domingo, febrero 08, 2026

Diario de un artista del hambre

            08 de diciembre de 2025

Hoy no tengo mucho tiempo para escribir. Aún percibo la distancia que me separa del mundo. No sé si estoy exagerando. Seguramente, es un elemento psicológico obstruyendo mi experiencia de las cosas. Pienso en Rilke y su soledad. En muchos fragmentos menciona el dolor causado por la soledad.

“Confíe usted en lo difícil. Todo lo vivo confía en ello […] Es bueno estar solo, porque la soledad es difícil; y el hecho de que algo sea difícil debe ser una razón más para hacerlo.”

Al leer dicha idea, me quedo más tranquilo. No soy único en el padecer de la existencia. K ayer me contó sobre su pésima noche de sábado. La angustia no lo dejó dormir. No quiso describir detalles. “Entiendo tu situación”, respondí. La angustia es muy pesada. Y así vivimos. ¿Cuál es la razón de ello? No todas las personas lo sufren. No saber la desesperación es la mayor desesperación, argumenta Kierkegaard. ¿Estoy desesperado?

Ayer mientras veía una película en el cineclub me convencí de volverme poeta. Lo pensé en el sentido real de la palabra. Escribir versos. Si soy un mal poeta no tiene importancia alguna. Simplemente serlo. No se perdería nada.

 

12 de diciembre de 2025

 

Estar solo también es aprender a vivir con los demás. Puedes estar en una multitud y aún así albergar la sensación de soledad. En todo caso la sensación de soledad ocurre cuando existe la carencia del objeto del deseo. No quiero estar con cualquier persona ni hablar con ella, sino con una en particular, o en todo caso con algún tipo de persona en particular. Por ello sólo ciertos individuos nos complementan. Todo está en el objeto del deseo.

Decía Lacan que el máximo deseo de una persona precisamente es el deseo del otro. Deseamos el deseo de los otros sobre nosotros mismos. En una circunstancia ideal ese es el amor de la madre. La madre desea al bebé. Incluso la frase “niño deseado” o “niño no deseado” es muy reveladora, a pesar de su uso descuidado. Si el niño se percibe deseado la herida no aparece. Muy por el contrario, sucede si el niño descubre la ausencia de esa espera. Nadie lo aguardaba y ahora que está en este mundo sobra. Todos lo ignoran. Nadie puede cuidarlo ni tener tiempo de escucharlo. El anhelo de los otros nace muy adentro en su corazón como una espina sangrante; lastima a cada segundo. No hay cura permanente. Sólo habrá sucedáneos, sustitutos de ese amor iniciático.

Ese es el páramo, el yermo abierto en el alma del niño. Ese espacio es inhóspito y aterrador para él. Buscará llenarlo con algo.

En mi caso fueron los libros al principio; después, la escritura.

En ese sentido la escritura alcanza a convertirse en otro objeto del deseo. La escritura ocupa ese espacio hecho por la herida inicial. Ocurre así porque, sin importar que uno tome la pluma y deslice la tinta por la hoja, la escritura es el otro.

Ya lo han dicho los poetas: uno nunca escribe solo. Escribimos porque alguien escribió. Nuestro lenguaje y estilo proviene de otro. Escribimos porque nuestro objeto del deseo se ha sublimado. No deseamos ya el deseo psíquico ni corporal del otro, sino deseamos poseer su lenguaje y su imaginación. Mientras dominemos ese lenguaje nos será dado acceder a ese mundo. El lenguaje poético se vuelve así el objeto del deseo.

Un escritor cuando escribe siente en el pecho una sensación similar al enamoramiento. Cuando logra el texto, la satisfacción es similar a estar con la persona deseada. Por ello un escritor pasa las horas en soledad con la pluma y la hoja en blanco, por ello también mientras escribe prefiere estar a solas del mismo modo en que los enamorados buscan siempre un espacio para aislarse.

 

13 de diciembre de 2025

 

De regreso a casa, pensé en este diario. Pensé en el niño que era yo, en cómo deseó escribirlo, también pensé en cómo ahora le doy la oportunidad de hacerlo. El niño ahora tiene permiso de tomar la pluma y hacer garabatos en la hoja, puede rayonear sin ningún problema y plasmar las palabras sin importar si estas tienen significado. El sentido de las palabras ya no importa, pues nunca lo tuvieron, son parte del lenguaje, de esa biblioteca vasta, infinita donde los sueños, las historias y las experiencias se mezclan con la poesía. El niño ya tiene la oportunidad de fundirse, de regodearse. Está solo, como cuando era aún más pequeño, pero no importa porque yo lo acompaño, y le entrego el lenguaje, los libros, y él los mira y los hojea. Se sorprende y escribe sobre ellos, en sus párrafos, hace rayones sobre otras escrituras: no importa, le pertenecen. El niño ya puede escribir sobre todo lo escrito, al final le he entregado su juguete más deseado, el juguete donde puede crear otro mundo de forma infinita, sin necesidad de muchos recursos, sólo una pluma y un cuaderno, no hace falta ni siquiera el silencio, el niño está alegre de haberlo comprendido, el misterio de lo escrito, el misterio de lo inventado, de lo lúcido. Está aquí acompañado por mí y por Teresa desde la muerte, y yo le enseño, mientras al mismo tiempo me siento reconfortado de recuperar a ese niño que era yo en busca de las palabras, el lenguaje y la vida.


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