Esta tarde llegué a mi cuarto y me puse a divagar. Es
algo muy común en estos días, en los que la realidad cada vez se presenta más
extraña. He dejado por completo de oír los noticieros, también ya no encuentro
ninguna utilidad en leer los periódicos ni libros. Quizá nunca tuvieron esa
importancia. Es algo de lo que ahora me doy cuenta. Leer los periódicos o
libros de pronto pareciera una manera de engañar nuestros sentidos, de
aislarnos de lo que nos rodea. Ahora que he estado ya durante tanto tiempo en
soledad, viendo hacia el techo, al caer la noche, con el sonido de la ciudad
que entra por la ventana, he llegado a pensar que lo real es sólo esto, lo que
puedo palpar o determinar por mí mismo, lo que puedo interpretar por mí mismo.
De nada nos sirve leer un texto que no tiene concordancia con el día a día. Al
menos puedo decir que la dinámica de la sobrevivencia me lo ha planteado así.
Quizá
poco a poco he ido perdiendo el interés por la vida y nada más. Quizá por lo
mismo las noticias, lo que ocurre en el mundo para mí son una especie de
quimera sin sentido. Yo prefiero interesarme por lo que tengo enseguida. Me
preocupa más ir a surtir el garrafón de agua que la crisis mundial económica.
Desde luego, lo sé, todo se relaciona. Si hay una crisis mundial, posiblemente
el garrafón estará más caro, o simplemente ya no habrá agua para repartir, lo
sé, y lo entiendo, sin embargo, eso simplemente no me importa. No lo veo, no me
significa nada, es demasiado abstracto. Pareciera que estoy cansado de
abstraerme. Sin duda algo muy normal para un hombre como yo, sin muchos
talentos, sin muchas ambiciones.
Aún así, siempre he sido un
hombre reflexivo, un hombre que prefiere el silencio, la soledad. Muchas veces
me he quedado en mi cuarto a ver morir la tarde en ese catre viejo al lado de
la ventana, mientras los vecinos abren sus puertas y entran furtivamente. A
veces salgo de noche ya cuando el motor de la ciudad comienza a enfriarse, a
comprar cualquier cosa, y es como si de pronto me diera cuenta que la vida se
me escapa. No obstante, eso no me detiene en mis costumbres, es parte de mi
manera a adaptarme a las cosas. Contrario a lo que expongo al principio, muchas
veces en esas horas de silencio me he consolado en la lectura (sí, esa es la
palabra). En días festivos que inesperadamente nada significan para mí, en lugar
de buscar alguna compañía (ha habido veces en las que incluso he sido invitado)
prefiero enfrascarme en esa especie de evasión. Hubo tiempos en los que lo leía
todo. Hubo tiempos en los que ávido leía los periódicos, novelas, historias,
columnas, ensayos. En esas lecturas siempre tuve esperanzas. Me decía, “¡claro,
es así como funciona; claro, es así como cambian las cosas!”. Sólo un hombre
con esperanzas se puede dar la tarea de leer el Don Quijote, La Montaña Mágica,
Guerra y Paz, Rojo y Negro, Los hermanos Karamazov… Leía de todo, lo devoraba,
pero especialmente mantenía mis esperanzas en lo que se ha dado
por llamar poesía. Leía un libro una, dos, tres veces. Siempre encontraba
significados nuevos. Me complacía en las imágenes, en lo que pudieran ocasionar
en mi imaginación y en mi memoria. Luego veía los objetos y trataba de darles
un significado similar o con un estilo similar al de los libros. Pensaba,
mientras iba al trabajo temprano por la mañana, esta situación tal autor la
habría planteado así. Pensaba que mi vida era mucho más rica por ello. Me
distraía y no pensaba en nada más. Incluso mi trabajo en la fábrica tenía otro
sentido, la monotonía incluso era reveladora, o cuando salía a deambular por la
noche, por las calles cercanas al parque, donde las prostitutas se reunían,
pensaba esto es diferente, hay algo más atrás de todo esto, algo que le da un
sentido.
Estoy contando hechos que ahora
me parecen de un tiempo remoto. Estoy hablando de mi primera juventud, al menos
de mi propia primera juventud, la que perteneció a mí y no a mi familia, que
poco a poco ha ido quedando reducida a dos o tres personas. Ahora las cosas son
distintas. Ahora las elaboraciones me aburren.
Siempre he sido un lector, pero
últimamente he llegado a considerarme un lector que se aburre. He llegado a un
punto en el que necesito o busco algo que se concrete en la realidad de mi
tiempo de una manera sincera y original. Leer los clásicos, leer a los mismos
autores, que he su momento me maravillaron, o me dejaron con la posibilidad de
asumir la monotonía de la fábrica, del tráfico, ahora han perdido su sentido.
Los he asimilado en la lectura tanto que los he memorizado; mi mente comienza a
conocerlos que de pronto ya no me sorprenden, conozco los cambios de ritmo,
conozco cuándo se darán las revelaciones. El problema quizá sea mi ingenuidad,
el pretender salvaguardarme en estos textos; el problema quizá es que he
perdido poco a poco el interés por la vida.
A lo que me refiero es que leer
una novela como Guerra y Paz puede llegar a ser gratificante, una tarea ardua,
sólo para alguien con esperanzas. Pero al mismo tiempo es una lectura que
necesita una continuación, una continuación en nuestro tiempo y nuestra
cercanía, en lo palpable, en lo que se ve y se huele al salir a esta calle del
otro lado del portón, y no nada más acerca de lo que podríamos decir que
experimentó cierta generación rusa en dado momento. Considero que falta la
narrativa de nuestra generación, lo cual por supuesto implica algo más que
hablar acerca de la cocaína y el narco. Lo mismo puedo decir de la poesía. Es
necesario encontrar en dichos textos una cercanía, un lenguaje actual, una
manera de abordar las cosas que sea cercana y a la vez honesta, verosímil, si
ustedes gustan. Considero que mucha elaboración basada en un supuesto de perfección
correspondiente a otra realidad es algo que ha perdido su razón de ser,
especialmente, porque ya no hay lectores para aquellos supuestos. Y con esto no
deseo llegar al comentario simplista de erradicar toda tradición. Desde luego
que ese no sería mi objetivo, yo, una de las personas más conservadoras que
podrían conocer, difícilmente plantearía eso. Yo de lo que hablo es de otro
tema. Es decir yo lo que busco como lector es una poesía viva, que me deje algo
más allá además de decir que los versos están bien medidos; eso a nadie
realmente le importa. Quizá deba dedicarme a leer otro tipo de cosas o dejar de
leer en absoluto. Mi aburrimiento ha llegado al grado de hacerme decir que casi
cualquier libro de cualquier otra naturaleza es mucho más interesante que un
poemario. Los poemarios sólo los leen los amigos, con el simple fin de ver si
el autor por fin aprendió a acentuar bien los versos; como yo no tengo amigos,
eso a mí no me interesa.
No quiero alargarme mucho en un
tema que sin duda no tiene un buen punto de llegada. Es completamente
pantanoso. Hablaré de un autor que me gusta con el fin de clarificar algo,
aunque sé que necesito más tiempo que el que unas cuantas cuartillas pueden
darme. Hablemos de los poemas de Carl Sandburg. Para mí son muy estimulantes,
pero yo simplemente no vivo en Chicago y yo no me enorgullezco de mi ciudad,
son estimulantes desde un punto de vista hipotético.
They tell me you are wicked
and I believe them, for I have seen your painted women
under the gas lamps luring the farm boys.
And they tell me you are crooked and I answer: Yes, it is true I have seen the gunman
kill and go free to kill again.
And they tell me you are brutal and my reply is: On the faces of women and children I
have seen the marks of wanton hunger.
And having answered so I turn once more to those who sneer at this my city, and I give
them back the sneer and say to them:
Come and show me another city with lifted head singing so
proud to be alive and
coarse and strong and cunning.
Flinging magnetic curses amid the toil of piling job on job,
here is a tall bold slugger set
vivid against the little soft cities;
Fierce as a dog with tongue lapping for action, cunning as a savage pitted against the
wilderness,
Bareheaded,
Shoveling,
Wrecking,
Planning,
Building, breaking, rebuilding,
Under the smoke, dust all over his mouth, laughing with white teeth,
Under the terrible burden of destiny laughing as a young man laughs,
Laughing even as an ignorant fighter laughs who has never lost a battle,
Bragging and laughing that under his wrist is the pulse, and under his ribs the heart of the people,
Laughing!
Laughing the stormy, husky, brawling laughter of Youth, half-naked, sweating, proud to be Hog Butcher, Tool Maker, Stacker of Wheat, Player with Railroads and Freight Handler to the Nation.
Tampoco puedo encontrar el
orgullo de estas palabras.
I am the people—the mob—the crowd—the mass.
Do you know that all the great work of the world is done through me?
I am the workingman, the inventor, the maker of the world's food and clothes.
I am the audience that witnesses history. The Napoleons come from me and the
Lincolns. They die. And then I send forth more Napoleons and Lincolns.
I am the seed ground. I am a prairie that will stand for much plowing. Terrible storms pass over me. I forget. The best of me is sucked out and wasted. I forget. Everything but Death comes to me and makes me work and give up what I have. And I forget.
Sometimes I growl, shake myself and spatter a few red drops for history to remember.
Then—I forget.
Yo no tengo el sentimiento para
soportar este canto, que sólo me aleja de mi realidad, a pesar de su capacidad
de asombro. Muy por el contrario, en últimos tiempos, lo que este texto muchas
veces me ha propiciado es el vacío de no encontrar un referente concreto, ya
sea al menos desde un punto de vista cultural o social. Es un texto que
pertenece a otra cultura y a otra realidad, que sin embargo detona en mí una
hipótesis de sentimiento. Algo que quisiera experimentar más allá de la palabra
y de lo cual se pudiera escribir. He estado buscando en la nueva poesía
mexicana algo que se le parezca (de pronto pensé que ya habría algo parecido,
alguien que hubiera captado este sentimiento que va más allá de la autocompasión;
alguien quien ya no deseara solamente hablar de las mismas cosas, con el mismo
lenguaje paceano de siempre) algo que lo continúe y que vuelva a sorprenderme,
mas no lo he encontrado, la poesía reciente pocas veces me dice algo, son
textos elaborados, artificiales, que siguen hablando de ese México de los
modernistas o de mediado de siglo. Son textos que se han preocupado más por
seguir una normatividad, como si se tratara de cumplir con un estándar. No se
preocupan por lo que quieren decir. No se preocupan por ser parte de algo
concreto, para un hombre como yo sin horas para meterse en ensoñaciones. Quizá
sea falta de imaginación. Pero la imaginación no es algo que se valore
últimamente, nunca lo ha sido en ninguna de mis experiencias. Pero quizá sólo
sea que poco a poco he ido perdiendo el interés por la vida.
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