No es extraño
considerar la etapa de la juventud como el punto más alto de la existencia.
Nunca seremos tan gallardos. Nunca seremos tan atractivos. Nunca seremos tan
virtuosos y valientes como lo llegamos a ser en los primeros años de nuestra
vida.
Es en este periodo donde ocurren los
descubrimientos, también donde el miedo es vencido por la pasión y la
curiosidad. Al carecer de experiencias y objetos materiales, no hay nada que
perder. Saltamos el abismo en esa búsqueda de conocimiento. “Todos los hombres,
por naturaleza, desean saber”, apunta Aristóteles en su Metafísica.
Después en la Ética agrega: “La felicidad es una actividad del alma
conforme a lo virtuoso… y la más perfecta de estas actividades es la
contemplación”.
En la juventud es cuando estamos mucho más
dispuestos para observar, para oler, para tocar. También es cuando hay más
energía para salir al mundo, para emprender el viaje por más corto que este
sea. Por supuesto, algunos de esos caminos del conocimiento van más allá de lo
edificante. El erotismo y el exceso son rutas más redituables, con muchas más
recompensas. “El erotismo conduce al ser humano a un punto donde el
conocimiento racional se disuelve y se accede a una verdad más profunda, ligada
a la continuidad del ser”, nos dice George Bataille. Mientras tanto William
Blake, en Los proverbios del infierno escribe: “El camino del exceso
conduce al palacio de la sabiduría”.
No son palabras huecas. Sin duda el
conocimiento más valioso y el más determinante para comprender, soportar y
lidiar con la vida, es irracional, aquel imposible de reducir al discurso. Ese
es, sobre todo, el tipo de aprendizaje acumulado en la adolescencia y la
primera juventud. La principal causa de ello es muy sencilla. Aún el cuerpo
cuenta con las fuerzas vitales necesarias para adquirirlo. No es que de viejos
no busquemos seguir ampliando nuestros horizontes; simplemente, ya no podemos,
el cuerpo y la mente antes de asimilar los estímulos quedan exhaustos. Las
mejores enseñanzas por lo tanto son las primeras, pues quizás sólo en ellas es
posible encontrar un reducto de verdad. Y ese es el tema de la novela Los
veranos con Emilia (An.Alfa.Beta, 2023) de Oscar Bonilla.
Sin embargo, la originalidad del libro no reside
sólo en el tema, sino en la pregunta implícita que erige: ¿Qué pasa cuando la
juventud no es libre de adquirir sus experiencias? Vivimos en una sociedad
donde los individuos cada día tenemos menos libertades. De todos los sectores
sociales, la juventud es el más golpeado. Aunque en la propaganda política se
diga lo contrario, lo cierto es que vivimos tiempos de represión y violencia.
Los factores son múltiples. En la historia de Bonilla se aborda la guerra contra
el narcotráfico.
De nueva cuenta, estamos frente a una
novela de iniciación. En la cuarta de forros Liliana Blum señala: “Los
veranos con Emilia es una novela de coming of age, en la tradición
de El guardián en el centeno, de J.D. Salinger o Matar a un ruiseñor,
de Harper Lee”. Ciertamente, lo es. El personaje narrador, usando una técnica
similar a aquella de Las batallas en el desierto, de José Emilio
Pacheco, ya desde la edad adulta, rememora el tiempo de su adolescencia, y cómo
la vivió en el contexto de la guerra contra el narcotráfico. “El taxi condujo y
se internó en la noche de la ciudad. La mayoría de los negocios permanecían
cerrados y con las luces apagadas. Es la guerra, pensé”, puede leerse en una de
las secuencias más interesantes del libro.
El objeto del deseo y del conocimiento,
como ya se intuye, es Emilia, una chica asidua a la mariguana, la promiscuidad
y con un pasado misterioso. El personaje narrador por medio de ella accede al
exceso y al erotismo. Por lo tanto, en la ruta de su andar por el mundo se hará
determinante. “Pero al dar la vuelta no encontré a ningún maestro; la encontré
a ella: vestía una falda rosa, converse y una camiseta de Iron Maiden. El pelo:
negro y corto, como una Louise Brook millenial”.
En los diferentes capítulos la analiza, la
sopesa. Sin duda lo desborda, no la soporta, es para él una presencia
incomprensible, ajena, pero por eso mismo se convierte en una puerta, quizás en
una salida al estado de abulia y represión que padece.
Más allá del marco de referencia violento,
el valor de la historia está en el tono irónico, el cual permite al relato
hacer una crítica a la hipocresía de la sociedad burguesa. El problema no es en
sí el consumo de las drogas, y su consecuente guerra, sino la represión de los
impulsos, la continuidad de normas morales y sociales caducas, pero sobre todo
la falta de un sentido vital. Los personajes a pesar de su juventud están
muertos en su interior, y con esto no me refiero a que no funcionen
literariamente, sino a que la narración nos muestra la vacuidad de la vida
contemporánea, donde toda actividad se hace por inercia, incluso la misma
actividad del sexo.
Al hablar de Sara, una chica más acorde a
la ideología del narrador, puede leerse: “Sara, por otro lado, quería ser
actriz de verdad, aunque eso significara muy poco en una ciudad como la
nuestra. Cualquiera que, como ella, se atreviera a considerar el teatro como
forma de vida, tenía sólo dos opciones: marcharse al extranjero o conseguir una
licenciatura y conformarse con tratar de pasatiempo su arte.” Quizás una
tercera opción sería convertirse en sicario. Sólo que para el estatus social de
los personajes esto no es evidente. La narración en ese aspecto no falla. Nos
cuenta un universo, el de la preparatoria de un colegio católico; sin embargo,
la novela es capaz de representar un conflicto social más amplio, aquel de la
debacle en la cual ya llevamos más de veinte años inmersos. Lo hace por medio
de Emilia, pero también por medio de las actitudes inconscientes de los
jóvenes, quienes actúan solo por inercia, sólo como autómatas en el engranaje
del capitalismo tardío. En uno de los puntos más álgidos, el personaje narrador
relata: “Aceleró el ritmo. Sentí malestar y, al mismo tiempo, las contracciones
eléctricas que anteceden al orgasmo. -Me das asco -dije, mientras la jalaba del
cabello y eyaculaba dentro de ella”.
De esta manera Oscar Bonilla, nos presenta
una instantánea de esa juventud atrapada, de esa juventud sin salida, sin la
posibilidad de encontrar el erotismo y el exceso a placer, siempre reprimida
por las estructuras económicas y sociales, además del conflicto de la violencia
en el contexto del narcotráfico.
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