viernes, abril 24, 2026

Los veranos con Emilia de Oscar Bonilla o las inercias del sexo

 

No es extraño considerar la etapa de la juventud como el punto más alto de la existencia. Nunca seremos tan gallardos. Nunca seremos tan atractivos. Nunca seremos tan virtuosos y valientes como lo llegamos a ser en los primeros años de nuestra vida.

Es en este periodo donde ocurren los descubrimientos, también donde el miedo es vencido por la pasión y la curiosidad. Al carecer de experiencias y objetos materiales, no hay nada que perder. Saltamos el abismo en esa búsqueda de conocimiento. “Todos los hombres, por naturaleza, desean saber”, apunta Aristóteles en su Metafísica. Después en la Ética agrega: “La felicidad es una actividad del alma conforme a lo virtuoso… y la más perfecta de estas actividades es la contemplación”.

En la juventud es cuando estamos mucho más dispuestos para observar, para oler, para tocar. También es cuando hay más energía para salir al mundo, para emprender el viaje por más corto que este sea. Por supuesto, algunos de esos caminos del conocimiento van más allá de lo edificante. El erotismo y el exceso son rutas más redituables, con muchas más recompensas. “El erotismo conduce al ser humano a un punto donde el conocimiento racional se disuelve y se accede a una verdad más profunda, ligada a la continuidad del ser”, nos dice George Bataille. Mientras tanto William Blake, en Los proverbios del infierno escribe: “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”.

No son palabras huecas. Sin duda el conocimiento más valioso y el más determinante para comprender, soportar y lidiar con la vida, es irracional, aquel imposible de reducir al discurso. Ese es, sobre todo, el tipo de aprendizaje acumulado en la adolescencia y la primera juventud. La principal causa de ello es muy sencilla. Aún el cuerpo cuenta con las fuerzas vitales necesarias para adquirirlo. No es que de viejos no busquemos seguir ampliando nuestros horizontes; simplemente, ya no podemos, el cuerpo y la mente antes de asimilar los estímulos quedan exhaustos. Las mejores enseñanzas por lo tanto son las primeras, pues quizás sólo en ellas es posible encontrar un reducto de verdad. Y ese es el tema de la novela Los veranos con Emilia (An.Alfa.Beta, 2023) de Oscar Bonilla.

Sin embargo, la originalidad del libro no reside sólo en el tema, sino en la pregunta implícita que erige: ¿Qué pasa cuando la juventud no es libre de adquirir sus experiencias? Vivimos en una sociedad donde los individuos cada día tenemos menos libertades. De todos los sectores sociales, la juventud es el más golpeado. Aunque en la propaganda política se diga lo contrario, lo cierto es que vivimos tiempos de represión y violencia. Los factores son múltiples. En la historia de Bonilla se aborda la guerra contra el narcotráfico.

De nueva cuenta, estamos frente a una novela de iniciación. En la cuarta de forros Liliana Blum señala: “Los veranos con Emilia es una novela de coming of age, en la tradición de El guardián en el centeno, de J.D. Salinger o Matar a un ruiseñor, de Harper Lee”. Ciertamente, lo es. El personaje narrador, usando una técnica similar a aquella de Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, ya desde la edad adulta, rememora el tiempo de su adolescencia, y cómo la vivió en el contexto de la guerra contra el narcotráfico. “El taxi condujo y se internó en la noche de la ciudad. La mayoría de los negocios permanecían cerrados y con las luces apagadas. Es la guerra, pensé”, puede leerse en una de las secuencias más interesantes del libro.

El objeto del deseo y del conocimiento, como ya se intuye, es Emilia, una chica asidua a la mariguana, la promiscuidad y con un pasado misterioso. El personaje narrador por medio de ella accede al exceso y al erotismo. Por lo tanto, en la ruta de su andar por el mundo se hará determinante. “Pero al dar la vuelta no encontré a ningún maestro; la encontré a ella: vestía una falda rosa, converse y una camiseta de Iron Maiden. El pelo: negro y corto, como una Louise Brook millenial”.

En los diferentes capítulos la analiza, la sopesa. Sin duda lo desborda, no la soporta, es para él una presencia incomprensible, ajena, pero por eso mismo se convierte en una puerta, quizás en una salida al estado de abulia y represión que padece.

Más allá del marco de referencia violento, el valor de la historia está en el tono irónico, el cual permite al relato hacer una crítica a la hipocresía de la sociedad burguesa. El problema no es en sí el consumo de las drogas, y su consecuente guerra, sino la represión de los impulsos, la continuidad de normas morales y sociales caducas, pero sobre todo la falta de un sentido vital. Los personajes a pesar de su juventud están muertos en su interior, y con esto no me refiero a que no funcionen literariamente, sino a que la narración nos muestra la vacuidad de la vida contemporánea, donde toda actividad se hace por inercia, incluso la misma actividad del sexo.

Al hablar de Sara, una chica más acorde a la ideología del narrador, puede leerse: “Sara, por otro lado, quería ser actriz de verdad, aunque eso significara muy poco en una ciudad como la nuestra. Cualquiera que, como ella, se atreviera a considerar el teatro como forma de vida, tenía sólo dos opciones: marcharse al extranjero o conseguir una licenciatura y conformarse con tratar de pasatiempo su arte.” Quizás una tercera opción sería convertirse en sicario. Sólo que para el estatus social de los personajes esto no es evidente. La narración en ese aspecto no falla. Nos cuenta un universo, el de la preparatoria de un colegio católico; sin embargo, la novela es capaz de representar un conflicto social más amplio, aquel de la debacle en la cual ya llevamos más de veinte años inmersos. Lo hace por medio de Emilia, pero también por medio de las actitudes inconscientes de los jóvenes, quienes actúan solo por inercia, sólo como autómatas en el engranaje del capitalismo tardío. En uno de los puntos más álgidos, el personaje narrador relata: “Aceleró el ritmo. Sentí malestar y, al mismo tiempo, las contracciones eléctricas que anteceden al orgasmo. -Me das asco -dije, mientras la jalaba del cabello y eyaculaba dentro de ella”.

De esta manera Oscar Bonilla, nos presenta una instantánea de esa juventud atrapada, de esa juventud sin salida, sin la posibilidad de encontrar el erotismo y el exceso a placer, siempre reprimida por las estructuras económicas y sociales, además del conflicto de la violencia en el contexto del narcotráfico.

 

 

 

 

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