La diosa del
escritor es la ciudad. Desde hace tiempo he reflexionado sobre la pertinencia
del escritor en la cultura. A diferencia de otras épocas, el literato ha
perdido relevancia. No lo sé, quizás nunca la tuvo verdaderamente. No he dejado
de pensar en el fenómeno por otra parte. Lo he abordado desde el punto de vista
de una literatura nacional y también desde el punto de vista de una literatura
local. ¿A qué se debe que su voz sea escuchada o por el contrario a que pase de
largo? En ese aspecto, vuelvo al principio: la escritura de un autor resuena
mejor en el ámbito local, en el primer círculo.
A final de cuentas la nación es algo
abstracto, una fantasmagoría moderna. Pero la ciudad es milenaria, es física,
es una estructura jerárquica y territorial, y el escritor ocupa un lugar en
dicho espacio. Se lo puede encontrar en las librerías, en los cafés, en los
teatros, en las exposiciones, en las plazas, en los mercados, en las cantinas.
Dentro del universo de la ciudad, quien escribe posee un mapa. Hay afinidades y
fobias, hay significado.
Los lectores revisan sus palabras, porque
es el vecino, el maestro, el librero, el borracho, el payaso, el raro, el
periodista, el licenciado, el amigo de la infancia, y un sinfín de máscaras. Se
interesan en sus ideas porque interpelan a quienes lo acompañan, a quienes lo reconocen,
a quienes ven en su figura a un hombre o mujer común y corriente. Casi podría
decir que, más allá del talento y el carisma, para ser un verdadero escritor es
necesario conocer a fondo la ciudad. Hacerse uno con ella. No basta con leer,
tan bien hace falta caminar.
Con lo anterior no me refiero a que el
escritor se vuelva parte del hampa ni siquiera a que se mude a los lugares más
tenebrosos o marginales de la urbe, sino a que distinga en ella a su diosa. El
interlocutor de un escritor no es la nación, es la ciudad. Por metonimia una
ciudad puede ser el análogo de la nación, como mucho tiempo lo fue la Ciudad de
México en nuestro país, pero esa analogía con el tiempo se ha revelado como
falsa. Sin embargo, en el contexto posmoderno, de una economía postindustrial,
equiparar a la ciudad con la nación será más complicado. Incluso alguien puede preguntarse
por la vigencia del concepto de nación en nuestros tiempos. Las ciudades son de
millones de personas y ese universo en sí ya es lo suficientemente complejo
para crear mitologías.
El escritor encontrará a su contraparte en
la polis. Bastará que se adentre en sus calles, sus mercados, su gente. Ese
será su laberinto, donde de forma inesperada, si sabe observar bien, podrá
hallar a su doble, a ese fantasma que lo persigue, y que es la causa primaria
de la blasfemia de atreverse a plasmar letras en la hoja.
Entonces, como podemos ver, la escritura
no se hace en abstracto. Se escribe desde un lugar, pero sobre todo desde un
cuerpo. El modo en que dicho cuerpo recorre la ciudad genera un estilo, causa
un ritmo. Por ello, aunque suene algo cómico, la forma de andar por la ciudad
determina el estilo de los escritores. No sólo eso, también cómo se compenetran
con ella, cómo escuchan y dialogan con los otros.
Bajo ese orden de ideas la obra literaria
de Edgar Lacolz es necesaria. Nuestra ciudad, al parecer, está poblada de
escritores. Se está convirtiendo en un sitio de relevancia para la literatura
contemporánea. Ocurre así por la multiplicidad de voces, y porque más de uno de
ellos ha comprendido, de un modo o de otro, lo comentado en estos párrafos.
Autores como Jaime Muñoz Vargas o Carlos Velázquez se ocupan de narrar desde
sus andanzas lo que observan por estas calles, por estos barrios. Otro a quien
podríamos incluir en dicha lista es Edgar Lacolz. Sin embargo, para Lacolz hay
un matiz diferente y de especial importancia por la radicalidad de su
situación, pues como él mismo lo dice es un “usuario de silla de ruedas”. En
vez de caminar la ciudad, él la rueda y eso le permite otro posicionamiento en
el mundo y por lo tanto en la escritura.
Caosmosis 20.20 (Ediciones del
Olvido, 2024) es el segundo libro que leo de su autoría. Ya hace diez años
también reseñé Retrato esperpento (Palabracadabra Ediciones, 2014), la
cual si no me equivoco fue su primera novela, muy al estilo de las novelas de
iniciación. En el caso de Caosmosis estamos frente a una crónica. El
tema principal es la pandemia del COVID-19, hecho funesto para muchos, y
también uno de los acontecimientos de índole global más relevantes de nuestro
siglo. Descubrimos que esas historias apocalípticas donde la raza humana es
erradicada por un virus no son tan fantásticas. Comprendimos la cercanía del
peligro, la fragilidad de nuestra organización social.
La peste es el tema visible del libro,
pero en una lectura más detenida, la narración también aborda el modo en que
Lacolz habita el mundo. Su escritura emana de otro lugar, y por ello al leerlo
se abre la encrucijada de percibir las cosas de un modo distinto. En muchos
aspectos, con el transcurrir del tiempo, Lacolz se ha hecho consciente de esto.
Lo noto muy claramente en este nuevo volumen, pues por los cambios de
tipografía, en la distribución de la caja, la lectura se convierte en una
analogía entre su forma de rodar la ciudad y otra forma más convencional de
caminarla.
Cada tantas páginas, hay que poner de
cabeza el volumen, ponerlo de costado, en diagonal. Para un lector perezoso
esto quizás signifique un problema, pero siguiendo la lógica de su escritura,
precisamente ese es el punto, causar esa pequeña molestia para hacer visibles
los obstáculos que un usuario de silla de ruedas debe sortear en esta cultura
capitalista, en esta cultura de la explotación. La forma del libro ya remite a
eso.
Sin embargo, no es ahí donde se halla el
carácter más interesante de la obra de Lacolz: la crónica desdobla un segundo
nivel de contenido. No se trata de contarnos solamente cómo vivió los días, los
meses, los años (¿quién puede saberlo?) de la pandemia. Por supuesto se narran
algunas situaciones, como el hecho de compartir espacios con amigos en el
encierro, algunas complicaciones logísticas, el regreso a Torreón, y de ahí el
subtítulo del libro “O de cómo estoy volviendo de donde nunca me fui”. Todo eso
se aborda, pero el libro resalta el asunto de los primeros párrafos de esta
marginalia: el adentramiento a la ciudad desde las ruedas.
La densidad literaria de la crónica
aumenta en tanto la narración observa desde los discos a los otros sujetos. En
la primera sección, mientras la historia se sitúa en la Ciudad de México, el diálogo
con una mujer evidencia este punto. El modo de habitar de Lacolz le permite
entrar en ciertos espacios de otro modo, y desde ahí observar. Por ello su
mirada en la tradición literaria de nuestra ciudad es necesaria. En dichos
pasajes escribe: “En mis últimas salidas, antes del confinamiento, conocí a
Chofis. Me llamo Sofía, dijo, pero nadie me ubica así. Todos me dicen Chofis. A
veces hasta a mí se me olvida que me llamo Sofía. Luego me preguntó qué hacía
solo y tan tarde por la calle”. Lacolz no da un juicio sobre la chica, pero nos
describe el contexto en el cual vive, relacionado con la marginalidad de la
urbe: “Volvimos a deshacer el camino. A veces, dijo, extraño los calorcitos de
allá [la chica resulta ser de Torreón], pero la neta el desmadre está más rico
aquí [en CDMX]. La colilla de caballo se le movía de un lado a otro. Me pidió
que la esperara en la esquina. Llegó con las chicas de afuera del motel. Le dio
los chetos a una. Vi que con un movimiento de cabeza se refirió a mí y se metió
al edificio. Al poco rato llegó un coche. Se subió la que no comió chetos”.
Lacolz alberga esta capacidad de observar,
y al desarrollar esta mirada el libro aumenta su vértigo. Otros momentos
relevantes suceden cuando la narración nos muestra los testimonios de la
hermana del autor, quien trabajó como enfermera durante el punto más alto de la
epidemia. “Nos manda, entre sollozos, una nota de audio. No contamos con el
equipo médico ni las medidas de higiene básicas. Nadie nos está capacitando en
forma. De más de veinte pacientes encamados, la mitad requiere respirador y
solo tenemos cuatro buenos y dos medio fallones. Está jodido.” Y por último uno
de los sueños de la madre, después de que una amiga de toda la vida ha
fallecido por causas relacionadas con la enfermedad: “Mague me decía que
siguiera sola. Que ella se quedaría. Yo le decía que entrara, que sí cabíamos
las dos, pero no íbamos a caber. Ella me empujaba y me gritaba que me fuera.
Comenzaba a arrastrarme sobre el piso mientras escuchaba sus gritos más y más
lejos -sé que esto es un cliché. Pero estas anécdotas no las inventó la
literatura.”
Ciertamente, no las inventó la literatura,
porque la literatura sólo existe en tanto hay una fusión de diferentes
elementos. En esta marginalia he intentado describirlos. La obra de Edgar
Lacolz muy bien los reúne. Es un tono, un punto de vista necesario en este
concierto de voces de escritores de nuestra ciudad.
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