Nietzsche, el loco de Turín, pudo haberse equivocado muchas veces; sin embargo, tuvo dos grandes momentos de lucidez expresados más de una ocasión a lo largo de sus libros. Advirtió la decadencia de la filosofía bajo dos máscaras: los moralistas y los esencialistas.
A pesar de que
parecerá que me contradigo –ya lo notarás, mi estimado lector, confía en mí-,
todavía es vigente acercarse a estas dos observaciones hechas por el germánico,
pues, los problemas abordados en sus textos continúan siendo los mismos de
ahora. Seguimos teniendo la misma melancolía, seguimos padeciendo el mismo
sentimiento de eso que Kierkegaard también llamó el “amor-recuerdo”; es decir,
aún estamos enfrascados en nostalgias por lo no vivido muy parecidas a las del
siglo XIX, desde todas sus vertientes.
Existe en cierto
tipo de personas, por un lado, la evocación de ciertas grandezas, de ciertos
pasados gloriosos, completamente ficticios; y por otro, la necesidad de
regodearse en el presente absoluto, ese en el cual no existe futuro, como si
dijéramos jamás se ha sufrido tanto y por esa razón lo mejor es ya cancelarlo
todo. Son las dos caras de la misma moneda, mi apreciable escucha. ¿Por qué lo
asevero? Porque las dos posiciones carecen de perspectiva histórica. Y es así
como entramos en el terreno de los moralistas y los esencialistas. Lo peor de
todo: es cuando más de uno se ve tentado a sacar de sus cajones polvosos más de
un decálogo de comportamiento y de conducta, más de una escala de valores supuestamente
aplicables al universo entero y de una vez por todas.
Ya veo tu
sonrisa. No hay texto que no guarde en sus líneas la ironía, no me dejarás
mentir, mi estimado lector, y eso es precisamente lo más doloroso para los
nostálgicos. Somos una sociedad nostálgica y de ahí nuestra incapacidad para
lidiar con lo ambiguo y lo contradictorio. De ahí nuestra necesidad de la
moral, también nombrada ética, de ahí nuestra necesidad de lo esencial, que no
es otra cosa que una abstracción, algo nunca visto en el mundo que caminamos al
salir a la calle. De ahí la búsqueda de la parálisis.
¿Qué podemos decir
acerca de lo ético-moral? Que está en el espectro del deber-ser. ¿Qué podemos
decir acerca de la esencia? Que está en el espectro de la pedagogía. Son
elementos sólo efectivos en el ámbito de la formación individual, pero no para
las contingencias presentes en el mundo. Es como si esperáramos que la
construcción de la casa en el terreno se dé bajo las mismas condiciones que en
el salón de clases. ¿Quiere decir esto que los aspectos formativos
ético-morales y esencialistas respecto a los diferentes aspectos de la realidad
no sirven para nada? Evidentemente sirven para algo, pero únicamente en su
contexto. El extrañamiento causado por la discrepancia con la complejidad de lo
real es mera nostalgia, mera melancolía.
Por eso aquellos
quienes evocan a los filósofos del pasado como única salida a los problemas del
presente son unos nostálgicos (sonrisa irónica); por eso quienes evocan los
sistemas morales del pasado como salida a los problemas del presente son unos
nostálgicos, por eso quiénes evocan los sistemas políticos y económicos del
pasado, de igual modo, son unos nostálgicos; por eso, también, quienes evocan
el sufrimiento del presente en comparación con el menor sufrimiento del pasado
son unos nostálgicos. Nada de eso servirá y no importa nuestra añoranza ni
nuestra desesperación, continuará siendo inservible, mas que como un placebo al
siempre cambiante estado de las cosas. Esa es la contradicción de mi texto,
como ya lo habrás notado, mi estimado lector, esa es su ironía, pues para
señalar mi punto tuve que hacer referencia al pasado, pero si me permites una
pequeña defensa, diré que lo hice a sabiendas de que el pasado adquiere sentido
en el presente si se lo revisa con perspectiva histórica, es decir, aceptando
su ironía. Lo que era el amor antes, ya no lo es ahora, lo que era justo antes,
quizás hoy ya no lo sea, lo que era la virtud en tiempos de Sócrates, quizás
hoy signifique el vicio. Esa es la tarea. Nada del pasado podrá en esencia
ayudarnos en el futuro. Será necesario enterrar a los muertos, para que no nos
intoxiquen con sus exhalaciones pútridas, incluyendo, desde luego a Nietzsche y
a Kierkegaard y muchos otros, entre ellas la moral y la esencia de lo que se
creía era el mundo.
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