martes, marzo 31, 2026

La crisis de Isaac Eduardo Treviño: Unas memorias del subsuelo posmodernas


El escritor nunca está en pleno dominio de su oficio. A diferencia de un músico o un artista plástico, el escritor es uno con su obra. Me refiero a que el escritor está atrapado en las mismas palabras que usa para crear sus historias. Por ello Sartre comentaba que un escritor jamás puede leerse a sí mismo de un modo objetivo, así como tampoco una persona puede mirarse de verdad en un espejo. Siempre hay una distorsión, un punto ciego ineludible.

Esto podría pensarse como una ventaja. ¿No es acaso una fantasía común entre los artistas no distinguirse de su labor, un poco al estilo de Van Gogh cuando comía de los pigmentos? La imagen sin duda ostenta cierta belleza, pero al momento de trabajar en la obra se convierte en uno de los más grandes obstáculos, en especial porque el escritor continuamente debe luchar con las palabras para hacerse de una voz propia. La voz del escritor corre el riesgo permanente de ser erosionada, engullida por el lenguaje mismo. No es el escritor quien está en posesión del lenguaje, sino, muy por el contrario, es el lenguaje el que está en posesión del escritor. Las palabras fluyen, salen sin parar de la pluma; no obstante, es necesario preguntarse si este flujo es en sí la escritura. Tiendo a pensar que no lo es, al menos no del todo, pues escribir no implica sólo redactar ideas, oraciones, letras en la hoja en blanco, sino descubrir un pequeño hallazgo en todas esas posibilidades que las palabras crean.

No se trata de repetir lo ya dicho; en todo caso, de repetirlo de otra manera. El problema para un escritor no es pasajero ni menor, pues de eso depende si logrará consolidar un estilo, si logrará distinguirse, aunque sea mínimamente de ese interminable balbuceo que acarrea una tradición literaria.

Un escritor ingenuo buscará resolver esta circunstancia volcándose a los grandes temas: el amor, la muerte, la avaricia, etc. Pero esto lo llevará a agravar su posición. La avalancha de los múltiples tratamientos hechos desde las profundidades inalcanzables de los autores clásicos, demostrarán que su obra irremediablemente es inferior. Simplemente comparar fuerzas con los grandes monstruos de la literatura no es sensato. Imposible salir indemne. Más de uno se ahogó en esa batalla. Por ello, es mejor que todo escritor se ande con cautela. El abordaje del tema que dará origen a la obra literaria es un proceso lento, lleno de trampas y desengaños.

Las líneas anteriores no dejarán de albergar un tono sombrío. Al parecer no hay salida. Ya todo fue dicho, ¿qué caso tendría entonces escribir? La escritura es un oficio peligroso. Sólo aquellos que están dispuestos a adentrarse en sus más secretos miedos y obsesiones conseguirán salir del laberinto. La respuesta no está en el exterior, sino en el centro de la existencia de cada escritor. Sólo el que se vuelva hacia ese otro lugar -muchas veces desagradable, porque es el punto de reconocimiento de lo que en realidad somos-, comienza a tener un verdadero tema de escritura. Es ahí donde existe una fuerza capaz de luchar contra el lenguaje. Saberlo no basta, el escritor deberá primero capturar esa esencia, para después darle forma mediante las palabras. De nueva cuenta, el procedimiento es largo y doloroso. No obstante, en el camino de la literatura no hay atajos. No los hay al menos para el escritor que no pretende engañarse. Todo esto quizás pueda resumirse en una cita de Dostoievski, la cual aparece en sus Memorias del subsuelo: “Pero en fin, ¿de qué puede hablar un hombre honrado con la mayor satisfacción? Respuesta: de sí mismo. Pues bien, hablaré de mí mismo.”

No estoy del todo seguro, pero creo que Isaac Eduardo Treviño estaría de acuerdo con esta cita. Al igual que yo, entiendo que es un asiduo lector de las novelas del ruso. En su primer libro La crisis, hay un espíritu que lo hermana con lo mencionado en los párrafos anteriores. Isaac Eduardo es un escritor que se ha propuesto escribir no desde la repetición ni los lugares comunes, sino desde una búsqueda muy particular de la experiencia humana. Como autor, posee una capacidad privilegiada para encontrar la ironía en los momentos más inesperados. No es de sorprender, por otra parte, si advertimos el método de su escritura. Su estilo se caracteriza por la emoción auténtica. Sus personajes no son marionetas, no están vacíos, viven en las páginas de su libro de un modo genuino, pues en ellos las emociones poseen un registro nítido, no falsean, ni exageran sus movimientos y con un grado mayor de interés no se acaban en el mero efecto sorpresivo. Sus personajes albergan un doble fondo y es ahí donde el lector descubre la densidad de la mirada de la obra de Isaac Eduardo.

Entre sus temas destacan la vida de los hombres solitarios, el erotismo, la experiencia fantástica y la reelaboración de historias de la cultura pop. Su prosa es poderosa con un lenguaje que va al detalle de las atmósferas y las acciones, sin por ello perder la ligereza en el ritmo. Hay en su mirada una combinación que ahonda en la anécdota común, la cual fluctúa entre lo humorístico y lo trágico. Lo que deseo decir con esto es que en dicho contraste el lector advierte que los movimientos de los personajes poseen más de una capa de significado, hecho que en ocasiones los vuelve contradictorios, y por lo mismo muy humanos.

Por supuesto, dentro del volumen de relatos, destaco aquel que da nombre a todo el libro. La historia es muy sencilla, pues sin problemas la podemos reducir a una frase. No la mencionaré para mantener la intriga. No obstante, el valor de la historia reside en el punto de vista, en cómo Isaac Eduardo logra captar el conflicto humano de su personaje. A pesar de hablarnos desde una particularidad muy específica, el despliegue de las sensaciones físicas y mentales permite al lector verse reflejado en el conflicto. Es una prueba más de que el cuento, contrario a lo que en ocasiones se piensa, está más bien en el tratamiento, en la mirada del autor y no así en una trama rebuscada o sorpresiva.

Considero que Isaac Eduardo posee la capacidad de escribir un cuento de gran nivel del detalle cotidiano más nimio, ya sea una rápida visita para hacer un trámite o un capítulo de su programa de televisión favorito.

Isaac Eduardo lo ha comprendido como pocos. La escritura no implica necesariamente abordar los grandes temas, sino más bien mirar hacia el interior y aceptar lo desagradable que reside en nuestras almas, y con ese material empezar a contar historias; en otras palabras, a hacer literatura.

 

El libro se puede adquirir en la siguiente liga: https://www.amazon.com.mx/crisis-Isaac-Eduardo/dp/B0FMQSZR13/ref=sr_1_1?__mk_es_MX=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&sr=8-1

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