lee”. Ciertamente, lo es. El personaje narrador, usando una técnica similar a aquella de Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, ya desde la edad adulta, rememora el tiempo de su adolescencia, y cómo la vivió en el contexto de la guerra contra el narcotráfico. “El taxi condujo y se internó en la noche de la ciudad. La mayoría de los negocios permanecían cerrados y con las luces apagadas. Es la guerra, pensé”, puede leerse en una de las secuencias más interesantes del libro.

El objeto del deseo y del conocimiento, como ya se intuye, es Emilia, una chica asidua a la mariguana, la promiscuidad y con un pasado misterioso. El personaje narrador por medio de ella accede al exceso y al erotismo. Por lo tanto, en la ruta de su andar por el mundo se hará determinante. “Pero al dar la vuelta no encontré a ningún maestro; la encontré a ella: vestía una falda rosa, converse y una camiseta de Iron Maiden. El pelo: negro y corto, como una Louise Brook millenial”.

En los diferentes capítulos la analiza, la sopesa. Sin duda lo desborda, no la soporta, es para él una presencia incomprensible, ajena, pero por eso mismo se convierte en una puerta, quizás en una salida al estado de abulia y represión que padece.

Más allá del marco de referencia violento, el valor de la historia está en el tono irónico, el cual permite al relato hacer una crítica a la hipocresía de la sociedad burguesa. El problema no es en sí el consumo de las drogas, y su consecuente guerra, sino la represión de los impulsos, la continuidad de normas morales y sociales caducas, pero sobre todo la falta de un sentido vital. Los personajes a pesar de su juventud están muertos en su interior, y con esto no me refiero a que no funcionen literariamente, sino a que la narración nos muestra la vacuidad de la vida contemporánea, donde toda actividad se hace por inercia, incluso la misma actividad del sexo.

Al hablar de Sara, una chica más acorde a la ideología del narrador, puede leerse: “Sara, por otro lado, quería ser actriz de verdad, aunque eso significara muy poco en una ciudad como la nuestra. Cualquiera que, como ella, se atreviera a considerar el teatro como forma de vida, tenía sólo dos opciones: marcharse al extranjero o conseguir una licenciatura y conformarse con tratar de pasatiempo su arte.” Quizás una tercera opción sería convertirse en sicario. Sólo que para el estatus social de los personajes esto no es evidente. La narración en ese aspecto no falla. Nos cuenta un universo, el de la preparatoria de un colegio católico; sin embargo, la novela es capaz de representar un conflicto social más amplio, aquel de la debacle en la cual ya llevamos más de veinte años inmersos. Lo hace por medio de Emilia, pero también por medio de las actitudes inconscientes de los jóvenes, quienes actúan solo por inercia, sólo como autómatas en el engranaje del capitalismo tardío. En uno de los puntos más álgidos, el personaje narrador relata: “Aceleró el ritmo. Sentí malestar y, al mismo tiempo, las contracciones eléctricas que anteceden al orgasmo. -Me das asco -dije, mientras la jalaba del cabello y eyaculaba dentro de ella”.

De esta manera Oscar Bonilla, nos presenta una instantánea de esa juventud atrapada, de esa juventud sin salida, sin la posibilidad de encontrar el erotismo y el exceso a placer, siempre reprimida por las estructuras económicas y sociales, además del conflicto de la violencia en el contexto del narcotráfico.

 

 

 

 

sábado, abril 11, 2026

Los finales del mundo de Luis Carlos García Lozano o de cómo la filosofía no es suficiente

 

En una entrada de su diario Soren Kierkegaard escribió: “La filosofía tiene razón al decir que la vida debe comprenderse hacia atrás; pero se olvida de la otra proposición: que ha de vivirse hacia adelante”. El danés con esta frase ya empezaba a intuir la incapacidad de la filosofía para dar respuestas. Si algo diferencia a los pensadores modernos, como el mismo Kierkegaard o Nietzsche, de lo clásicos, como Platón o Aristóteles, es la pérdida de la ingenuidad. No hay salidas fáciles; mucho menos, atajos. Nadie puede ayudarnos a sobrevivir en este mundo.

En su libro Temor y temblor, el danés agrega: “El mundo exterior está sujeto a la ley de la imperfección y por ello podemos ver una y otra vez la circunstancia de que también come quien no trabaja […] Pero en el mundo del espíritu no ocurren las cosas del mismo modo […] sólo quien ha conocido angustias reposa.”

Con estas palabras, Kierkegaard descubre que el conocimiento para afrontar la realidad de la vida no se genera de forma vicaria. No importan las lecturas ni los consejos, estos servirán de poco cuando nos veamos inmersos en carne propia dentro de las vicisitudes de la experiencia. Por más que se intente razonar acerca del mejor método para confrontar el mundo, el conocimiento adquirido de dichas reflexiones servirá de poco. El mundo es de suyo un lugar irracional y cualquier enfoque racional del mismo no basta para comprenderlo.

En ese aspecto, el orden de la existencia se basa en la administración del caos. Estar en la realidad precisamente implica adentrarse en lo incoherente. Vanos son los esfuerzos por evitarlo. La consciencia de ello es la raíz de la angustia, pues el individuo se ve obligado a tomar una decisión entre dos opciones: Vivir o no hacerlo. La paz está en la evasión del movimiento. La calma está en nunca verse en la encrucijada. La fantasía es postergar la decisión, pero no es posible lograrlo por mucho tiempo. Los objetos caen por su propio peso. Kafka también lo comprendió: “No es necesario que salgas de casa […] El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se prosternará estático a tus pies”.

El pensamiento filosófico apenas si alcanza a intuirlo. Su lenguaje colapsa cuando aborda las contradicciones. No está hecho para hablar de paradojas. La literatura la aventaja en ese camino. No en balde tanto Kierkegaard como Nietzsche fueron despreciados por parecer más bien literatos. A estas alturas, la disputa carece de importancia mientras las palabras continúen revelando lo verdadero.

Siempre he creído que entre la buena literatura y la buena filosofía no hay mucha diferencia. Considero que en eso estaría de acuerdo conmigo el autor central de esta marginalia: Luis Carlos García Lozano.

La naturaleza de su primer libro está entrecruzada por las ideas mal resumidas en los párrafos anteriores. Los finales del mundo (IMCE Torreón, 2025) es una novela filosófica. El adjetivo no aparece aquí como un defecto. Muy por el contrario, estamos frente a una de las mejores novelas escritas en nuestra ciudad.

Me di a la tarea de plantear el problema de la incoherencia del mundo, lo irracional de la vida, con el objetivo de señalar que ese es el tema abordado por esta ópera prima. García Lozano ha sido un escritor con quien ya llevo años dialogando, en bares, en cafés, en páramos y borracheras infinitas, y con base en ello cometo la osadía de clasificarlo como un filósofo. Con esto de nueva cuenta no estoy infravalorando su trabajo. Se trata de un filósofo en pleno domino del lenguaje literario. La prueba de ello es Los finales del mundo.

Sin embargo, esa cualidad de su carácter en muchos sentidos explica el tono, el tema y el ritmo del texto en cuestión.

La historia desarrolla a cinco personajes: Lucio, Lulú, Eugenio, Judith y Ramón. Todos ellos jóvenes estudiantes de la clase media a punto de comenzar sus vidas adultas. Lucio es el personaje principal; él es quien nos guía a lo largo de la trama. Adicionalmente él es quien hace la pregunta implícita del libro, ¿cómo debe vivirse la vida? En los primeros párrafos argumenta: “En el comienzo siempre pensaba en aquel refrán árabe o judío, de que la sabiduría la dan los días, los libros y los viajes, y en cómo sería mi camino, pues he sido un habitante del desierto que ha vivido aquellas tres cosas de manera particular, como tres formas de lo mismo. Puede ser que me faltan muchos días en la vida, que no es cierto que ya he llegado a la edad de las confesiones, pero ¿qué sabemos del tiempo y la vida?”.

Aunque la pregunta puede llegar a parecer un lugar común, incluso para toda la producción editorial de ese pusilánime género de la superación personal, lo cierto es que Los finales del mundo aborda la indagación de una forma absolutamente honesta, y eso vuelve válida la pregunta. Se trata de una novela donde un joven se transforma, hay una metamorfosis última y quienes leemos somos testigos de ese cambio.

Bajo ese orden de ideas, estamos también ante una Bildungsroman, término traducido como “novela de iniciación”. Este tipo de obras elabora el descubrimiento iniciático de la juventud; lo hizo famoso el autor alemán Johann Wolfgang von Goethe con Las penas del joven Werther y el ciclo de Wilhelm Meister.

Lucio es la consciencia del libro, es quien indaga y en especial quien intenta una posible respuesta a la pregunta implícita. “He sido, ante todo, un desesperado y un miserable, porque un desesperado no sabe esperar, y un miserable no sabe qué esperar”. El tono es trágico, y el ritmo, reflexivo, casi elegiaco, pues el aprendizaje del personaje narrador ocurre a un alto precio: acompaña y de algún modo colabora en la destrucción de sus amigos.

La organización de las acciones sigue la estructura de la tragedia clásica adaptada a la narrativa moderna. Ese es un acierto técnico de la trama. Lucio y Lulú fungen como el corifeo y el coro de los otros tres personajes: Eugenio, Judith y Ramón. Estos último serán consumidos por la hubris, vocablo griego traducido como desmesura, soberbia, arrogancia, la cual según los poetas griegos es el defecto más grave de la raza humana.

El personaje trágico por decisión consciente entra en un ciclo de desmesura, y así encuentra su destrucción física y moral. Eugenio, Judith y Ramón tomarán dicha senda. Mientras tanto, el coro dialoga con ellos, intenta detenerlos sin lograrlo.

Ahora bien, la originalidad de la historia está en el descubrimiento de Lucio. Él desea entender, busca encontrar una solución ante la vida. Por ello se la pasa leyendo. “Por el día, la luz de la mañana me entusiasmó, pues sobre las páginas podía ver amanecer, y eso siempre deja el entusiasmo que puede colmar el ánimo por el resto del día. Seguí leyendo hasta el mediodía […] Había pasado ya muchas horas en que no me despegaba del libro. Las dos novelas se confundían: la novela escrita y la novela soñada”. Analiza cada uno de sus actos y pensamientos. En más de una vez señala no estar listo para vivir. No quiere cometer los errores de sus amigos y por eso se abstiene. Dice vivir por medio de los otros. Alberga la intención de convertirse en escritor, y así justifica su estatismo. Ser testigo, asegura, le permitirá relatar en el futuro: hecho que se ejecuta en la misma lectura de la novela. “Nunca he tenido que presionarte, le dice a Eugenio, para que me cuentes nada, de hecho, nunca he dicho que vaya a escribir sobre ti. Sabes que me gusta escribir, pero no quiero escribir la realidad, siempre he preferido el sueño […] Y tú eres un mal sueño que cargaré conmigo.” Él es quien narra la anécdota, quien reflexiona y valora las acciones de la misma. No obstante, en dado momento descubre que, al igual que todos los otros personajes, está en la encrucijada. La decisión de vivir debe resolverse. Ingenuamente, confía que sus lecturas y reflexiones lo mantendrán a salvo del caos y la incoherencia. Como ya el lector de esta reseña lo intuye, no sucede de esta manera y Lucio al final de la historia, aunque ha sufrido una transformación que eleva su nivel de consciencia, por otra parte, es dominado por un mal sabor de boca ante la realidad; el sentimiento de desasosiego lo colma.

Los finales del mundo es mucho más interesante y compleja. El esbozo presentado más bien es una invitación a adentrarse en sus páginas. Es una de las mejores novelas publicadas en nuestra ciudad. Quien la lea no se arrepentirá.

martes, marzo 31, 2026

La crisis de Isaac Eduardo Treviño: Unas memorias del subsuelo posmodernas


El escritor nunca está en pleno dominio de su oficio. A diferencia de un músico o un artista plástico, el escritor es uno con su obra. Me refiero a que el escritor está atrapado en las mismas palabras que usa para crear sus historias. Por ello Sartre comentaba que un escritor jamás puede leerse a sí mismo de un modo objetivo, así como tampoco una persona puede mirarse de verdad en un espejo. Siempre hay una distorsión, un punto ciego ineludible.

Esto podría pensarse como una ventaja. ¿No es acaso una fantasía común entre los artistas no distinguirse de su labor, un poco al estilo de Van Gogh cuando comía de los pigmentos? La imagen sin duda ostenta cierta belleza, pero al momento de trabajar en la obra se convierte en uno de los más grandes obstáculos, en especial porque el escritor continuamente debe luchar con las palabras para hacerse de una voz propia. La voz del escritor corre el riesgo permanente de ser erosionada, engullida por el lenguaje mismo. No es el escritor quien está en posesión del lenguaje, sino, muy por el contrario, es el lenguaje el que está en posesión del escritor. Las palabras fluyen, salen sin parar de la pluma; no obstante, es necesario preguntarse si este flujo es en sí la escritura. Tiendo a pensar que no lo es, al menos no del todo, pues escribir no implica sólo redactar ideas, oraciones, letras en la hoja en blanco, sino descubrir un pequeño hallazgo en todas esas posibilidades que las palabras crean.

No se trata de repetir lo ya dicho; en todo caso, de repetirlo de otra manera. El problema para un escritor no es pasajero ni menor, pues de eso depende si logrará consolidar un estilo, si logrará distinguirse, aunque sea mínimamente de ese interminable balbuceo que acarrea una tradición literaria.

Un escritor ingenuo buscará resolver esta circunstancia volcándose a los grandes temas: el amor, la muerte, la avaricia, etc. Pero esto lo llevará a agravar su posición. La avalancha de los múltiples tratamientos hechos desde las profundidades inalcanzables de los autores clásicos, demostrarán que su obra irremediablemente es inferior. Simplemente comparar fuerzas con los grandes monstruos de la literatura no es sensato. Imposible salir indemne. Más de uno se ahogó en esa batalla. Por ello, es mejor que todo escritor se ande con cautela. El abordaje del tema que dará origen a la obra literaria es un proceso lento, lleno de trampas y desengaños.

Las líneas anteriores no dejarán de albergar un tono sombrío. Al parecer no hay salida. Ya todo fue dicho, ¿qué caso tendría entonces escribir? La escritura es un oficio peligroso. Sólo aquellos que están dispuestos a adentrarse en sus más secretos miedos y obsesiones conseguirán salir del laberinto. La respuesta no está en el exterior, sino en el centro de la existencia de cada escritor. Sólo el que se vuelva hacia ese otro lugar -muchas veces desagradable, porque es el punto de reconocimiento de lo que en realidad somos-, comienza a tener un verdadero tema de escritura. Es ahí donde existe una fuerza capaz de luchar contra el lenguaje. Saberlo no basta, el escritor deberá primero capturar esa esencia, para después darle forma mediante las palabras. De nueva cuenta, el procedimiento es largo y doloroso. No obstante, en el camino de la literatura no hay atajos. No los hay al menos para el escritor que no pretende engañarse. Todo esto quizás pueda resumirse en una cita de Dostoievski, la cual aparece en sus Memorias del subsuelo: “Pero en fin, ¿de qué puede hablar un hombre honrado con la mayor satisfacción? Respuesta: de sí mismo. Pues bien, hablaré de mí mismo.”

No estoy del todo seguro, pero creo que Isaac Eduardo Treviño estaría de acuerdo con esta cita. Al igual que yo, entiendo que es un asiduo lector de las novelas del ruso. En su primer libro La crisis, hay un espíritu que lo hermana con lo mencionado en los párrafos anteriores. Isaac Eduardo es un escritor que se ha propuesto escribir no desde la repetición ni los lugares comunes, sino desde una búsqueda muy particular de la experiencia humana. Como autor, posee una capacidad privilegiada para encontrar la ironía en los momentos más inesperados. No es de sorprender, por otra parte, si advertimos el método de su escritura. Su estilo se caracteriza por la emoción auténtica. Sus personajes no son marionetas, no están vacíos, viven en las páginas de su libro de un modo genuino, pues en ellos las emociones poseen un registro nítido, no falsean, ni exageran sus movimientos y con un grado mayor de interés no se acaban en el mero efecto sorpresivo. Sus personajes albergan un doble fondo y es ahí donde el lector descubre la densidad de la mirada de la obra de Isaac Eduardo.

Entre sus temas destacan la vida de los hombres solitarios, el erotismo, la experiencia fantástica y la reelaboración de historias de la cultura pop. Su prosa es poderosa con un lenguaje que va al detalle de las atmósferas y las acciones, sin por ello perder la ligereza en el ritmo. Hay en su mirada una combinación que ahonda en la anécdota común, la cual fluctúa entre lo humorístico y lo trágico. Lo que deseo decir con esto es que en dicho contraste el lector advierte que los movimientos de los personajes poseen más de una capa de significado, hecho que en ocasiones los vuelve contradictorios, y por lo mismo muy humanos.

Por supuesto, dentro del volumen de relatos, destaco aquel que da nombre a todo el libro. La historia es muy sencilla, pues sin problemas la podemos reducir a una frase. No la mencionaré para mantener la intriga. No obstante, el valor de la historia reside en el punto de vista, en cómo Isaac Eduardo logra captar el conflicto humano de su personaje. A pesar de hablarnos desde una particularidad muy específica, el despliegue de las sensaciones físicas y mentales permite al lector verse reflejado en el conflicto. Es una prueba más de que el cuento, contrario a lo que en ocasiones se piensa, está más bien en el tratamiento, en la mirada del autor y no así en una trama rebuscada o sorpresiva.

Considero que Isaac Eduardo posee la capacidad de escribir un cuento de gran nivel del detalle cotidiano más nimio, ya sea una rápida visita para hacer un trámite o un capítulo de su programa de televisión favorito.

Isaac Eduardo lo ha comprendido como pocos. La escritura no implica necesariamente abordar los grandes temas, sino más bien mirar hacia el interior y aceptar lo desagradable que reside en nuestras almas, y con ese material empezar a contar historias; en otras palabras, a hacer literatura.

 

El libro se puede adquirir en la siguiente liga: https://www.amazon.com.mx/crisis-Isaac-Eduardo/dp/B0FMQSZR13/ref=sr_1_1?__mk_es_MX=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&sr=8-1

jueves, marzo 26, 2026

La última mirada. Obra reunida de Teresa Muñoz: a un año de su partida

 

Teresa Muñoz durante los años ochenta y noventa escribió algunas de las mejores páginas de la literatura lagunera. Ya desde su primera juventud era una excelente cuentista y poeta. A pesar de esto, su obra no vio la luz sino mucho más tarde. Las rígidas estructuras sociales donde la mujer es desplazada al margen y reprimida causaron que su literatura permaneciera oculta. Por este motivo Teresa no pudo dedicarse al teatro y la escritura: sus dos pasiones principales. Apenas tuvo la posibilidad de publicar estos primeros relatos al cabo de treinta años. Ejemplos de lo anterior son “Débil como la mar rugiente”, “Desde el baúl”, “La pila y el pozo” y “Oscuro y hondo, como el rencor”.

Estos cuentos acompañaron a Teresa a lo largo de décadas, escondidos. Gracias a este ocultamiento sobrevivieron. Mucha de su escritura fue perdida por cuestiones que por el momento no vienen al caso. Pero pueden ser resumidas en una palabra: misoginia. Hubo una época en que Teresa estuvo quebrantada. ¿Cómo sé todo esto? Ella misma me lo dijo. Así fue como nos hicimos amigos, amantes, cómplices, familia. Por más de diecisiete años Teresa ha sido mi familia. Ahora que ya no está lo sigue siendo, pero como habrán de imaginar su ausencia física hace las cosas diferentes. En todo caso fortalece el lazo entre mi existencia y su existencia.

Recuerdo que un día sacó un sobre color crema y de ahí unas páginas amarillas de tan viejas. Eran los cuentos mencionados. No se los había enseñado a nadie desde antes de casarse. Los mantuvo escondidos por miedo a que fueran destruidos, así como fueron quemados sus diarios por razones absurdas. Yo en ese tiempo apenas tenía veinticuatro años. Ella era una mujer de cuarenta y uno. Lo que relato habrá ocurrido en el 2007. Estábamos en su mítico departamento de la Allende en Lerdo, Durango. Yo ya había compartido con ella algunos de mis relatos y me causaba orgullo que ella pensara que no eran tan malos. En alguna parte ya he mencionado que ella era mi maestra. Y quizás por ese motivo Teresa consideró compartir sus cuentos secretos conmigo. El primero que leí fue “Oscuro y hondo, como el rencor”, después “Desde el baúl” y luego “Débil como la mar rugiente” y así cada uno de ellos. Quedé deslumbrado. Entendí que mi talento y el de todos los que conformábamos la Escuela de Escritores de La Laguna estaba muy por debajo del vuelo de Teresa. “Tienes que publicarlos”, le dije. Era lo mejor que había leído de una persona viva. Curiosamente, Teresa en ese tiempo no me escuchó y volvió a guardar los cuentos en el sobre color crema.

Los años pasaron. Nos mudamos a la Ciudad de México, después a Xalapa y luego regresamos a Lerdo. En una de esas mudanzas, donde, como saben, es común tirar tiliches, cosas inservibles, pues ya no se requerirán en el nuevo espacio, Teresa tuvo la osadía de decidir que era momento de deshacerse el viejo sobre. Lo puso en la basura. Estaba lista para olvidarse de sus cuentos de juventud para siempre, así sin más. Por supuesto, me negué a aceptar aquello. Me puse de pie y los saqué de la bolsa y le dije que no los tirara, que más adelante podría extrañarlos. Le dije que en todo caso a mí me gustaban y que después querría releerlos, como cuando alguien relee su libro favorito. De esta manera una parte importante de su primer libro El fin de la inocencia fue recuperado.

No quiero parecer hipócrita ni darme una importancia que no tengo, pero me pareció necesario señalar cómo una mujer talentosísima, una escritora de primer orden como lo es Teresa Muñoz, por múltiples motivos, ha sido relegada del centro de la conversación literaria. En ese orden de ideas, el objetivo de la publicación de su obra reunida obedece a que los lectores puedan acceder en un solo volumen a su mundo literario, y así pueden apreciar la densidad y al mismo tiempo la ligereza de su estilo.

No hay en nuestra tradición lagunera alguien que se le parezca. Nadie con esa profundidad para abordar el erotismo, nadie con esa lucidez para hablarnos de los sueños, nadie con esa prosa para mimetizarse en múltiples voces, nadie con la amplitud necesaria para alcanzar lo desértico y lo selvático.

Ella por las mañanas me contaba sus sueños. No sé si los inventaba o realmente los tenía, en cualquier caso, en ellos siempre emergía una revelación. Los sueños de Teresa albergaban la esencia de la epifanía. Quizás esa sea una de las principales cualidades de su estilo. La mirada y la escritura de Teresa poseen la cualidad del oráculo. En estas líneas, por cuestiones de espacio y de tiempo, no me es posible realizar un análisis exhaustivo de su narrativa y poesía. Pero quizás pueda señalarlo en uno de sus cuentos.

No puede ser otro que el primero que leí. Me refiero a “Oscuro y hondo, como el rencor”. Se trata de una historia situada en el trópico. Es notable y estéticamente muy interesante dentro de su obra cómo Teresa despliega las atmósferas del sur de Veracruz. No es de sorprender por otro lado, pues vivió gran parte de su infancia en dichas latitudes. Ella poseía todo un universo en ese espacio. En ella se cumplía el principio rilkeano donde se asevera que la infancia da suficiente material para escribir toda la vida. El cuento se desenvuelve a las orillas de la laguna de Catemaco. En las primeras líneas puede leerse:

 

 

“El mar siempre estuvo dentro de ti. Desde los primeros sueños con enormes tiburones blancos, grises, azules, en albercas llenas de sal y arena. Te soñabas observada por ellos, fuera de la alberca, pero asustada; de pronto ya estabas rodeada, dentro del agua a punto de ser devorada, cuando una milagrosa jaula aparecía de la nada y te atrapaba antes de que las gigantescas mandíbulas lo hicieran, salvándote de ser engullida. Moraima decía, cuando llegaba corriendo a calmar tus gritos nocturnos, que esos sueños peligrosos cesarían el día que conocieras a un hombre con el cual compartir tu cama. Alguien que pudiera devorarte como lo pretendían esos seres enormes de tus pesadillas húmedas.”

 

 

Se trata de una historia donde lo onírico prevalece. En ella se narra la resolución de un enigma. La mujer a quien se dirige la narración, mediante la segunda persona, vive primero con su hermana Alma y su abuela Moraima, y posteriormente en la misma casona, acrecentando la familia, con su marido Martín y su pequeña hija. Moraima es bruja y tiene la capacidad de interpretar los sueños, con excepción de un sueño persistente de su nieta.

No es mi intención en esta glosa estropear la intriga de este excelente cuento. Pero sí quiero destacar la intuición de Teresa para abordar el tema de los sueños en la literatura. Porque es un error creer que el sueño en la literatura funciona directamente. Muchas veces nuestros sueños pueden generar un gran impacto psíquico en quienes los soñamos; sin embargo, en la narración directa ese mismo sueño puede resultar un tanto pusilánime. El tratamiento literario de los sueños consiste en organizar la trama onírica de tal manera que el impacto psíquico se vea trasladado al efecto estético. Es ahí donde reside el talento literario de Teresa Muñoz. En este caso, el relato para generar esa sensación enigmática que poseen los sueños desarrolla un enigma que toma como símbolo una palabra: “Allí”. Ese es el enigma. La mujer de la historia sueña con esta palabra, la cual dentro del mundo narrado no es un simple vocablo, sino toda una imagen, una metáfora de algo. Por supuesto se trata de una advertencia, una profecía. Su hermana, esposo y abuela, como es natural, intentan explicar el significado del sueño. Cada uno tiene una interpretación. No obstante, ninguno logra descifrar su verdadero sentido, sino hasta que es demasiado tarde.

 

Llegó el día en que la palabra apareció en el sueño sola, como si tu mente fuera un gran pizarrón garabateado con “allí”, y el sonido que hacía perduró en tu recuerdo todo el día, como si por fin fueras a saber qué significaba. Terminaste sentada en el maleconcito del patio trasero, con los pies dentro de la laguna.

 

El enigma no es revelado sino hasta el último momento. La belleza onírica del cuento reside en esa capacidad de Teresa de crear atmósferas, además de poseer una agudeza psíquica difícil de igualar. Pocas personas que yo haya conocido han tenido el valor de observar el fondo de la naturaleza humana. Teresa nunca claudicó en ese espíritu. Ni siquiera en su lecho de muerte dejó de soñar ni dejó de crear historias. Aún a algunos meses de su partida tuvo la fortaleza de escribir dos cuentos excelentes, lo cuales se incluyen en el volumen que hoy comparto con ustedes. Ambos me los dio a leer con la idea de publicarlos pronto. Ya no pudo verlos en letra de impresa. Pero sé que estaría contenta de haberlos incluido en el libro. Así como unos pocos poemas de su juventud y otros dispersos que nunca vieron la luz mientras todavía nos acompañaba en las vicisitudes de este mundo.

Teresa Muñoz amaba compartir su literatura con los lectores. Sé que ella está aquí con nosotros y que está agradecida de la presencia de todos ustedes, y de que cada día más gente lee y disfruta de su obra. Para cerrar quisiera decir un poema que escribió a los veinte años. Seguramente, distinguirán la potencia poética de Teresa. Está fechado el 24 de mayo de 1987.

 

Aguas infinitamente azules

Voces celestiales, todo el poder del océano

Empequeñece ante mí y se aleja

Huye cual gaviota, sin dar explicaciones

Sin una razón humana para hacerlo

Y aquí estoy yo, desnuda frente al infinito

Mostrando mi piel caliente

Confundiéndola con la arena

Tratando de ser otra vez parte de la verdad

¡Ay! Infinito odio. Maldito misterio

Te alejas

¿Dónde vas con esa fuerza?

La arena se va quedando seca

Y poco a poco el sol la evapora

 

Fue playa

Y ahora no es más que aire

Aire seco

Sin descanso, sin una lágrima

Sin un retorno

domingo, marzo 22, 2026

¿Fue utilizada Inteligencia Artificial en la escritura de esta marginalia?

 

Esa es la pregunta. Imposible no tener sospechas. Cada día en las redes, en los diferentes portales, se crea contenido. Con la proliferación de la Inteligencia Artificial (IA) sería absurdo considerar su uso nulo. Sobre todo, cuando la información compartida en los medios ha aumentado. No podemos engañarnos; de ahora en adelante, el uso de la IA será lo común, la base de las redacciones, por la simple ventaja de la comodidad. Son pocas las personas con el tiempo necesario para disfrutar de la escritura y que además posean la ética para entretejer ideas argumentadas.
ChatGPT genera los párrafos, la columna completa, en menos de un minuto, sin faltas de ortografía y sin teclear casi nada. Sólo basta realizar el prompt y el famoso copy/paste para cumplir con la cuota diaria de exigencia.
Quienes se dedican a la administración de contenidos desde luego prefieren no complicarse la vida. El empleo de la IA marca una nueva etapa.
Ahora bien, bajo las nuevas condiciones, surge otra pregunta: ¿Valdrá la pena leer escrituras creadas por la IA? ¿Quiénes leen los textos publicados?
Dentro del área académica, autores, como Slavoj Zizek, han mencionado que ya nadie lee los artículos, al menos nadie de la especie del homo sapiens. Estos artículos se suben a la herramienta y es ella quien hace la lectura y da un resumen a los investigadores con los puntos más relevantes. La falta de tiempo se impone una vez más como el criterio. No hay el suficiente para echarle un vistazo a todas esas líneas, se justifica.
Quizás en el corto plazo la lectura y la escritura queden relegadas a los autómatas, y sean ellos quienes den forma al conocimiento, pues a lo largo de la historia el conocimiento se ha preservado en la letra escrita.
El tema por supuesto no acaba aquí. De algún modo la IA es un retroceso civilizatorio. Dedicarnos a la escritura posibilitaba el entendimiento de un hecho relevante para una mediana comprensión del mundo. Al escribir, descubrimos, por la mera actividad, lo complicado que es estructurar la palabra para expresar nuestros mensajes. En el proceso de la redacción, y eso es lo frustrante, se advierte que los enunciados no concuerdan con nuestras intuiciones. Quienes invertimos la vida en el oficio sabemos cómo el lenguaje, a pesar de su riqueza, sigue siendo demasiado débil para contener la realidad. El empleo de la IA crea una barrera en las personas, la cual no les permite experimentar esto último. Olvidan la naturaleza limitada del lenguaje.
Ningún lenguaje es tan amplio como para explicar la realidad. Sucede así porque la realidad no está hecha sólo de palabras. Existen conocimientos no lingüísticos, irracionales, corporales, que no encuentran una traducción adecuada en la escritura. El autómata no está consciente de esto y por eso sus textos no sobrepasan el nivel informativo. Son incapaces de nombrar lo innombrable. Son textos sin consciencia. La consciencia es la capacidad de ver lo invisible. Alguien consciente sabe que la realidad se constituye incluso en mayor grado por lo no físico, y con esto no implico algo religioso, sino a las intenciones ulteriores de los actos, a las ideologías, a los procesos transhistóricos, por referir algunos. ChatGPT hasta el momento no logra dar cuenta de ellos, y no lo hará por su falta de corporalidad.
El cuerpo nos da un punto de vista, nos abre al mundo a su zona no lingüística, la cual es el origen de la gran mayoría de nuestro conocimiento. La experiencia del mundo apenas si puede ser trasladada a la escritura. Esto queda demostrado cuando alguien intenta esbozar su autobiografía. Muchas vivencias quedan fuera del libro, pues no hay manera de comunicarlas. Los autómatas como ChatGPT poseen acceso a todo lo escrito por los humanos, pero ese apenas es un fragmento del conocimiento existente. Con dicha base de datos generan textos los cuales en cierta circunstancia resultarán funcionales, pero que a la larga serán repetitivos. Un autómata como ChatGPT no es capaz de generar conocimiento original. Es excelente para hacer resúmenes, para informarnos de lo ya existente; sin embargo, impotente para la creación de nuevas intuiciones, por su falta de consciencia y corporalidad.
La continuidad de la escritura reside en ese punto. Una escritura repetitiva y monótona dejará de leerse. Sólo la escritura interesa en tanto es descubrimiento. Quizás el problema también se encuentra en el hecho de que los seres humanos cada día pensamos y actuamos más como autómatas. Nuestras escrituras dejaron de ser una búsqueda.  

Rilke: el poeta que habla desde la oscuridad

En uno de sus poemas de juventud Rilke escribe:

 

Tú, oscuridad, de la que yo procedo,

te amo más que la llama

que da frontera al mundo,

porque brilla tan sólo

para adentro de un círculo,

tras el cual no hay un ser que sepa de ella.

 

Pero la oscuridad lo tiene todo:

rostros y llamas, animales, yo,

tal como lo arrebata:

personas y potencias…

 

Y puede ser así: una enorme fuerza

se mueve junto a mí.

 

Creo en las noches

 

 

Como todo buen existencialista, para Rilke la oscuridad de la noche se vuelve un símbolo para referirse a la Nada, la cual, según el mismo poeta, es la presencia más poderosa que constituye nuestra experiencia. Contrario a lo que se pensaba antaño y aún hoy en día, Rilke descubre y acepta que la vida está frente al vacío y no frente a la trascendencia. La vida no está frente a lo divino: no hay un dios, y ese es el origen de nuestra angustia, pues esa Nada es algo que no puede ser interpretado. Ya en otro de sus grandes poemas escribió: “y los sagaces animales ya notan que no estamos muy confiadamente en casa, en el mundo interpretado”. Ese mundo interpretado es fallido porque no puede referirse a lo oscuro, a la fuerza que siempre nos acompaña y que no es expresable, a pesar de ser una de las potencias que mejor nos define. Toda la poesía de Rilke es un intento por volcarse a ese otro lado de la existencia, la Nada. Las Elegías de Duino buscan entrar en esa especie de reverso de la realidad por medio de los ángeles, que serenos desdeñan destrozarnos. Son bellos y terribles porque no son asibles para nosotros, son presencias que observamos, pero que no nos dicen nada y no se compadecen de nuestro sufrimiento. Ese sufrimiento es tanto mayor porque carece de sentido. Rilke con su poesía al parecer nos advierte que es inútil esperar el alivio en el más allá. Rilke es el poeta que se adentra en la oscuridad y vuelve cual Lázaro para decirnos que allá donde se supone que está dios, en la oscuridad más tenebrosa, por su pesado silencio, en realidad no hay nadie. Y, sin embargo, su mensaje, porque es notable que para Rilke la poesía no es solamente un hecho estético, sino en todos los sentidos una revelación; a pesar de esto, su mensaje no es pesimista. Para Rilke el hecho de que estemos solos en la oscuridad de la noche cósmica es un hecho extraordinario.

Queda muy claro en un pequeño texto olvidado, que publicó en su único libro de cuentos: “Una historia contada a la oscuridad”. Ahí aparece una de las frases que sin duda clarifica su idea de lo divino. “Él será”. Para Rilke los seres humanos, sin importar nuestra impotencia, tenemos una misión aún mayor que la de los dioses de las tradiciones de todo el mundo. No es otra cosa que crear al mismo dios. El ser humano para Rilke es ese ser encargado de traer lo divino en un universo oscuro y vacío. Es una tarea que desde luego aún continúa pendiente.