Teresa Muñoz
durante los años ochenta y noventa escribió algunas de las mejores páginas de
la literatura lagunera. Ya desde su primera juventud era una excelente
cuentista y poeta. A pesar de esto, su obra no vio la luz sino mucho más tarde.
Las rígidas estructuras sociales donde la mujer es desplazada al margen y
reprimida causaron que su literatura permaneciera oculta. Por este motivo Teresa
no pudo dedicarse al teatro y la escritura: sus dos pasiones principales.
Apenas tuvo la posibilidad de publicar estos primeros relatos al cabo de
treinta años. Ejemplos de lo anterior son “Débil como la mar rugiente”, “Desde
el baúl”, “La pila y el pozo” y “Oscuro y hondo, como el rencor”.
Estos cuentos acompañaron a Teresa a lo
largo de décadas, escondidos. Gracias a este ocultamiento sobrevivieron. Mucha
de su escritura fue perdida por cuestiones que por el momento no vienen al
caso. Pero pueden ser resumidas en una palabra: misoginia. Hubo una época en
que Teresa estuvo quebrantada. ¿Cómo sé todo esto? Ella misma me lo dijo. Así
fue como nos hicimos amigos, amantes, cómplices, familia. Por más de diecisiete
años Teresa ha sido mi familia. Ahora que ya no está lo sigue siendo, pero como
habrán de imaginar su ausencia física hace las cosas diferentes. En todo caso
fortalece el lazo entre mi existencia y su existencia.
Recuerdo que un día sacó un sobre color
crema y de ahí unas páginas amarillas de tan viejas. Eran los cuentos
mencionados. No se los había enseñado a nadie desde antes de casarse. Los
mantuvo escondidos por miedo a que fueran destruidos, así como fueron quemados
sus diarios por razones absurdas. Yo en ese tiempo apenas tenía veinticuatro
años. Ella era una mujer de cuarenta y uno. Lo que relato habrá ocurrido en el
2007. Estábamos en su mítico departamento de la Allende en Lerdo, Durango. Yo
ya había compartido con ella algunos de mis relatos y me causaba orgullo que
ella pensara que no eran tan malos. En alguna parte ya he mencionado que ella
era mi maestra. Y quizás por ese motivo Teresa consideró compartir sus cuentos
secretos conmigo. El primero que leí fue “Oscuro y hondo, como el rencor”,
después “Desde el baúl” y luego “Débil como la mar rugiente” y así cada uno de
ellos. Quedé deslumbrado. Entendí que mi talento y el de todos los que
conformábamos la Escuela de Escritores de La Laguna estaba muy por debajo del
vuelo de Teresa. “Tienes que publicarlos”, le dije. Era lo mejor que había
leído de una persona viva. Curiosamente, Teresa en ese tiempo no me escuchó y
volvió a guardar los cuentos en el sobre color crema.
Los años pasaron. Nos mudamos a la Ciudad
de México, después a Xalapa y luego regresamos a Lerdo. En una de esas
mudanzas, donde, como saben, es común tirar tiliches, cosas inservibles, pues
ya no se requerirán en el nuevo espacio, Teresa tuvo la osadía de decidir que
era momento de deshacerse el viejo sobre. Lo puso en la basura. Estaba lista
para olvidarse de sus cuentos de juventud para siempre, así sin más. Por
supuesto, me negué a aceptar aquello. Me puse de pie y los saqué de la bolsa y
le dije que no los tirara, que más adelante podría extrañarlos. Le dije que en
todo caso a mí me gustaban y que después querría releerlos, como cuando alguien
relee su libro favorito. De esta manera una parte importante de su primer libro
El fin de la inocencia fue recuperado.
No quiero parecer hipócrita ni darme una
importancia que no tengo, pero me pareció necesario señalar cómo una mujer
talentosísima, una escritora de primer orden como lo es Teresa Muñoz, por
múltiples motivos, ha sido relegada del centro de la conversación literaria. En
ese orden de ideas, el objetivo de la publicación de su obra reunida obedece a
que los lectores puedan acceder en un solo volumen a su mundo literario, y así
pueden apreciar la densidad y al mismo tiempo la ligereza de su estilo.
No hay en nuestra tradición lagunera
alguien que se le parezca. Nadie con esa profundidad para abordar el erotismo,
nadie con esa lucidez para hablarnos de los sueños, nadie con esa prosa para
mimetizarse en múltiples voces, nadie con la amplitud necesaria para alcanzar
lo desértico y lo selvático.
Ella por las mañanas me contaba sus
sueños. No sé si los inventaba o realmente los tenía, en cualquier caso, en
ellos siempre emergía una revelación. Los sueños de Teresa albergaban la
esencia de la epifanía. Quizás esa sea una de las principales cualidades de su
estilo. La mirada y la escritura de Teresa poseen la cualidad del oráculo. En
estas líneas, por cuestiones de espacio y de tiempo, no me es posible realizar
un análisis exhaustivo de su narrativa y poesía. Pero quizás pueda señalarlo en
uno de sus cuentos.
No puede ser otro que el primero que leí.
Me refiero a “Oscuro y hondo, como el rencor”. Se trata de una historia situada
en el trópico. Es notable y estéticamente muy interesante dentro de su obra
cómo Teresa despliega las atmósferas del sur de Veracruz. No es de sorprender
por otro lado, pues vivió gran parte de su infancia en dichas latitudes. Ella
poseía todo un universo en ese espacio. En ella se cumplía el principio
rilkeano donde se asevera que la infancia da suficiente material para escribir
toda la vida. El cuento se desenvuelve a las orillas de la laguna de Catemaco.
En las primeras líneas puede leerse:
“El mar siempre
estuvo dentro de ti. Desde los primeros sueños con enormes tiburones blancos,
grises, azules, en albercas llenas de sal y arena. Te soñabas observada por
ellos, fuera de la alberca, pero asustada; de pronto ya estabas rodeada, dentro
del agua a punto de ser devorada, cuando una milagrosa jaula aparecía de la
nada y te atrapaba antes de que las gigantescas mandíbulas lo hicieran,
salvándote de ser engullida. Moraima decía, cuando llegaba corriendo a calmar
tus gritos nocturnos, que esos sueños peligrosos cesarían el día que conocieras
a un hombre con el cual compartir tu cama. Alguien que pudiera devorarte como
lo pretendían esos seres enormes de tus pesadillas húmedas.”
Se
trata de una historia donde lo onírico prevalece. En ella se narra la
resolución de un enigma. La mujer a quien se dirige la narración, mediante la
segunda persona, vive primero con su hermana Alma y su abuela Moraima, y
posteriormente en la misma casona, acrecentando la familia, con su marido
Martín y su pequeña hija. Moraima es bruja y tiene la capacidad de interpretar
los sueños, con excepción de un sueño persistente de su nieta.
No es mi intención en esta glosa estropear
la intriga de este excelente cuento. Pero sí quiero destacar la intuición de
Teresa para abordar el tema de los sueños en la literatura. Porque es un error
creer que el sueño en la literatura funciona directamente. Muchas veces
nuestros sueños pueden generar un gran impacto psíquico en quienes los soñamos;
sin embargo, en la narración directa ese mismo sueño puede resultar un tanto
pusilánime. El tratamiento literario de los sueños consiste en organizar la
trama onírica de tal manera que el impacto psíquico se vea trasladado al efecto
estético. Es ahí donde reside el talento literario de Teresa Muñoz. En este
caso, el relato para generar esa sensación enigmática que poseen los sueños
desarrolla un enigma que toma como símbolo una palabra: “Allí”. Ese es el
enigma. La mujer de la historia sueña con esta palabra, la cual dentro del
mundo narrado no es un simple vocablo, sino toda una imagen, una metáfora de
algo. Por supuesto se trata de una advertencia, una profecía. Su hermana,
esposo y abuela, como es natural, intentan explicar el significado del sueño.
Cada uno tiene una interpretación. No obstante, ninguno logra descifrar su
verdadero sentido, sino hasta que es demasiado tarde.
Llegó el día en
que la palabra apareció en el sueño sola, como si tu mente fuera un gran
pizarrón garabateado con “allí”, y el sonido que hacía perduró en tu recuerdo
todo el día, como si por fin fueras a saber qué significaba. Terminaste sentada
en el maleconcito del patio trasero, con los pies dentro de la laguna.
El
enigma no es revelado sino hasta el último momento. La belleza onírica del
cuento reside en esa capacidad de Teresa de crear atmósferas, además de poseer
una agudeza psíquica difícil de igualar. Pocas personas que yo haya conocido
han tenido el valor de observar el fondo de la naturaleza humana. Teresa nunca
claudicó en ese espíritu. Ni siquiera en su lecho de muerte dejó de soñar ni
dejó de crear historias. Aún a algunos meses de su partida tuvo la fortaleza de
escribir dos cuentos excelentes, lo cuales se incluyen en el volumen que hoy
comparto con ustedes. Ambos me los dio a leer con la idea de publicarlos
pronto. Ya no pudo verlos en letra de impresa. Pero sé que estaría contenta de
haberlos incluido en el libro. Así como unos pocos poemas de su juventud y
otros dispersos que nunca vieron la luz mientras todavía nos acompañaba en las
vicisitudes de este mundo.
Teresa Muñoz amaba compartir su literatura
con los lectores. Sé que ella está aquí con nosotros y que está agradecida de la
presencia de todos ustedes, y de que cada día más gente lee y disfruta de su
obra. Para cerrar quisiera decir un poema que escribió a los veinte años.
Seguramente, distinguirán la potencia poética de Teresa. Está fechado el 24 de
mayo de 1987.
Aguas infinitamente azules
Voces celestiales, todo el poder del
océano
Empequeñece ante mí y se aleja
Huye cual gaviota, sin dar explicaciones
Sin una razón humana para hacerlo
Y aquí estoy yo, desnuda frente al
infinito
Mostrando mi piel caliente
Confundiéndola con la arena
Tratando de ser otra vez parte de la
verdad
¡Ay! Infinito odio. Maldito misterio
Te alejas
¿Dónde vas con esa fuerza?
La arena se va quedando seca
Y poco a poco el sol la evapora
Fue playa
Y ahora no es más que aire
Aire seco
Sin descanso, sin una lágrima
Sin un retorno
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