Hace 6 meses volví a esta calle Degollado. Cuando llegué en el camión de línea, sólo tenía claro lo siguiente: regresar a este cuarto y volver a percibir el movimiento de la ciudad desde el segundo piso. Quizá eso sólo ha sido un intento por detener el tiempo. Aunque no soy tan viejo, puedo decir que ya no soy ese adolescente que regresaba de la fábrica con el ánimo intacto para leer hasta la madrugada. Ahora dicha ingenuidad ha desaparecido, el mundo es un poco más pequeño, un poco más insignificante. Es probable que por ello he dejado de escribir o de pretender ser poeta (qué estupidez, ahora lo escucho y suena terrible), y es probable que ahora por eso me conforme con redactar estas páginas.
Digamos entonces que he estado en distintos lugares los últimos cinco años. Estuve en México D.F., en Xalapa, y de regreso en Gómez Palacio. Estuve en diferentes barrios, en diferentes departamentos y casas; incluso recibí el auspicio de dos amigos (son hermanos), los cuales me sacaron de cierta locura, la cual experimenté en mi último departamento en Xalapa. La gente, o al menos conocidos, han sabido de esta trashumancia (la palabra no es mía, sino que un conocido se refirió a mi experiencia de esa manera). Nunca había pensado desde ese momento que lo que yo vivía se llamara así. Pero ahora que he escuchado la palabra, el concepto se me ha forjado en la mente y ya no me es posible, al menos por el momento, eliminarlo. Y ahora que estoy desde hace 6 meses sin viajar, me he puesto a rumiar ideas. En años anteriores viajaría regularmente cada 5 o 6 semanas; de pronto me he sentido con estabilidad de ánimos para apreciar las cosas. Cuando la gente me dice que quiere viajar, cuando me invitan a un viaje inmediatamente siento una repulsión. Cuando dicen que quieren conocer otro lugar, otras cosas, pienso que es una idea falsa; no es necesario irse para saber algo diferente. Sé que estas palabras son un poco drásticas y que pueden sonar un tanto atormentadas. Pienso que no estoy tan atormentado, un tanto misántropo, desde luego.
Lo que me ha sorprendido es que la gente se preocupe por saber acerca de mi experiencia. Esa sorpresa se ha extrapolado cuando en mi correo he recibido mensajes de revistas e incluso de escritores preguntando por ello. He escrito más de una entrevista al respecto, y yo me pregunto, pero bueno, ¿qué no ven que mi opinión no deja de ser la de un hombre común, la de un hombre que vive en el segundo piso de una vecindad y que no ha escrito más que dos o tres relatos medianos y que jamás se podría llamar un profesional de nada? Apenas hace poco conseguí un trabajo que no tiene nada que ver con la literatura y por eso es probable que haya recuperado algo de confianza. Hace poco volví a recibir ese correo, en el cual se me pedía mi opinión acerca de lo que ha sido estar en diferentes lugares digamos de un modo permanente; la pregunta lógica que he recibido es ¿qué es lo que buscabas? y ¿por qué regresaste?
Debo decir que esa necesidad de estar en otra parte surge de la siguiente creencia: siempre se nos dice que en otro lado estaremos mejor; en otro lado hay una versión mejor de uno mismo. Otra ciudad siempre dará otra perspectiva de lo que es uno, en otra ciudad se podrá empezar de nuevo. Todo lo que no funciona en la ciudad de origen funcionará en la ciudad lejana. Ahí la noche tendrá su significado y todo podrá ser mejor. Ciertamente, esto es una manera de verlo, pero digamos que es una manera un tanto romántica de percibir las cosas. En otra ciudad el hecho es que sigue siendo lo mismo. Cambia el vecino, la calle, el edificio, cambia el precio de los productos, cambian las posiciones laborales, pero al entrar al departamento es lo mismo. Quizá sea el clima, la noche lo que es diferente en este cuarto. Aquí la brisa me llega directamente al cuerpo, sin ninguna humedad, desde la ventana; quizá sólo sea yo, otros habrán tenido otra experiencia, y eso es bello; por ejemplo tenemos a Rilke:
¿De modo que aquí vienen las gentes para seguir viviendo? Más bien hubiera pensado que aquí se muere. He salido. He visto hospitales. He visto a un hombre tambalearse y caer. Las gentes se agolparon a su alrededor y me evitaron así ver el resto. He visto a una mujer encinta. Se arrastraba pesadamente a lo largo de un muro alto y cálido y se palpaba de vez en cuando, como para convencerse de que aún estaba ahí. Sí, allí estaba. ¿Y detrás del muro? Busqué en mi plano. Maison d’accouchement. Bien. Dará a luz, eso es natural. Más lejos, rue Saint-Jacques, un gran edificio con una cúpula. El plano indica: Val de Grace, Hôpital Militaire. Ciertamente, no necesitaba saberlo, pero no está de más. La calle empieza a desprender olores por todas partes. En lo que puede distinguirse, hule a yodoformo, a grasa de “pommes frites”, a angustia. Todas las ciudades huelen en verano. Después he visto una casa extrañamente cegada. No figuraba en el plano, pero he visto encima de la puerta una inscripción aún bastante legible: Asile de nuit. Al lado de la puerta estaban escritos los precios. Los he leído. No eran caros.
El texto de Rilke refiere a la ciudad de París. Lo leí por primera vez hace muchos años. Ahora que vuelvo a leerlo (y no sé porque se me vino a la memoria cuando escribía esta página) pienso que puede referirse a la Ciudad de México. Así son las capitales, así son esas ciudades enormes. “Más bien hubiera pensado que aquí se muere.” Cuando llegué a la Ciudad de México no pude evitar hacer la comparación. Aquí la gente se viene a morir. Aquí la gente viene a encontrar su fatalidad. Sólo los necios se aventuran a venir a una ciudad como esta. Yo siempre me he considerado un necio, está en mi temperamento, hecho que me ha costado más de una amistad y dos o tres escándalos. Pero no me disculpo, prefiero asumirlo, quizá sólo ocultarlo como un pequeño crimen que todos conocen pero que nadie se da la molestia de denunciar. Bueno, o que quizá a nadie le interesa. Una cosa si puedo decir al respecto de las ciudades, es que en ellas todo se oculta. Esto lo digo porque a pesar de estar viviendo separados solamente por un muro, por una tela que ondea colgada del marco de la puerta, nada puede ser visto en su totalidad, todo se difumina, se ensimisma en un monologo, en pláticas solitarias e incomprensibles. Todos escuchamos lo que hacen los vecinos, ellos saben lo que hacemos, escuchan cuando encendemos la luz, cuando orinamos y tosemos, incluso escuchan nuestras peleas telefónicas, con esos seres nebulosos, como salidos de un sueño confuso, que nos esperan, que nos conocen y nos persiguen desde ese lugar del cual partimos, que ahora no es otra cosa que una especie de reminiscencia de un ser ignoto, que fuimos nosotros, pero que poco a poco se desvanece en este otro que nos embarga dentro del cuarto, acostado e indiferente, con todo el peso de los huesos en la cama vieja y dolorosa. Esas peleas siempre son escuchadas como se escucharían los gritos dentro de las cámaras de tormento en una edad remota. Lo que pasa es que cada vez que salimos y nos encontramos con el vecino en el pasillo, conocedores de aquellos ruidos nocturnos o no tan nocturnos, preferimos el insípido buenas tardes y continuamos con nuestra marcha hacia ninguna parte, hacia ningún lado que verdaderamente nos interese, como si estuviéramos extraviados en un laberinto y nos resignáramos a vagar interminablemente, hasta llegar de nueva cuenta a ese catre, a esa cama solitaria, fabricada para un cuerpo completamente distinto.
A este respecto, yo diría que el ocultamiento no se encuentra en el hecho del desconocimiento por parte del otro, sino en el fingir que a pesar de que se sabe, de que se conoce lo ocurrido, preferimos continuar como si nada hubiera pasado. Ahí estamos frente a frente y en nuestras miradas se distingue la sorpresa de la imposibilidad de soledad, pero al mismo tiempo de la imposibilidad de compañía; en los ojos se percibe un destello que nos obliga a no ver, a desviar la mirada, a no inmiscuirnos, a no estar, y únicamente vislumbrar a medias la existencia propia y la del otro. A nadie le interesa lo que le pueda pasar, lo que pueda decir, sino desde el distanciamiento, desde ese entrever despistado, sólo así los sonidos adquieren significado, sólo así son interesantes.
Por supuesto eso no tiene nada de malo, solamente me puse a divagar en esta circunstancia. No espero que con este texto las cosas cambien, qué estupidez, es probable que las cosas estén bien así, sin embargo, uno simplemente debe aprender a asumir que uno va a la muerte cuando entra a la metrópoli, una muerte lenta y solitaria, una muerte en la que no se será recordado porque todo lo que hay alrededor simplemente hace que uno se convierta en un ser del mismo modo repulsivo.
Eso mismo descubrí la última vez que regresé a la Ciudad de México. Había sido invitado a un evento en el Museo de Antropología. El pudor me evita dar mayores detalles (veo las sonrisas de quienes saben a lo que me refiero). Llegué a la Central Camionera del Norte. Bajé como siempre, como si fuera uno más de los ciudadanos, conocedor de los caminos, del metro, de las calles, conocedor del lenguaje, de las miradas, de los olores, como cualquier otro capitalino, pero al mismo tiempo siendo consciente de mi extranjería, de mi incapacidad de ser de esta urbe, de esta especie de ser, que desde luego siento y sentí que me sobrepasaba, caminé por el largo pasillo de la sala de llegadas, tomé el corredor amplio, pasé por la pequeña cabina de taxis. Los maleteros desde luego advirtieron que no era de la ciudad y desde luego que preguntaron si quería un coche. Vi en sus ojos una especie de sorpresa al escuchar que lo negaba, vi una especie de sorpresa cuando advirtieron que me enfilaba al metro, cuando cruzaba el estacionamiento y bajaba las escaleras de la estación Autobuses del Norte. Vi rostros familiares, el anciano sentado en el pasillo pidiendo monedas, el vendedor de lotería, la señora con los hijos, los muchachos puncketos, el oficinista, el hombre con la cabellera larga de un lado de la cabeza y la calva rasurada en la otra mitad, tipos tan particulares de esta ciudad que no es mía y que al mismo tiempo es mía al ser la capital de mi país. Hice la cola para comprar el boleto. Bajé a los andenes, esperé el convoy como cualquier otro, conocedor de lo que hacía, pero aún así tan extranjero, tan salido de mi contexto, que no puede evitar sentir una especie de emoción, una especia de destierro que sólo se percibe cuando los vagones llegan a los andenes con gran celeridad.
Siempre me hospedo en el Hotel Compostela. Ese que se encuentra en contra esquina del monumento a la madre. Siempre que llego y saludo al botones. Un hombre que ya me conoce. Siempre me pregunta la razón de mi visita y yo siempre contesto que vengo a un evento cultural, que vengo simplemente a un evento, que vengo a una entrevista, que vengo para encontrarme con Teresa. Por supuesto que la última de las razones es la que este hombre más aplaude. A veces creo que el botones intenta conocer mi profesión, a veces creo que intenta adivinar a lo que me dedico. Debería preguntármelo, pero luego pienso, no, que no lo haga porque entonces qué le respondería. Diría: soy maestro de inglés. Eso haría. Eso sería lo mejor, y ciertamente lo es.
La última vez que estuve en México, por lo tanto, ocurrió lo mismo, me llevó hasta mi recámara y yo le entregué la acostumbrada propina. El hombre cerró de nueva cuenta la puerta y me quedé solo. Me quedé solo de nueva cuenta en un cuarto. Si algo tendría que recordar de la Ciudad de México es esa sensación, cuando la puerta se cierra y me quedo con mi silencio o el ruido del televisor, con las ventanas que están diez o tres pisos arriba, por las que miro al interior del edificio, esa parte en la que solamente entran los encargados del mantenimiento, por donde también se ven otras ventanas entreabiertas, pisos arriba y pisos abajo.
Tomé una ducha y me vestí para el evento. Nada elegante, una camisa, un pantalón de mezclilla, una chaqueta sintética. Bajé por el ascensor y comencé a caminar hacia Reforma. Tomé el autobús que decía Auditorio y me di cuenta que muy pronto arribaría a mi destino; desacostumbrado a las distancias, sobre precavido había salido con mucha antelación, cuando iba en el autobús lo descubrí y decidí bajarme mucho antes del museo.
Me bajé en un lugar que no conocía de la ciudad, especie de vacío, especie de plaza, pero que no era una plaza. Recuerdo que era una amplia banqueta, frente al bosque, una banqueta cuadriculada entre adoquines y árboles, solitaria, un lugar geométrico, placentero a la vista y en el habitar. Era amplio, era silencioso, era un recorrido, era un jardín, ahora caigo en la cuenta, un jardín dentro de la urbe. Yo caminaba lentamente, pensaba que podría recorrer ese espacio en un lapso de 20 minutos hacia el Museo de Antropología. Vi a una pareja sentada bajo un árbol, era una pareja madura, los miré mientras avanzaba y supe que ese era su escape, quizá eran amantes, eso habría sido lo mejor, quizá eran trabajadores de algún lugar cercano, yo avanzaba, tranquilo, pensando, siendo ese espacio. Pensando quizá que eso era lo que esperaba de la Ciudad de México desde la primera vez que estuve aquí. Ese había sido quizá mi mejor momento en la ciudad. Los árboles, la posibilidad de mirar más allá me dieron una consciencia de la dimensión que no había tenido. El problema con la Ciudad de México es que ha perdido toda esa herencia. Por más que quise dilatar ese momento, llegué muy pronto al museo.
Quizá lo que viene a continuación ya no importa, quería hacer una larga narración, un largo itinerario. Pero me he detenido. Será en otra ocasión.
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