jueves, noviembre 26, 2015

El conserje

Sí, usted era muy hermosa. Aun teniendo al joven Guillermo entre las piernas no dejaba de ser extraordinariamente hermosa. Su cabello era negro y le caía en capas con mucha gracia sobre los hombros. Por las noches todavía recuerdo cómo le ondulaba sobre las mejillas mientras andaba de un lado para otro en la oficina del periódico. Se escuchaban los tacones de sus pequeños zapatos ir y venir con gracia del despacho del licenciado a la cafetera o a la copiadora. Yo la escuchaba y no podía evitar sonreír de ternura debido al aroma que dejaba a su paso. Su rostro me recordaba al de una virgen: su sonrisa luminosa, sus ojos de niña, con toda la vida por delante, con todas las ilusiones, con todo el amor por delante, y su voz clara y cálida. Usted le daba vida a mi trabajo. Me daba la alegría suficiente para continuar con él.
Su cuerpo era esbelto y usted lo sabía, y por supuesto, como mujer bella, se arreglaba. Recuerdo sus faldas, no muy arriba, pero tampoco muy abajo, sus escotes no muy escandalosos pero sí muy sensuales; a todo le daba su justa proporción. Usted era una muchacha buena, una muchacha decente, que no por eso iba a hacerse valer menos con vestidos que no le realzaran su hermosura. Eso me agradaba de usted, siempre tan bienhechora y con tanta clase. Era lo único por lo que me levantaba por las mañanas. Desde que usted llegó a la oficina yo renací, volví a tener las fuerzas para enfrentarme con mi destino. Usted fue mi salvación, aunque tiendo a pensar que no nada más la mía, sino la de todos los hombres que laborábamos en el periódico. El momento más especial era cuando la veía entrar con su bolso y la lista de pendientes y yo, sin que se volviera a verme, le daba los buenos días.
Recuerdo cuando llegó. Aún era usted muy joven. Supe que éste había sido su primer empleo. Quizá acababa de terminar sus estudios. Nunca se lo pregunté, porque no era correcto que un hombre como yo le dirigiera la palabra a una niña educada. Yo sólo era el conserje, por eso sentía que entre usted y yo podría haber una conexión, una conexión personal. Probablemente no lo supo, pero una decena de muchachas vinieron para buscar el trabajo. Usted sabía que el periódico era de los más importantes de la ciudad y muchas jóvenes deseaban ser asistentes del señor licenciado, así que un gran número vinieron para entrevistarse con él. Yo las veía a todas y pensaba que ninguna tenía el porte que su figura mostraba. Ni siquiera la inteligencia. Usted fue la única que me regaló una sonrisa al verme parado frente al despacho de nuestro jefe. Eso es lo que más recuerdo con gran felicidad. Cuando quedó contratada, cuando se dio la noticia, pensé que el licenciado no podía ser tan tonto como para dejarla ir. Por primera vez el patrón había tomado una decisión sensata, una decisión con la que yo estaba conforme, que me hacía de nueva cuenta amar mi trabajo.
Aquellos días fueron apacibles. Yo veía que la gente entraba al periódico con una sonrisa. Notaba que se hacían los reportajes, como usted les decía, sin mayores problemas. La gente entraba y salía. No había cámaras de seguridad ni siquiera escoltas. En esos días al verla sentada en su escritorio, mientras yo limpiaba las otras salas, me consideraba a mí mismo su guardián. Me decía que nunca permitiría que le hicieran daño, a usted menos que a nadie en todo el periódico, porque usted era de otra manera, no era de esas mujeres fáciles que se entregaban ante el poder, no era nada de eso. Yo la escuchaba a veces que hablaba por teléfono (perdóneme) y sabía que tenía pretendientes, seguramente muchachos, jóvenes que también estarían empezando la vida, que quizá después le propondrían matrimonio. No puedo negar que eso me generaba un poco de celos, porque yo era un viejo que no podía acercársele si no era para preguntar si necesitaba algún servicio. Yo estaba a su servicio, y nunca fue grosera, muy por el contrario, siempre amable me decía que no era necesario que limpiara su escritorio, que usted lo podía hacer, que no era necesario que le trajera de vez en cuando una rosa y yo le decía que una niña tan linda no podía no recibir una rosa cada mañana. Siempre las recibió y lo único que yo buscaba era dibujarle una sonrisa. Eso para mí era suficiente y hasta llegué a pensar que si entre usted y yo no podría existir nada más que el trato cordial en el trabajo, al menos con el tiempo podría considerarme como un padre, como un padre quien siempre vería por su persona.
Los días continuaron y la gente muchas veces venía a dejar información o a hablar con el licenciado. Normalmente eran hombres con trajes, hombres de la política, de esos que son aventajados, que creen que con su dinero lo pueden comprar todo. Siempre en sus ojos al verme entre los pasillos, desempolvando los muebles, recogiendo los ceniceros que dejaban repletos, se hallaba en sus miradas un dejo de desprecio; y eso estaba bien, porque yo era el conserje, un viejo y nada más. Pero que a usted la trataran de esa manera me daba tristeza, porque no merecía ese trato, porque usted no era como las otras a las que estos hombres estaban acostumbrados. Ellos no veían lo que era y la humillaban y le hacían proposiciones fuera de lugar. Todavía recuerdo cuando la encontré llorando en el pasillo del baño, ese que estaba al fondo, en la parte posterior del edificio. Se asustó al verme pasar y yo le dije que no tuviera miedo, que en mí tenía a un amigo en el que podía confiar. Le dije que no les hiciera caso, que no sabían que era una joven inteligente, le dije que con el tiempo iba a ver que esos días solamente serían una anécdota graciosa, y su sonrisa volvió a dibujarse sobre su rostro.
Esa fue nuestra mejor época, porque desde ese momento nuestra cortesía fue más natural. Ya no me daba pena dirigirle la palabra, aunque, por supuesto, me cuidaba de no hacerlo frente al licenciado, quien siempre que me veía sin limpiar las salas me reprendía, diciéndome que yo no estaba para empezar conversaciones, que a mí se me pagaba para mantenerme en silencio. Yo asentía taciturno y pensaba que era un buen tipo, un tipo respetable, quien tenía que lidiar con esos hombres de la política de los cuales yo prefería mantenerme distante para no tener que ver sus rostros alzados. Pero cuando teníamos un momento yo le preguntaba cuestiones simples y me contestaba y me contaba de sus proyectos y yo le decía que con el tiempo iba a poder lograrlos. Cuando llegaba al cuarto de servicio donde yo dormía, por aquellas noches, (debo aceptarlo) mil veces me reproché ser viejo, mil veces me reproché no haber hecho nada con mi vida. Pero luego me decía que quizá había alguna esperanza, que siempre había alguna esperanza y me acostaba pensando en su sonrisa y en su cabello, pero luego en la madrugada me despertaba consciente de que se me escapaba de las manos, de que su silueta se alejaba como un sueño.
Entonces, como si se tratara de una confirmación de mis pensamientos, el joven Guillermo apareció en la oficina. Aquel muchacho, de igual manera, con toda la vida por delante, había sido contratado por el licenciado como su mano derecha, porque el trabajo en el periódico se estaba haciendo difícil. Guillermo era un joven perspicaz. A pesar de las contrariedades que me suscitaba su presencia, comprendí que era correcto que el patrón lo hubiese contratado. Él era del mismo modo muy amable conmigo. De él siempre recibí una mirada de saludo y cordialidad; sus palabras nunca fueron groseras ni altisonantes. Yo lo aceptaba y le hablaba siempre con la mayor atención y oía siempre todas sus órdenes y las realizaba al instante, lo hacía porque yo era el conserje y eso era lo correcto. A mí lo que más me dolió fue que se enamorara de él. Fue por aquel tiempo en el que comenzaron a apostar las cámaras sobre los muros y en el que el licenciado empezó a entrevistarse con los guardaespaldas. Por el tiempo en el que yo la esperaba afuera del periódico para que tomara su taxi. A mí nunca me gustó que lo hiciera, debido a que la ciudad estaba enrareciéndose, pero usted decía que no era necesario que me preocupara. Quizá lo recuerde mejor.
Tristemente, la presencia de Guillermo logró que nosotros nos distanciáramos. Más bien tendría que decir que logró que yo me distanciara de su persona por mi propia voluntad. Yo cada día me sentía con mayor vergüenza para dirigirle la palabra. Yo ya no le llevaba rosas, aunque no por eso dejé de observarla. Veía que se encerraba en la oficina del joven (debe aceptarlo yo la espiaba, lo hacía únicamente para cuidarla). Notaba que usted y él cada vez se quedaban más tarde en la oficina, cuando todos los demás se habían ido, excusando mucho trabajo. Y yo también deambulaba, terminando los últimos quehaceres de la limpieza en el edificio, viendo de reojo, para no generar los celos de Guillermo, quien cada día se incomodaba más con mi presencia por los pasillos, y yo también con el temor de encontrarlos a los dos juntos de un modo doloroso para mí. Por supuesto usted era joven y era lo natural en su persona. Debía buscar su vida, encontrarse a un hombre que la quisiera. Guillermo parecía ser ese candidato perfecto. Incluso cuando lo miraba muy concentrado en su oficina, con el semblante sobre su computadora, descubrí con algún esfuerzo que era un hombre guapo. Entendí la razón por la que se enamoraría de él. Comprendí que yo era el conserje y pensé que eso era lo correcto. Aunque debo decirle que siempre tuve la esperanza de que viera que aquel muchacho no era de su conveniencia, de que él se marcharía, de que se iría muy lejos y que de nueva cuenta tendría unos minutos para mí. Tuve la esperanza de esto especialmente después de haber pasado por su escritorio y de haber encontrado a Guillermo montado sobre su cuerpo, cuando pude ver sus pechos hermosos, y su abdomen plano y cálido. Él se encolerizó y me echó fuera de su presencia.
Por aquel tiempo las cosas empezaron a cambiar. La ciudad, para un viejo como yo, quien conoce sus lugares más oscuros, comenzó a hacerse extraña. Empezaron a sucederse crímenes horribles. Yo cada día me sentía más alejado de todo; por otra parte, también en Guillermo, pero principalmente en el rostro del licenciado empecé a notar preocupación. Los días felices se nos estaban escapando. Creí que se trataba básicamente de que yo todo lo veía terrible a causa de la belleza que destilaba por el edificio. Pero luego entendí que no se trataba solamente de mi tristeza. Ustedes también sufrían. Pensé por un tiempo que se trataba de algún altercado que habría tenido con Guillermo y por un momento creí que dentro de poco todo volvería a la normalidad. Después me enteré que Guillermo se hacía más hosco y el licenciado más silencioso. Los hombres de la política ya no se aparecían.
Una tarde llegó la noticia de que el licenciado había sido secuestrado. Guillermo estaba insoportablemente nervioso. Hacía llamadas una y otra vez por teléfono. Usted también preocupada hablaba por teléfono, la recuerdo con claridad, cómo estaba concentrada en anotar datos que no tuvo tiempo para ver a los hombres que entraron por detrás de su espalda. Recuerdo que la tomaron por el cabello y la llevaron junto a Guillermo. Pobre Guillermo, a él lo hicieron pedazos. Al ver que yo era el conserje se rieron. Luego me preguntaron que si la conocía. Discúlpeme, como bien lo sabe, yo les dije que no. Luego, el de mirada dura y bigote abundante me dijo que si sabía quiénes eran. Yo le dije, otra vez, que no. ¿Recuerda el rostro del hombre cuando dijo que viera cómo era que trataban a quienes los delataban con el gobierno? Lo debe recordar, porque fue cuando le dieron la bofetada que la arrojó al suelo y ahí uno por uno la fueron violando los del comando mientras gritaba y arañaba y sangraba. Después el hombre me volvió a preguntar que si la conocía. Debe disculparme, yo le repetí, por tercera vez, que no. Fue entonces que uno de los hombres me dijo que terminara lo que ellos habían empezado. Sin pensarlo tomé el arma y le disparé en su linda cabeza.
Sí, usted era muy hermosa.
a la memoria de Francisco José Amparán

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