domingo, diciembre 27, 2015

El retrato del parque

Estaba hecho a lápiz y, sin embargo, con el tiempo esas líneas de carbón se habían petrificado sobre la hoja gruesa y rugosa. Pensaron que no iba a durar mucho, que con el tiempo comenzaría a borrarse y que únicamente subsistiría un pedazo de papel amarillento. No había ocurrido así; ahora, era lo único que les quedaba de su pasado.
Ella lo observaba atenta mientras la brisa del océano llegaba con su aroma de humedad desde los restaurantes, a unos metros de la cabaña, mientras se oían los gritos de los muchachos que jugaban con una pelota en la arena. Veía las sonrisas del dibujo, los ojos llenos de vida, mucho más de la que en realidad tuvieron alguna vez. Sin duda, se trataba de un excelente dibujante, un excelente artista. Había sido capaz de mirar más adentro y de mejorar algunas cosas, de inventar sus emociones, pero sobre todo de inventar quiénes eran. Había sido capaz de contarles su historia y de convencerlos de la mentira más inverosímil. La mujer se sorprendía de encontrar todas estas conclusiones, precisamente hasta ese día, después de muchos años, después de tantas cosas vividas e incontables decepciones y discusiones. Cuando todo lo vivido con él lo consideraba una mentira, descubría que la mentira más grande era ese dibujo.
Habían basado su matrimonio en aquel objeto. Los planes de la cabaña y de la vida a las orillas del mar; los paseos en la arena, la felicidad, el amor, se habían originado a partir de esa hoja y esos rostros detenidos, planos y efímeros que no les pertenecían, que había creado un desconocido, por una cantidad.
Los fines de semana se instalaban puestos en donde se vendían cuadros, pequeñas esculturas, libros y toda clase de objetos decorativos. Ellos anduvieron mirando aquí y allá, deteniéndose para ver alguna pintura, algo que de pronto les pareciera interesante, hasta que vieron al hombre. Se acercaron a él, se sentaron en una banca y estuvieron bromeando, sin dejar de sonreír, durante treinta minutos hasta que el dibujante les mostró sus nuevos rostros plasmados en la hoja.
A ella la había trazado más joven de lo que en verdad era. Ciertamente, le llevaba algunos años a él, y a veces le avergonzaba que la gente se diera cuenta; se sentía una ingenua, que se engañaba, pero cuando vio que el dibujante tuvo el detalle de hacerla más joven, de tal manera que dejaran de ser incompatibles, perdió por completo dicha preocupación. Habían nacido para estar juntos, no podía ser de otra manera: en el retrato todo estaba muy claro. Y él también ahora, después de mirar su rostro delineado, era un hombre fuerte, un hombre que podía con todas las dificultades, íntegro que jamás la abandonaría y que siempre buscaría hacerla feliz.
Ella se enamoró de ese hombre, del que estaba en el dibujo. Un hombre que tal vez sólo existió ese domingo en el parque.
La mujer, mientras veía las olas que chocaban en la arena, se avergonzó de sí misma, de lo que le había dicho durante tantos años, de haberse equivocado. Pensó que todo ese tiempo hubiera sido mejor haberse quedado con el retrato y nada más, y, entonces, haberle hablado a esa imagen. Pero luego, también, pensó que le hubiera resultado imposible. Inesperadamente, ese objeto le pareció repulsivo. Era hermoso, pero artificial.
Ya varios meses atrás él se había marchado. Pero ella todavía permanecía ahí porque después de tantas renuncias era necesario disfrutar de la cabaña; sin embargo, por más que intentaba, no lograba hacerlo. Y hoy menos que nunca, esa mañana de octubre, cuando sintió los primeros vientos fríos y supo que el verano había sido desperdiciado sin risas y sin buenos momentos, sin caminatas por la playa, sin los atardeceres en compañía, cuando supo que el mar de todas formas nada significaba, que no se parecía a lo que se escuchaba en sus sueños.

No hay comentarios.: