jueves, marzo 26, 2026

La última mirada. Obra reunida de Teresa Muñoz: a un año de su partida

 

Teresa Muñoz durante los años ochenta y noventa escribió algunas de las mejores páginas de la literatura lagunera. Ya desde su primera juventud era una excelente cuentista y poeta. A pesar de esto, su obra no vio la luz sino mucho más tarde. Las rígidas estructuras sociales donde la mujer es desplazada al margen y reprimida causaron que su literatura permaneciera oculta. Por este motivo Teresa no pudo dedicarse al teatro y la escritura: sus dos pasiones principales. Apenas tuvo la posibilidad de publicar estos primeros relatos al cabo de treinta años. Ejemplos de lo anterior son “Débil como la mar rugiente”, “Desde el baúl”, “La pila y el pozo” y “Oscuro y hondo, como el rencor”.

Estos cuentos acompañaron a Teresa a lo largo de décadas, escondidos. Gracias a este ocultamiento sobrevivieron. Mucha de su escritura fue perdida por cuestiones que por el momento no vienen al caso. Pero pueden ser resumidas en una palabra: misoginia. Hubo una época en que Teresa estuvo quebrantada. ¿Cómo sé todo esto? Ella misma me lo dijo. Así fue como nos hicimos amigos, amantes, cómplices, familia. Por más de diecisiete años Teresa ha sido mi familia. Ahora que ya no está lo sigue siendo, pero como habrán de imaginar su ausencia física hace las cosas diferentes. En todo caso fortalece el lazo entre mi existencia y su existencia.

Recuerdo que un día sacó un sobre color crema y de ahí unas páginas amarillas de tan viejas. Eran los cuentos mencionados. No se los había enseñado a nadie desde antes de casarse. Los mantuvo escondidos por miedo a que fueran destruidos, así como fueron quemados sus diarios por razones absurdas. Yo en ese tiempo apenas tenía veinticuatro años. Ella era una mujer de cuarenta y uno. Lo que relato habrá ocurrido en el 2007. Estábamos en su mítico departamento de la Allende en Lerdo, Durango. Yo ya había compartido con ella algunos de mis relatos y me causaba orgullo que ella pensara que no eran tan malos. En alguna parte ya he mencionado que ella era mi maestra. Y quizás por ese motivo Teresa consideró compartir sus cuentos secretos conmigo. El primero que leí fue “Oscuro y hondo, como el rencor”, después “Desde el baúl” y luego “Débil como la mar rugiente” y así cada uno de ellos. Quedé deslumbrado. Entendí que mi talento y el de todos los que conformábamos la Escuela de Escritores de La Laguna estaba muy por debajo del vuelo de Teresa. “Tienes que publicarlos”, le dije. Era lo mejor que había leído de una persona viva. Curiosamente, Teresa en ese tiempo no me escuchó y volvió a guardar los cuentos en el sobre color crema.

Los años pasaron. Nos mudamos a la Ciudad de México, después a Xalapa y luego regresamos a Lerdo. En una de esas mudanzas, donde, como saben, es común tirar tiliches, cosas inservibles, pues ya no se requerirán en el nuevo espacio, Teresa tuvo la osadía de decidir que era momento de deshacerse el viejo sobre. Lo puso en la basura. Estaba lista para olvidarse de sus cuentos de juventud para siempre, así sin más. Por supuesto, me negué a aceptar aquello. Me puse de pie y los saqué de la bolsa y le dije que no los tirara, que más adelante podría extrañarlos. Le dije que en todo caso a mí me gustaban y que después querría releerlos, como cuando alguien relee su libro favorito. De esta manera una parte importante de su primer libro El fin de la inocencia fue recuperado.

No quiero parecer hipócrita ni darme una importancia que no tengo, pero me pareció necesario señalar cómo una mujer talentosísima, una escritora de primer orden como lo es Teresa Muñoz, por múltiples motivos, ha sido relegada del centro de la conversación literaria. En ese orden de ideas, el objetivo de la publicación de su obra reunida obedece a que los lectores puedan acceder en un solo volumen a su mundo literario, y así pueden apreciar la densidad y al mismo tiempo la ligereza de su estilo.

No hay en nuestra tradición lagunera alguien que se le parezca. Nadie con esa profundidad para abordar el erotismo, nadie con esa lucidez para hablarnos de los sueños, nadie con esa prosa para mimetizarse en múltiples voces, nadie con la amplitud necesaria para alcanzar lo desértico y lo selvático.

Ella por las mañanas me contaba sus sueños. No sé si los inventaba o realmente los tenía, en cualquier caso, en ellos siempre emergía una revelación. Los sueños de Teresa albergaban la esencia de la epifanía. Quizás esa sea una de las principales cualidades de su estilo. La mirada y la escritura de Teresa poseen la cualidad del oráculo. En estas líneas, por cuestiones de espacio y de tiempo, no me es posible realizar un análisis exhaustivo de su narrativa y poesía. Pero quizás pueda señalarlo en uno de sus cuentos.

No puede ser otro que el primero que leí. Me refiero a “Oscuro y hondo, como el rencor”. Se trata de una historia situada en el trópico. Es notable y estéticamente muy interesante dentro de su obra cómo Teresa despliega las atmósferas del sur de Veracruz. No es de sorprender por otro lado, pues vivió gran parte de su infancia en dichas latitudes. Ella poseía todo un universo en ese espacio. En ella se cumplía el principio rilkeano donde se asevera que la infancia da suficiente material para escribir toda la vida. El cuento se desenvuelve a las orillas de la laguna de Catemaco. En las primeras líneas puede leerse:

 

 

“El mar siempre estuvo dentro de ti. Desde los primeros sueños con enormes tiburones blancos, grises, azules, en albercas llenas de sal y arena. Te soñabas observada por ellos, fuera de la alberca, pero asustada; de pronto ya estabas rodeada, dentro del agua a punto de ser devorada, cuando una milagrosa jaula aparecía de la nada y te atrapaba antes de que las gigantescas mandíbulas lo hicieran, salvándote de ser engullida. Moraima decía, cuando llegaba corriendo a calmar tus gritos nocturnos, que esos sueños peligrosos cesarían el día que conocieras a un hombre con el cual compartir tu cama. Alguien que pudiera devorarte como lo pretendían esos seres enormes de tus pesadillas húmedas.”

 

 

Se trata de una historia donde lo onírico prevalece. En ella se narra la resolución de un enigma. La mujer a quien se dirige la narración, mediante la segunda persona, vive primero con su hermana Alma y su abuela Moraima, y posteriormente en la misma casona, acrecentando la familia, con su marido Martín y su pequeña hija. Moraima es bruja y tiene la capacidad de interpretar los sueños, con excepción de un sueño persistente de su nieta.

No es mi intención en esta glosa estropear la intriga de este excelente cuento. Pero sí quiero destacar la intuición de Teresa para abordar el tema de los sueños en la literatura. Porque es un error creer que el sueño en la literatura funciona directamente. Muchas veces nuestros sueños pueden generar un gran impacto psíquico en quienes los soñamos; sin embargo, en la narración directa ese mismo sueño puede resultar un tanto pusilánime. El tratamiento literario de los sueños consiste en organizar la trama onírica de tal manera que el impacto psíquico se vea trasladado al efecto estético. Es ahí donde reside el talento literario de Teresa Muñoz. En este caso, el relato para generar esa sensación enigmática que poseen los sueños desarrolla un enigma que toma como símbolo una palabra: “Allí”. Ese es el enigma. La mujer de la historia sueña con esta palabra, la cual dentro del mundo narrado no es un simple vocablo, sino toda una imagen, una metáfora de algo. Por supuesto se trata de una advertencia, una profecía. Su hermana, esposo y abuela, como es natural, intentan explicar el significado del sueño. Cada uno tiene una interpretación. No obstante, ninguno logra descifrar su verdadero sentido, sino hasta que es demasiado tarde.

 

Llegó el día en que la palabra apareció en el sueño sola, como si tu mente fuera un gran pizarrón garabateado con “allí”, y el sonido que hacía perduró en tu recuerdo todo el día, como si por fin fueras a saber qué significaba. Terminaste sentada en el maleconcito del patio trasero, con los pies dentro de la laguna.

 

El enigma no es revelado sino hasta el último momento. La belleza onírica del cuento reside en esa capacidad de Teresa de crear atmósferas, además de poseer una agudeza psíquica difícil de igualar. Pocas personas que yo haya conocido han tenido el valor de observar el fondo de la naturaleza humana. Teresa nunca claudicó en ese espíritu. Ni siquiera en su lecho de muerte dejó de soñar ni dejó de crear historias. Aún a algunos meses de su partida tuvo la fortaleza de escribir dos cuentos excelentes, lo cuales se incluyen en el volumen que hoy comparto con ustedes. Ambos me los dio a leer con la idea de publicarlos pronto. Ya no pudo verlos en letra de impresa. Pero sé que estaría contenta de haberlos incluido en el libro. Así como unos pocos poemas de su juventud y otros dispersos que nunca vieron la luz mientras todavía nos acompañaba en las vicisitudes de este mundo.

Teresa Muñoz amaba compartir su literatura con los lectores. Sé que ella está aquí con nosotros y que está agradecida de la presencia de todos ustedes, y de que cada día más gente lee y disfruta de su obra. Para cerrar quisiera decir un poema que escribió a los veinte años. Seguramente, distinguirán la potencia poética de Teresa. Está fechado el 24 de mayo de 1987.

 

Aguas infinitamente azules

Voces celestiales, todo el poder del océano

Empequeñece ante mí y se aleja

Huye cual gaviota, sin dar explicaciones

Sin una razón humana para hacerlo

Y aquí estoy yo, desnuda frente al infinito

Mostrando mi piel caliente

Confundiéndola con la arena

Tratando de ser otra vez parte de la verdad

¡Ay! Infinito odio. Maldito misterio

Te alejas

¿Dónde vas con esa fuerza?

La arena se va quedando seca

Y poco a poco el sol la evapora

 

Fue playa

Y ahora no es más que aire

Aire seco

Sin descanso, sin una lágrima

Sin un retorno

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