viernes, enero 27, 2012

Esta noche no puedo dormir
pienso en el odio que guardas
escucho otra vez tus gritos, tus lágrimas
recuerdo lo mucho que quieres morir

jueves, abril 21, 2011

Dejaste tu sombra vieja en cajas
como recuerdos de muerte que quieres ocultar;
deseas que yo me quede siempre con ellas
mientras tú desapareces;
tus sombras guardadas son un indicio de tu presencia en todas partes:
una prueba de que eres inalcanzable;
se van empolvando como un muro enorme
que no permite que me olvide de mí mismo
que no permite que abandone este lugar.

viernes, marzo 25, 2011

Falto de luto

En el funeral observé a Manuel desde lejos, se recargaba en las piernas de su abuela. Creo que ninguno de los presentes me había visto con anterioridad, ninguno sabía de mi relación con Rebeca. Manuel me ignoró todo el tiempo como si estuviera manteniendo el secreto de nuestra amistad. No sé qué pensar al respecto. Tal vez sigue jugando conmigo como aquellas veces, cuando yo visitaba a Rebeca. Había ocasiones en que no podía decir a quién buscaba.

Cruzo el umbral y Manuel me sorprende con un salto, me ataca con sus puños, me dice: “Muere, muere”. Se da una vuelta, se arrastra en el piso, ahora él es quien ha muerto. Se levanta y hace ruidos con la boca, me está disparando, de pronto se aleja corriendo a su cuarto, yo lo saludo, y me siento en el sillón de la sala. Espero a Rebeca. De pronto Manuel vuelve a aparecer; se sienta a mi lado parece esperar el momento para contarme un secreto. Me adelanto y le pregunto por lo que ha hecho, dice que nada. Empieza a jugar otra vez, me tira golpes, estoy muerto. Se levanta, se pierde entre las paredes. Se desliza por el suelo, rueda sobre su abdomen y, por momentos, se queda mirando el techo. Yo lo observo e intento descubrir algo que siento oculto en sus movimientos. Él lo sabe, y no permitirá que lo descubra tan rápido. Es un juego, de eso se trata, de divertirse el mayor tiempo posible. Rebeca sale y le dice que se levante, que se va a ensuciar. Manuel de pronto ya no está donde lo había dejado un momento atrás. Rebeca y yo nos distraemos con nuestra plática. Después de unas horas nos despedimos.

Metieron el féretro y me perturbó ver cómo lo ladearon. Primero metieron la parte superior y me imaginé el cuerpo deslizándose, por la gravedad, sobre la cabeza. Me imaginé el peso del cuerpo desparpajado doblando el cuello. Y preferí cerrar los ojos mientras lo introducían en la cripta. Los hombres lo tomaron como un objeto sin valor, miré a los familiares que no se inmutaron, parecían asistir al entierro de un desconocido. Quise adelantarme y yo mismo cargar el ataúd y sepultarlo con delicadeza. Esperé impaciente el momento en que terminaron. Volteé hacia Manuel, ya por tercera o cuarta vez, buscando una complicidad, pero estaba distraído. Parecía cansado, quería regresar a casa. Y pensé que yo también así lo deseaba. Me acerqué y observé algunas parejas y algunos niños que tampoco se preocuparon mucho por lo que estaba pasando.

Regreso a visitar la casa y Manuel está en la mesa de la sala haciendo la tarea. Me acerco a uno de sus libros de primaria, veo los dibujos y me acuerdo de cuando tenía su edad. Me doy cuenta que siguen siendo los mismos libros que yo tenía; descubro que no somos tan diferentes. Veo su letra chueca y me siento aliviado porque yo también escribía así. Manuel levanta la cabeza para mirarme a los ojos, le pregunto por lo que está haciendo. Aunque es obvio me dice que la tarea. Lo observo, otra vez, escribir sobre las líneas en blanco del libro y pienso que quisiera escribirlas por él. Rebeca aparece. Me saluda y pregunta por lo que hacemos, no contesto. Es un secreto entre Manuel y yo.

El cementerio estaba en silencio y así fue mi regreso. Traté de pensar en lo que sucedería con Manuel; seguramente se iría con el ex de Rebeca, se perdería. Los hombres salieron de la cripta. Se notaban cansados. Cargaron la pesada piedra y la colocaron tapando el gran hoyo. Ahí permanecerá el cuerpo y la tumba no tendrá un recuerdo mío para ella, se perderá. Y mis recuerdos posiblemente también. Con la fosa cerrada la gente empezó a despedirse. Se dieron las condolencias, se abrazaron, se besaron. Algunos hombres se dirigieron llorando a Manuel, le decían algo que no pude escuchar a la distancia, le tomaron la cara con las dos manos y lo volvieron a abrazar. Y Manuel no lloró, no dijo nada, estaba confundido. Todos lloraron menos nosotros dos. Se empezaron a ir. Cada vez había menos personas alrededor de la tumba.

Manuel no está. Salió en la bicicleta con sus amigos y Rebeca no espera que regrese hasta que oscurezca. La casa enmudece, parece mucho más grande. Ella me cuenta su día y yo la escucho detenidamente. Me olvido de Manuel. Pasa el tiempo y silenciosamente beso a Rebeca, nos abrazamos, empiezo a tocar sus senos, su abdomen. No pienso detenerme. Siento su piel en mis manos, estoy a punto de desabrochar los botones, pero ella me recuerda que Manuel tal vez ya va a regresar. Me detengo y lo esperamos largo tiempo sin saber de él, como si nos fuera impedido hacerlo. Y trato de ver a Manuel en mi mente; imagino que juega y salta en la bicicleta o tal vez ya viene. Continúo platicando con Rebeca. La abrazo y percibo su aroma. Se empiezan a escuchar los pasos de Manuel, abre la puerta y cierra con su pequeño brazo alzado. Mete la bicicleta con dificultad en el patio, después saluda a Rebeca y, no sé si me ignora o simplemente no fue necesario saludarme, asumo que se trata de un pacto, de algún tipo de amistad secreta. Al menos eso me gusta creer.

Me acerqué a la lápida. La abuela de Manuel de pronto se dio cuenta de mi presencia; me observó tratando de reconocerme, intuyendo quién era yo. Me evitó antes de que pudiera decir algo, pensé en llamarla pero no tuve fuerzas. Vi a Manuel, no me había concedido un atisbo de complicidad en todo ese tiempo. Su abuela lo tomó de los hombros y le indicó que caminara. Me dio la espalda. Yo me quedé ahí mientras se alejaron lentamente.

Toco el timbre y tardan mucho en abrir, me da la sensación de que Rebeca no está en casa. Manuel abre. Se queda viéndome atónito, la confianza de otros días parecía haberse esfumado. Le pregunto por su mamá: “Regresará pronto”. No sé si pedirle que me deje pasar, sin embargo, al instante me dice que entre, que Rebeca le avisó sobre mi visita. Ya en la sala veo sus libros de la escuela sobre la mesa, me siento en el sillón que reposa a unos pasos. Manuel se acerca con uno de sus libros. Miro su letra escrita con lápiz. Es un libro de historia con pequeñas caricaturas de Egipto, empiezo a contarle algún detalle de esa civilización. Nada revelador, no obstante, me escucha atentamente. Quiero seguir explicándole pero me quedo sin ideas, se da cuenta y toma el libro de mis manos, regresa a la mesa y lo veo leer silenciosamente. Me quedo estático deseando romper el silencio con alguna sorpresa, pero es inútil.

Era el único en la tumba y me di cuenta que no sabía a dónde dirigirme. Manuel se alejó, de pronto vi a un hombre tomándolo de la cabeza, era el ex de Rebeca. Le levantó la cara, Manuel solamente parecía un muñeco manipulado. Dejé de mirarlos un momento, sabía que se lo llevarían. La tumba era ajena, inclusive al cuerpo de adentro. De pronto lo sentí tan desconocido. Giré mi vista otra vez hacia Manuel. Y el hombre me observaba, como preguntándose que hacía yo ahí, como si fuera un intruso. Mantuvo sus ojos en mí unos instantes. Intercambió palabras con la abuela de Manuel, asintieron algo, empezaron a caminar haciendo que el niño me diera la espalda, retomaron su rumbo sin quitarme el ojo de encima, como si estuvieran cuidando mis movimientos.

Esta noche Rebeca me ha invitado a pasar a la cocina, donde Manuel merienda. Me siento enfrente de él y nos quedamos mirando. Entrecierra sus ojos, me observa fijamente, yo hago lo mismo; mantengo mi vista en él. Observo su rostro como si fuera una pequeña máscara rupestre, tiene facciones que no reconozco en Rebeca, ni en el ex de ella, de quien he visto fotos. No sé si mantener mi mirada. Sé que es un juego: a ver quien aguanta más. Pero para mí es más que eso, es como si fuera la oportunidad de descubrir, lo que según yo, oculta. Pero me doy cuenta de que no lo haré, al menos no en esta ocasión. Primero necesito aceptar la debilidad que Manuel reconoce en mis ademanes, en mis risas pesadas, en mis ojos asombrados con su presencia, en la debilidad de no poder quedarme callado y buscar excusas para continuar hablando, en mi fragilidad por la cual no quiero que me contemple ni entienda mi existencia, mi debilidad de no tener nada importante qué darle, nada que no haya recibido de otra manera. Hace este juego a sabiendas de que no podré ganarle porque se da cuenta de mis temores, y desde el principio ha sabido predecirme. Sonrío aceptando mi derrota, volteo con Rebeca para continuar mi conversación, evito los ojos de Manuel. Ella calienta la cena. Manuel de pronto me interrumpe y me pregunta si he comido brefas. No sé que son, descubro que está inventado, sigo la corriente hasta que, otra vez, me quedo sin ideas. Rebeca y yo cenamos mientras Manuel se distrae con las servilletas, con el salero, con los tenedores. Ha hecho un campo de batalla en la mesa de la cocina.

Ya no había nadie en el cementerio. La luz del sol se desparramó con el negro y una brisa de tierra hizo que me volteara; tenía que marcharme yo también. Abajo estaba el cuerpo solo, desconocido ahora, lejano. Quería ver por última vez la tumba, pero la tierra volvió a cerrarme los ojos. Empecé a caminar empujado por el viento. Un cuidador me siguió en silencio detenidamente hacia la calle. Continué mi trayecto ignorándolo a pesar de que percibí que quería decirme algo. La calle se iba prendiendo con los arbotantes que no señalaban dirección alguna. Los movimientos de los árboles devenían de un lado a otro, como señal premonitoria de que mi marcha sería muy larga.

Se ha hecho costumbre que yo cene con Rebeca mientras Manuel recorre la casa llenándola de extravagancias. Ella sale de la cocina, va a uno de los cuartos. Manuel se sienta enfrente de mí. Está distraído fantaseando, hace ruidos con la boca, pronuncia pequeños diálogos incomprensibles que apenas puedo intuir. Alguien se salva de una catástrofe, alguien lucha contra la muerte, alguien se sorprende de su fuerza y es casi inmortal. Se balancea sobre un precipicio al cual pareciera haber llegado perseguido por aquel ente extraño. Lentamente me percato de que sus manos están hablando entre ellas, corren, se deslizan y saltan. La pelea ha comenzado; se convierten en arañas gigantes, son terribles, los golpes que se dan truenan en la distancia, la tierra se desmorona a cada caída y no se sabe en qué terminará todo. La fatiga hace mella de su sagacidad; cuando parece que una sucumbe, se levanta enseguida dando giros con más fuerza. Manuel observa cómo se destruyen entre ellas, y da la impresión de que él es solamente el espectador de lo que sucede en su interior. Inesperadamente las arañas se convierten, por un instante, en hombres. La pelea continúa y las voces siguen saliendo de la boca de Manuel, se escuchan los pensamientos de esos seres deformes. Se levanta siguiendo a sus manos que, sorpresivamente, saltan de pared a pared a una velocidad extrema.

Daba pasos de ciego. Metí mis manos en la chamarra y continué monótonamente. Las casas ya exteriorizaban ventanas iluminadas, con el sol acostado se podía ver ya la profundidad de la tierra por donde transitaban mis pasos, y me pregunté por la gente del interior de esas casas; ¿de qué estaría hablando? ¿cuánta se hallaría en silencio? Llegué a una avenida transitada y eso me regresó a mí mismo. La muchedumbre pasaba de largo, ajena, no significaba nada, solamente eran instantes, miradas sin futuro que se perdían en una distracción, que se perdían por seguir mi trayecto hacia cualquier parte. Sin planes de nada, me confundía.

Rebeca se está arreglando dentro de su cuarto. La espero paseando por la sala, veo los libreros atiborrados, leo los títulos solamente para cerciorarme de que siguen en su lugar. Continúo deslizándome hasta que llego a la mesa del comedor, donde están unos cuadernos entre colores y crayones. Me llama la atención uno que está maltratado; tiene dibujos infantiles en la portada, son algo graciosos: animales deformes, mutantes, caras que no corresponden a su fisonomía. Empiezo a ojearlo rápidamente, no quisiera que Manuel me descubriera, no sé qué actitud pudiera tomar. Levanto la vista, quiero preguntarle, desde donde estoy, a Rebeca por Manuel, para saber si está en casa o no y sentirme seguro al espiar aquella libreta. Pero no lo hago porque sé que de cualquier manera pretendo ver esos dibujos. Los trazos son bruscos y planos, no hay perspectiva, sin embargo las caras son demasiado elocuentes, por algunos momentos, asombrosos. Voy avanzando y en cada página las caricaturas se hacen más reales, parecen fotografías que una cámara no podría descubrir. Los movimientos de Rebeca se aproximan y no sé por qué razón cierro rápidamente la libreta y me alejo de la mesa. Se ve hermosa, nos vamos.

Conforme caminaba me confundía más, la calle era un lugar interminable. Avanzaba y avanzaba, pero no llegaba a ninguna parte. O todo estaba inconcluso o la calle se repetía por donde yo fuera, todo el lugar se escondía en un solo punto donde no podía estar tranquilo. Recordé el momento en que metían el féretro y sentí que el entierro había sido incompleto. No vi el cuerpo ni la cara ya desconocida de Rebeca. Era inútil. Entré a un minisuper y me senté en una de las mesas para comida rápida. Estaba completamente libre, sin lugar a dónde ir, ni dónde estar. Vi como transcurría la calle interminable por la ventana.


La puerta se abre misteriosamente, no veo a nadie y entro desconcertado. Manuel me sorprende por la espalda, me asusta. Todavía no comprendo nada y me satura de pequeños empujones. Sale corriendo mientras me siento en la sala. Regresa con su libreta, parecía enterado de mi curiosidad por ver sus dibujos. La abre. Da la impresión de que seleccionó previamente lo que quiere mostrarme, y de que hay ciertas páginas que prefiere mantener en secreto. Los dibujos son sorprendentes, él se queda quieto respirando lo que vemos, se queda en sí mismo observando desde su interior. Doy vuelta a las páginas y de pronto aparece una gran ola que cae en desbandada sobre el papel. Cae en picada sobre mis manos. Casi me ahoga. Me quedo observando el dibujo. No me es posible soportarle la mirada a él.

La casa ya no era “la casa”: estaba abandonada, se llevaron a Manuel. Cerrado. Sólo me quedó pasar de largo, permanecer en la calle que apuntaba hacía ninguna parte, que apuntaba hacia mí desde tan lejos. Solamente me quedó estar entre las paredes con mi propio caminar inconcluso. No había nadie. Pensé en regresar a mi departamento y quedarme ahí, entre el transcurrir de las cosas.

jueves, marzo 24, 2011

Incendio en el norte

En el norte olvidé a mis padres que se incendian;
brillan en la noche mientras duermen
en medio de ruinas calcinadas;
el humo se eleva y descansa de sus cuerpos,
y mis padres duermen,
y se incendian

sueñan con fuego
sueñan que yo camino
hacia ellos por la noche
sueñan que el viento hace silbar sus llamaradas
y que yo los escucho
pero yo los olvidé en el norte

los olvidé en el norte
en la brasa de sus huesos
en las miradas vacías
en el frío de la noche
y no los escucho
porque el norte queda muy lejos

y el incendio de sus cuerpos es tan pequeño
que no los veo,
pero ellos sueñan,
y yo no puedo dormir:
estoy cansado de saber que mueren
que se queman entre ladrillos viejos
con hambre
solos
sin hijos.

sábado, abril 03, 2010

Saben que estoy aquí por la luz que sale de los cristales de mi puerta.
Ven esa luz desvelada, sucia, amarga, vetusta y saben de mi presencia
silenciosa y borracha,
de mi presencia llena de bostezos
y ronquidos y mierda.
Saben de mí como si descubrieran a la muerte, pasan sabiéndolo.
Hacen sus cosas conscientes de ello, tal vez, hasta quieran escucharme
por morbo,
escuchar qué tan muerto o vivo estoy,
quieren hacerlo sin molestarme
(porque lo harán si tocan a mi puerta).

Yo hago como que no los oigo
como que no estoy aquí
me hago el dormido, el callado
no quiero que sepan cuándo voy a morir
cuándo voy a apagar la luz de mi puerta.
A veces la dejo encendida, solamente, para que no sepan
si estoy aquí o no,
la dejo toda la noche sin poder dormir,
sólo para que no sepan si estoy dormido o despierto,
pero cuando pasan de largo no hago ningún movimiento
nada que pueda delatarme.

Sé que un día la luz estará apagada
y no sabrán si me fui o si sólo no quiero encenderla
o si estoy dormido
o muerto
pero la oscuridad los molestará bastante.

miércoles, noviembre 18, 2009

POLVO DE ÁNGEL

Ya tenía mucho sin saber de Alan, ignoraba dónde estaba metido. Esta noche tal vez podría encontrarlo.
     Como siempre, regresó a las 5 de la mañana. Bajó de su taxi para deslizarse por la calle desierta hasta entrar a su casa. Iba jadeante, sin saber si era por miedo o por alegría. Le sudaban las manos, con la camisa húmeda a pesar de la noche fresca. Temblaba tal vez porque el sudor hacía que el frío se sintiera más en su cuerpo delgado o porque se moría de los nervios. Anteriormente, había metido la llave en la cerradura con la esperanza de que por primera vez, en varios meses, no estuviera corrido el pasador; sin embargo, otra vez, como siempre, tuvo que dar tres vueltas a la llave para abrir la puerta.
     A pesar de que la prueba más contundente de la ausencia de Alan era precisamente el cerrojo con llave, entró en la penumbra preguntando si había alguien. Nadie contestó. Conteniendo la respiración y tanteando entre los muebles caminó hasta llegar al interruptor. Prendió la luz: la sala y el comedor se hallaban tal como los había dejado; vacíos y en completo orden. Fue a su habitación para ver su cama perfectamente tendida. Tomó un baño para después dormir con desencanto.
     Por alguna razón nunca esperaba que Alan llegase durante el día. Realizaba sus actividades normales; limpiaba el taxi y hacía las cuentas de la jornada anterior. Si necesitaba efectuar alguna reparación, la hacía. Ponía música. Algo de los setentas u ochentas. Cocinaba y merendaba pulcramente, en completo silencio. A veces recibía alguna llamada de amigas o amigos. Le hacían invitaciones para salir pero siempre decía que no porque iba a trabajar en su taxi.
     La noche le agradaba porque las calles se abrían a su paso, los movimientos se notaban fácilmente; movimientos premeditados. Los carros pasaban con sus luces encendidas, parecía que los conductores no querían ser vistos, que miraban atrás para asegurarse de que nadie los siguiera. A veces él también lo hacía, por el retrovisor, y la calle reflejaba la luz de las farolas, y más a lo lejos la penumbra como madera oscura.
     Los viajes eran silenciosos, dormitaban todas las cosas, nadie deseaba saber nada que no fuera llegar adonde se dirigía.
      La vida nocturna se convertía en una expectativa constante; todo se agitaba lentamente y las miradas venían siempre desde un estado de contemplación, como si todos fueran parte de una sola presencia. Por eso sabía que Alan, únicamente, vendría bajo ese halo, de otra manera no tendría ningún sentido. Pero tardaba demasiado; ya habían pasado cuatro meses desde la última vez, él no sabía si el encuentro se repetiría, se exasperaba porque su vida de pronto estaba llena de angustia. A sus cuarenta años ya estaba cansado.
     Otra vez, al igual que las noches pasadas, bajó de su taxi y caminó despacio al cruzar la calle. Lo cierto era que no quería volver; sabía que lo que buscaba andaba por ahí entre las hojas negras, no en la brillantez de la lámpara del buró, que tendría que quedarse dibujando círculos para dar con él. Pero siempre llegaba el alba que tapaba con su gran losa la cúpula nocturna y su luz que no dejaba ver a la distancia.
    Tuvo que dar tres vueltas al pasador. Miró la casa estática y no pudo evitar hacer la pregunta. Ciertamente ya no esperaba nada. Faltaban dos horas para el amanecer y no quería perderse ningún soplo de penumbra, como si se diera una última oportunidad de encontrar eso que se veía perdido para siempre.
     Sin embargo, quién sabe por qué de pronto empezó a escuchar algo que daba vueltas, y tardó un poco en comprender qué era; tal vez se asustó, tal vez le daba terror que nunca pudiera encontrarlo, pero que Alan sí lo hiciera tan fácilmente. O que sin importar cuánto observara siempre se le escabullera, y más aún, posiblemente el hecho de haberlo esperado todo ese tiempo le molestaba más, no podía irse y pagarle con la misma moneda, con su ausencia, porque no podía darse el lujo de no verlo. Era un juego de azar, quién sabe cuándo se toparían otra vez.
     Daba la impresión de que el sonido no provenía de la puerta. No era posible. Dudaba que fuera verdad así que no hizo por levantarse a abrir. Pero las vueltas seguían su curso y cada una hacía que se preguntara quién es. Ya sabía quién era, pero de pronto pensó que no se trataba de Alan. Se desconocía quién o qué era: un asesino, un extraño, un intruso, pero no él, no podía ser él. Se llenó de miedo. ¿Quién es?, continuaba preguntándose, se levantó con exaltación, quiso gritar: ¡quién es!
     La puerta empezó a abrirse haciendo un ruido agudo al arrastrar su filo en el suelo; ya tenía tanto tiempo sin escuchar eso que le sorprendió cómo sus oídos recordaban cuando se vieron por última vez. Y algo era diferente; ese deslizar de la puerta no se presentaba igual. Extraño resultaba que los retumbos le mostraran ciertos movimientos misteriosos, algo completamente desconocido.
    Después de todo ahí estaba; lo miraba fijamente, al fin había vuelto y le dieron ganas de estrechar su cuerpo varonil y joven, le dieron ganas de tomar su espalda y besar su cuello. Pero había cambiado desde la última vez. Se asustó porque él llevaba 15 años siendo de la misma manera; teniendo la misma mirada, la misma expresión, la misma experiencia. Sin embargo Alan era otro. ¡Cuánto había crecido! Su cara se presentaba más imponente, más vieja, sin la ingenuidad de antes. Parecía que nada de lo que pudiera darle sería suficiente, se volvía incomprensible. De pronto quiso asirlo, seguía siendo hermoso.
     Le asustaba que Alan hubiera cambiado tanto. Se descubrió molesto por la fatiga propia y por verlo a él tan entero. No obstante, tal vez lo que más exasperado lo tenía era su falta de consideración al no aparecer sino hasta cuatro meses después. Era fútil un reproche; pedirle que dejara su sigilo sería una estupidez. Qué envidia no poder ser como él.
     ¿Por qué había regresado? Su mirada no buscaba lo mismo que en ocasiones anteriores, parecía querer encontrar algo que olvidó, que según él le pertenecía pero que no estaba a la vista, como si se lo hubieran escondido.
     —¿Por qué tardaste tanto?
     —Vengo de paso —pronunció Alan secamente.
     —¿De qué hablas?
     —Sabes lo que busco, solamente eso.
    —¿Por qué primero no te sientas? —respondió con un tono de reproche—. Ven siéntate—continuó—. ¿Por qué no te sientas?
    Alan permaneció estancado en un gesto frío. Ninguna luz podría revelar su interior y menos para quien lo llamaba en ese momento.
     —Siéntate —dijo exaltando la voz.
    No osciló dentro de la noche ningún ruido. Un momento después ya no tenía ningún caso que se sentara, se había perdido el instante en el cual ellos se abrazarían; quién sabe dónde estaba ahora, no lo atraparon cuando pasó a su lado. Existía un vacío, así que no había forma de que lograran unirse. Únicamente quedaba otra línea monótona que se dirigía constante y contundentemente hacia la soledad mutua en un abandono a la tortura de sus monólogos nocturnos.
     Se levantó:
     —¿Por qué no dices nada? —dijo gritando—. ¿Por qué no contestas?
     Sin embargo, Alan no se movió.
     —Abrázame —dijo arrepentido.
     Los brazos de Alan no se levantaron; los tomó y se los puso en la espalda y miró su cara.
     —¿Tienes ángel? —dijo al fin Alan.
     ¿Qué esperaba? Sólo quería el polvo. ¿Qué esperaba?, pensó.
     —¿Lo quieres? ¿Después de todo este tiempo sólo me buscas para eso? —dijo.
     Lo odiaba, quería que fuera de otra manera. Trataba de no delatar su resentimiento, pretendía no empezar una riña porque entonces la espera no habría valido la pena.
     —¿Dónde está?—dijo Alan mientras se adelantaba a un librero al fondo de la sala.
     —Ya no tengo, te lo acabaste la última vez.
     Empezó a abrir los cajones, sacaba lo que había en su interior.
     —Te dije que te lo acabaste.
     Alan sabía que los polvos nunca se terminaban. Necesitaba hacer todo el numerito; cumplirle con favores para que le diera una miseria. No volvería a hacerlo. Se había prometido jamás volver a estar con él. Ahora se preguntaba por qué había ido. Necesitaba la droga, eso era todo. Y ahí estaba de nuevo. De pronto recordó la razón por la que dejó de hacer sus visitas nocturnas, no podía seguir. Tarde o temprano todo terminaría mal.
    Alan se volvió mirando con desprecio; descubrió la anochecida casa arreglada, todas las pertenencias; mantenían la misma apariencia de siempre: las sillas en el mismo lugar, los adornos en la mesa de la sala continuaban, ahí tal como hacía cuatro meses, en completo orden. Miró la delgada cara de la que destacaba el brillo de los ojos negros en la penumbra. ¿Tan desesperado estás?, pensó.
     Después de eso se sintió culpable. Tal vez el otro tenía razón; tal vez había sido muy desconsiderado por no aparecer hasta esa noche; sin embargo, el otro no entendía; nunca lo había buscado por algo personal, ni siquiera la última vez. Pero ahí estaba.
     Se sentó a corta distancia, posiblemente lo hizo porque aquel hombre estaba muy exasperado; su espera había sido larga y ahora lo que más deseaba era estar con él. O tal vez se sentó pensando en el PCP, por la ansiedad, porque ya no tenía otra cosa en la mente. Era un adicto. El sillón era muy suave, cómodo, daba reposo a cada parte del cuerpo, ése podría ser otro motivo para sentarse; irónicamente, en ningún otro lugar encontraría tanta comodidad como en esa casa. Y sin embargo no sabía por qué se estaba sentado junto a aquel hombre, no entendía el origen de su regreso. Era repugnante.
     Se deslizaron los brazos por los lisos pectorales, por el abdomen inalcanzable, por la entrepierna abultada, por la droga. No, pensaba Alan. Reclinó la cabeza en el respaldo mientras trataban de besarlo, cuando intentaba hacerse para atrás. Y sin embargo había un tope. Le caía un peso enorme. Una lengua ajena y húmeda caldeaba sobre su rostro. Lo asfixiaba. Había vellos inmundos. Un pubis abismal. Y un rictus en las gesticulaciones. Había muerte. Alan hubiera dejado que lo penetraran otra vez, pero se descubrió ahí, rompiendo su promesa de no volver. Lo que era ya no quería serlo porque se lo había prometido, sólo por eso. No valía nada. Todo era asqueroso. Tenía miedo porque él ya era algo que no conocía; todo se le escapaba de las manos, perdía el control de sus acciones, asumía las consecuencias de las estupideces cometidas por un extraño.
     Alan, sin más, giró el cuerpo. Los dos cayeron. Sin darle oportunidad de nada lo golpeó varias veces. Sus puños, uno a uno, trozaron el rostro, los dientes, el cráneo, lo deformaron hasta hacerlo desaparecer en un cadáver. El cuerpo permaneció inerte, antes de recibir una patada honda. ¿Cómo saber si estaba muerto?, ¿cómo saberlo?, ¿cómo aceptaría Alan que era capaz de tener ese poder: matar a alguien? ¿Cómo aceptaría que ese poder no le servía de nada sino solamente para llenarlo de incertidumbre? Tuvo más miedo. Fue a la cocina y tomó aceite; le roció la cabeza deforme y después fue añadiendo el combustible a todo el cuerpo. El polvo de ángel en estos momentos ya no importaba.