El escritor nunca
está en pleno dominio de su oficio. A diferencia de un músico o un artista
plástico, el escritor es uno con su obra. Me refiero a que el escritor está
atrapado en las mismas palabras que usa para crear sus historias. Por ello
Sartre comentaba que un escritor jamás puede leerse a sí mismo de un modo
objetivo, así como tampoco una persona puede mirarse de verdad en un espejo.
Siempre hay una distorsión, un punto ciego ineludible.
Esto podría pensarse como una ventaja. ¿No
es acaso una fantasía común entre los artistas no distinguirse de su labor, un
poco al estilo de Van Gogh cuando comía de los pigmentos? La imagen sin duda
ostenta cierta belleza, pero al momento de trabajar en la obra se convierte en
uno de los más grandes obstáculos, en especial porque el escritor continuamente
debe luchar con las palabras para hacerse de una voz propia. La voz del
escritor corre el riesgo permanente de ser erosionada, engullida por el
lenguaje mismo. No es el escritor quien está en posesión del lenguaje, sino,
muy por el contrario, es el lenguaje el que está en posesión del escritor. Las
palabras fluyen, salen sin parar de la pluma; no obstante, es necesario
preguntarse si este flujo es en sí la escritura. Tiendo a pensar que no lo es,
al menos no del todo, pues escribir no implica sólo redactar ideas, oraciones,
letras en la hoja en blanco, sino descubrir un pequeño hallazgo en todas esas
posibilidades que las palabras crean.
No se trata de repetir lo ya dicho; en
todo caso, de repetirlo de otra manera. El problema para un escritor no es
pasajero ni menor, pues de eso depende si logrará consolidar un estilo, si
logrará distinguirse, aunque sea mínimamente de ese interminable balbuceo que
acarrea una tradición literaria.
Un escritor ingenuo buscará resolver esta
circunstancia volcándose a los grandes temas: el amor, la muerte, la avaricia,
etc. Pero esto lo llevará a agravar su posición. La avalancha de los múltiples
tratamientos hechos desde las profundidades inalcanzables de los autores
clásicos, demostrarán que su obra irremediablemente es inferior. Simplemente
comparar fuerzas con los grandes monstruos de la literatura no es sensato.
Imposible salir indemne. Más de uno se ahogó en esa batalla. Por ello, es mejor
que todo escritor se ande con cautela. El abordaje del tema que dará origen a
la obra literaria es un proceso lento, lleno de trampas y desengaños.
Las líneas anteriores no dejarán de
albergar un tono sombrío. Al parecer no hay salida. Ya todo fue dicho, ¿qué
caso tendría entonces escribir? La escritura es un oficio peligroso. Sólo
aquellos que están dispuestos a adentrarse en sus más secretos miedos y
obsesiones conseguirán salir del laberinto. La respuesta no está en el
exterior, sino en el centro de la existencia de cada escritor. Sólo el que se
vuelva hacia ese otro lugar -muchas veces
desagradable, porque es el punto de reconocimiento de lo que en realidad somos-, comienza a tener un verdadero
tema de escritura. Es ahí donde existe una fuerza capaz de luchar contra el
lenguaje. Saberlo no basta, el escritor deberá primero capturar esa esencia,
para después darle forma mediante las palabras. De nueva cuenta, el procedimiento
es largo y doloroso. No obstante, en el camino de la literatura no hay atajos.
No los hay al menos para el escritor que no pretende engañarse. Todo esto
quizás pueda resumirse en una cita de Dostoievski, la cual aparece en sus Memorias
del subsuelo: “Pero en fin, ¿de qué puede hablar un hombre honrado con la
mayor satisfacción? Respuesta: de sí mismo. Pues bien, hablaré de mí mismo.”
No estoy del todo seguro, pero creo que
Isaac Eduardo Treviño estaría de acuerdo con esta cita. Al igual que yo,
entiendo que es un asiduo lector de las novelas del ruso. En su primer libro La
crisis, hay un espíritu que lo hermana con lo mencionado en los
párrafos anteriores. Isaac Eduardo es un escritor que se ha propuesto escribir
no desde la repetición ni los lugares comunes, sino desde una búsqueda muy
particular de la experiencia humana. Como autor, posee una capacidad
privilegiada para encontrar la ironía en los momentos más inesperados. No es de
sorprender, por otra parte, si advertimos el método de su escritura. Su estilo
se caracteriza por la emoción auténtica. Sus personajes no son marionetas, no
están vacíos, viven en las páginas de su libro de un modo genuino, pues en
ellos las emociones poseen un registro nítido, no falsean, ni exageran sus
movimientos y con un grado mayor de interés no se acaban en el mero efecto
sorpresivo. Sus personajes albergan un doble fondo y es ahí donde el lector
descubre la densidad de la mirada de la obra de Isaac Eduardo.
Entre sus temas destacan la vida de los
hombres solitarios, el erotismo, la experiencia fantástica y la reelaboración
de historias de la cultura pop. Su prosa es poderosa con un lenguaje que va al
detalle de las atmósferas y las acciones, sin por ello perder la ligereza en el
ritmo. Hay en su mirada una combinación que ahonda en la anécdota común, la
cual fluctúa entre lo humorístico y lo trágico. Lo que deseo decir con esto es
que en dicho contraste el lector advierte que los movimientos de los personajes
poseen más de una capa de significado, hecho que en ocasiones los vuelve
contradictorios, y por lo mismo muy humanos.
Por supuesto, dentro del volumen de
relatos, destaco aquel que da nombre a todo el libro. La historia es muy
sencilla, pues sin problemas la podemos reducir a una frase. No la mencionaré
para mantener la intriga. No obstante, el valor de la historia reside en el
punto de vista, en cómo Isaac Eduardo logra captar el conflicto humano de su
personaje. A pesar de hablarnos desde una particularidad muy específica, el
despliegue de las sensaciones físicas y mentales permite al lector verse
reflejado en el conflicto. Es una prueba más de que el cuento, contrario a lo
que en ocasiones se piensa, está más bien en el tratamiento, en la mirada del
autor y no así en una trama rebuscada o sorpresiva.
Considero que Isaac Eduardo posee la
capacidad de escribir un cuento de gran nivel del detalle cotidiano más nimio,
ya sea una rápida visita para hacer un trámite o un capítulo de su programa de
televisión favorito.
Isaac Eduardo lo ha comprendido como
pocos. La escritura no implica necesariamente abordar los grandes temas, sino
más bien mirar hacia el interior y aceptar lo desagradable que reside en
nuestras almas, y con ese material empezar a contar historias; en otras
palabras, a hacer literatura.
El libro se puede adquirir en la siguiente liga: https://www.amazon.com.mx/crisis-Isaac-Eduardo/dp/B0FMQSZR13/ref=sr_1_1?__mk_es_MX=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&sr=8-1
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