Es increíble lo que uno puede hallar en las librerías de usado. Ahí es donde se encuentra en verdad la tradición literaria de una ciudad; no sólo eso, también su espíritu, su memoria, sus anhelos, su inconsciente colectivo.
La formación de
un escritor necesita pasar por estos lugares; en especial cuando en ellos no
hay orden: es la mejor manera de hacerse un criterio. Y sobre todo de perderles
el respeto a los libros. No se puede escribir nada si no se les pierde el
respeto a los mayores. Desde luego, se trata de una irreverencia contenida,
siempre hecha con desconfianza, pero a la vez con cinismo; el mismo cinismo del
librero cuando sabe que un volumen de tan maltratado va a la basura, sin importar
el nombre impreso en la portada. ¿Cuántas primeras ediciones se perdieron así?
¿Cuántos ejemplares firmados por Borges, por Rulfo, por García Márquez, por
Fuentes se tiraron a la basura porque, en el desconocimientos de estas firmas,
los libreros, al ver los tomos humedecidos, creyeron imposible su venta? En las
librerías de usado nadie tiene privilegios; al menos no, en esas donde todavía
no nos alcanza el lavado de cara del capitalismo rampante que de inmediato
busca usurpar los espacios sociales que se han ido formando por la misma gente.
Libros por aquí
y por allá, de los más diversos temas, sin etiquetas en los mostradores, sin
guías previas de lectura, sin modos de saber si es un libro de ficción o un
estudio sesudo sobre una de las conspiraciones más complejas en dominio del
mundo (ya sea el Club Bilderberg o los reptilianos, aunque creo que son los
mismos); sin nada que nos prevenga o nos predisponga a su lectura más allá de
las solapas y cuartas de forros empolvadas, y en ocasiones ni siquiera eso.
Las librerías de
viejo se vuelven entrañables porque son una metáfora de la tradición literaria
e intelectual. Se tiene la equivocada idea de que el canon es lineal, definido,
inamovible y académico. Ese canon tiene únicamente una función formativa o, en
el peor de los casos, comercial. No se puede sacar casi nada de él; es una idea
falsa de la literatura. La tradición es un montón de páginas hongueadas sobre
mesas y libreros repletos de polilla.
Me atrae en gran
medida la imagen de lo terroso y de lo antiguo, pues la lectura apasionada se
ha vuelto un trabajo arqueológico; ediciones de libros escritos por gente
desconocida que en su momento fueron los grandes autores, pues así lo aseveran
las pequeñas sinopsis, los grandes premios, y que ahora se nos presentan
igualados por el tiempo, al lado de otros desconocidos quienes pasaron de largo
sin ser notados hasta llegar a nuestras manos; libros de escritores locales mil
veces ninguneados y que al leer el primer cuento del ejemplar, ahí de pie en
los pasillos laberinticos de la librería, nos deja un buen sabor de boca y la
consciencia de que lo literario es algo misterioso y que va más allá de los
reflectores; libros sobre política que ahora sería imposible publicar por la
incorrección ideológica del abordaje, y que sin embargo interesan incluso más
por el arrojo de las ideas y por la sensación de leer algo con un tufo de prohibido;
ediciones de autores leídos en una vieja reseña, de quienes jamás vimos un
ejemplar en las librerías de nuevo y que, al cabo de años de búsqueda, aparecen
amontonados debajo de una caja, la cual quizás estuvo siempre en el mismo sitio
hasta que esa buena tarde nos dignamos a esculcar.
Y no sólo eso.
Me falta hablar de las personas asiduas a estos lugares. Porque no me dejarás
mentir, estimado lector: no cualquiera se presenta a estos sitios con la
naturalidad necesaria. Para ser asiduo a una librería de usado se requiere de
cierto carácter, de cierta independencia, de cierta vitalidad por el debate
desorbitado. Muchas veces he entablado conversaciones con extraños sobre temas
fuera de toda conexión actual en esos pasillos, o tal vez simplemente sea la
inocua pasión de buscar algún libro sin saber bien a bien lo que ese libro nos
dará. Aunque también es un espacio idóneo para reírse sanamente de los incautos
(risas malignas).
El primer
incauto es aquel que llega ya con el título de la obra y le pregunta al
estimado librero por el ejemplar. Es de lo más cómico que puede ocurrir (más risas
malignas).
Incauto 1:
Disculpe, tiene el libro ¿Quién se ha
llevado mi queso?
Es indispensable
señalar que inmediatamente después de ser escuchada esta frase en el local se
hace un silencio, sin importar cuántos de nosotros, aquellos otros incautos en
búsqueda del libro de la semana, estemos indagando estante por estante.
Después del
incómodo silencio, y esto dependerá de la amabilidad del librero o librera, el
diálogo continuará en cualquiera de las tres vertientes.
Opción 1:
Librero: No, mijo, no lo tenemos.
Opción 2:
Librero: Mira, mijo, acá la onda es buscarle entre todos esos tomos.
Opción 3:
Librero: Creo que sí, pero no me acuerdo dónde está.
Por supuestos
siempre hay algunos matices. Recuerdo una vez que, en una de nuestras más
importantes librerías, la Otelo, arribó un joven preguntando por El diosero de Francisco Rojas, y el
estimado librero, muy amablemente (era un hombre extremadamente viejo), se paró
en sus dos muletas y como pudo caminó los veinte pasos hasta el fondo y con una
paciencia infinita, digna de un mártir de la literatura y de los libros, con
sus lentes de fondo de botella se puso a buscarlo; tardó como media hora, lo
entregó y se lo vendió al muchacho por veinte pesos. Eso para mí fue una
especie de milagro. Me hizo recuperar mi confianza en la humanidad.
Pero hubo otra
ocasión en donde la librera (oculto sus identidades pues no deseo evidenciar a
nadie en particular), me acababa de comentar que no sabía que decirle a la
gente cuando alguien abría la puerta con la siguiente frase:
Incauto 2:
Señora, recomiéndeme un libro.
Al salir el
cliente, esta vez, al cabo de comprar Las
aventuras de Huckleberry Finn, la apreciable librera y yo soltamos la
carcajada. “Ves lo que te digo”, me comentó la mujer.
En fin, es un
mundo con material suficiente para una novela de cuatro tomos con saltos de
tiempo y espacio al estilo de Faulkner, pero por ahora me detengo. Aquí sólo
tuve el deseo de compartirte mi admiración por estos locales. Espero te hayas
entretenido, estimado lector, y que nunca se acaben las librerías de viejo.
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