sábado, septiembre 06, 2014

YOUR LIFE IS YOUR LIFE

Por primera vez en mucho tiempo he salido a buscar empleo. Me levanté de la cama, ese viejo mueble que no me pertenece, y me puse a revisar mis papeles y mis ropas. Abrí el armario como si en él quisiera encontrar alguna respuesta. Moví los ganchos colgados en el travesaño como si removiera distintas edades de mi vida. No encontré nada interesante; encontré solamente una especie de olvido que se resiste a ser erradicado, a dar paso a otro tipo de existencia.
No me mal interpreten por las palabras anteriores. Puede pensarse que mi vida ha sido completamente ociosa. Sin embargo, debo decir que no es así. Sé lo que es el trabajo, sé lo que es levantarse cada madrugada para tomar el camión del primer turno. Sé lo que es llegar a la oficina o al puesto dentro de la fábrica para comenzar, después de marcar la tarjeta, el proceso que se repetirá a lo largo de la jornada. Sé lo que es regresar un poco más viejo, subir las escaleras oscurecidas, tantear entre las paredes el cerrojo y abrir con un pequeño asombro el cuarto, y entrar a ese espacio extraño, al menos un poco más extraño que cuando uno partió por la mañana.
Sé lo que es encontrar la noche insípida de los obreros que saben que ese tiempo de silencio bajo un techo monótono no alcanza para volver a ser lo que se era antes de perderse entre las listas de asistencia y puntualidad o entre los pasillos de las naves industriales. El café desabrido, la tinta y el gaznate congestionado del oficinista no están tan lejos de mi experiencia. Quizá pueda decir que todas esas posturas, todos eso ademanes y dolores me pertenecen, los he ocupado con mi pequeña miseria, con mis pequeños remordimientos, del trabajador que llega tarde. También con mi pequeño resentimiento del humillado frente a los superiores, en donde el rostro solamente puede mostrar una sonrisita de vergüenza, una contención que con el tiempo uno despacio se perdona, hasta que uno se da cuenta de que el lugar que ocupa en el mundo es un tanto miserable.
Porque miserable es el hombre que se levanta con la conciencia del trabajo mal pagado, con la conciencia de que uno no es lo que pretende, con la conciencia de que llegará un punto en el que los cursos motivacionales carecerán de sentido, ante la repetición y la indiferencia del saludo e incluso de la muerte del compañero. Por supuesto estas líneas nada quieren decir de nuevo, quizá tal vez nada tengan de importante. Sin embargo, no puede negarse que el acto de buscar un empleo, en nuestros días, es un acto inverosímil, extraño, fuera de una realidad concreta, digamos sobria, en la cual se puede saber quién es uno y quién el otro; por el contrario, buscar un empleo, para aquellos que aún tenemos continencia, desgano, y a la vez unas ganas enormes por vivir sin la justificación -sin una motivación más allá de lo inmediato-, la búsqueda del soñado empleo (porque es también una ensoñación que nos construimos mientras nos anudamos la vieja corbata de la graduación, mientras nos ponemos el menos viejo de los dos trajes; en nuestros días, más que nunca, es un hecho muy cercano al absurdo, al desasosiego que se tiene cuando se está frente a un payaso, y no se puede más que mirar cómo exhibirá a los espectadores del pequeño truco una ropa interior que no nos pertenece. El payaso sin remordimiento alguno (porque esa es una naturaleza), sin pena, sin misericordia dirá, “¿Son esos tus calzones?”. Uno por supuesto contestará que no, aunque desde el principio se sepa que no tiene ningún caso responder, porque precisamente es la trampa que se nos ha puesto para caer redondos). Así ocurre cuando se está frente a un escritorio y frente al pequeño verdugo de nuestras culpas. ¿Es casado? ¿Divorciado? ¿Vive solo? Explique. ¿Explicar qué? Explicar la razón por la que me he visto forzado a venir ante esta oficina a buscar algo que se me perdió hace mucho tiempo. No tendría mucho caso. Es algo que de buenas a primeras a nadie interesa, ni siquiera a los superiores encerrados más al fondo. A ellos, siendo sinceros, poco les importa si vivo solo, en la calle Degollado, en el tercer piso, a una cuadra del cerro atrás del Seguro de Gómez Palacio, donde las brujas se vienen a postrar todas las noches en mi techo. No les importa decirles que ya me he acostumbrado al peso que cae sobre la losa, al sonido de sus patas sobre los barandales de la escalera de servicio, a la manera en la que sus alas revolotean como un pequeño murmullo a eso de las tres de la mañana. Menos aún les importaría saber que no he querido hacer nada con mi vida, sino que ella toda parecería un gran berrinche, de algo que ni yo mismo comprendo. Sucede que ahora me he dado cuenta de que el tiempo se me viene encima y quiero enmendar en algún sentido las cosas. Pero usted y yo sabemos que es demasiado tarde. Aquí lo que realmente importaría, en mi imaginación digo, es saber si yo estoy dispuesto a levantarme todas la mañanas a las 5, con el riesgo de encontrarme con alguna de esas brujas que escucho siempre y que sé que saben que las escucho, para tomar una ducha helada (y esto no porque sea un hombre duro, sino porque uno nunca sabe cuándo el boiler de esta vecindad estará apagado) y venir hasta esta oficina a llenar folios o a llenar lo que se me pida, a cambio de una sonrisa todos los días desgasta y cierta cantidad que me permitiría estar más tranquilo con mi conciencia. Pero basta de esto.
La verdad es que hoy me he levantado con esta idea en la cabeza. He tomado una ducha, ahora sí en la realidad (por fortuna el agua estaba caliente), me he visto en el espejo y me he hablado como cuando se habla ante un desconocido, me he presentado con una sonrisa falsa, he pronunciado las palabras con seguridad, al grado de que me he convencido de ser un hombre que conoce lo que quiere. Me he peinado con esmero. También, recorté un poco mi barba. No la he rasurado, de hecho tampoco corté mi cabello, sólo lo he echado para atrás. La corbata está bien anudada. Quizá lo único que aprendí bien de aquel despacho en el que trabajé hace ya varios años. Tengo en mis bolsillos unas monedas. Las aprisiono con mis manos, como si en ella pudiera encontrar alguna suerte, tan escasa para aquellos que hemos dejado de ser jóvenes. Me miro por última vez en este viejo espejo con forma romboide, opaco, con blasones en el marco, signo de su antigüedad y falto de proporción con el austero amarillo de los muros. Me miro y veo mi rostro, veo mis ojos, como si en ellos quisiera encontrar una complicidad, mas no la encuentro. En mi actitud puede verse un dejo de desprecio por el trabajo, por las responsabilidades. Salgo del cuarto sin remordimientos, porque sé que ese sentimiento que yo ahora tengo ante la vida, no me pertenece, sino que es, como ustedes lo saben, un sentimiento de la época.

No hay comentarios.: