I
Victoriano se sorprendió al ver a su madre. Lleno de
dudas se acercó al lecho como si el destino lo persiguiera a él entre los
corredores nocturnos y cuando vio a la vieja se dio cuenta de que
verdaderamente así era. Inútil compadecerse de aquella mujer porque sería
burlarse de uno mismo, al tratar de fingir la posibilidad de resarcir la
agonía. Se encorvó sobre el rostro de aquel cuerpo desgastado buscando en los
ojos un indicio que le confirmara que todo pasaría pronto, algo que diera un
poco de esperanza aunque ésta fuera efímera como un puñado de polvo que se
desliza sin ser visto. E increíblemente en el fondo, donde tal vez no había
nada, la anciana lo reconoció. El hallazgo no fue causa de consuelo, por el
contrario, resultó aterrador, aberrante, casi un sacrilegio que a pesar de las
noches, los días, las horas y la agonía, ella aún estuviera ahí, encerrada en
la prisión perfecta; en esos ojos opacos y confundidos, era el único lugar para
comprender aquello. Victoriano Alcázar no tenía el valor de entrar a la
celda, completamente abierta, donde doña Laura residía echada como un perro.
Victoriano sólo pudo pasar saliva. Tomó una de sus pequeñas manos; trapos
duros, de piel ajada, colgante; manos que casi mostraban los huesos; manos que
hubiera tomado como cuando era un niño; manos que cocinarían la merienda, que
lo llevarían de la mano a la cama, o que simplemente fueron tomadas por parecer
eternas, como uno mismo; manos que algún día volvería a tomar para cuidarlas;
manos viejas y bellas; manos de madre que no odiarían. Esta vez las tomó casi
como si se tratara de una osamenta, cuidando de no quebrarlas, como si
estuvieran hechas de terrones.
—¿Cómo estás? —preguntó consciente de
que esas palabras carecían de significado.
La anciana aún podía escuchar. Movió
la cabeza sorprendida de poder hacerlo, después de tantas maldiciones caídas sobre
ella. Abrió un poco más los ojos para que la luz pudiera alumbrar alguna oscura
esquina del calabozo.
—Muy mal, estoy aquí arrinconada, con
mucho sufrimiento e incomodidad —contestó con esa voz que inclusive ella misma
nunca había oído. Tal vez era la voz de la tierra, de las profundidades de una
fosa, la voz de la rancia humedad de su cuerpo.
¿Dónde había quedado su voz de mujer?
¿Dónde estaba ella? ¿En los amarillentos retratos solamente? ¿En los sueños?
Quién sabe.
Victoriano Alcázar acercó una silla y
se sentó al lado de Laura, a esperar algo que posiblemente no existía. No había
nada qué decir; era inútil y estúpido. No le soltaba la mano, parecía que fuera
él quién tuviera que aferrarse para cruzar la penumbra húmeda y helada que la
vieja irremediablemente ya había empezado a transitar. Pudieran oírse los
tacones chasquear en los charcos oscuros, pero no; eso era falso, la verdad era
que atravesaría arrastrándose completamente sola.
II
El cuarto tenía una ventana. Pasaban los minutos como moscas en el
calor: zumbando hipnóticamente. Era mediodía y el sol no era capaz de abatir a
las sombras de la pieza, no quería enterarse de lo que ocurría adentro. Parecía
que quién entrara en la habitación ya no podría irse, no hasta que la vieja
cerrara las negras puertas. Sólo una lámpara murmuraba su luz en un buró dando
la impresión de ser la presencia, aunque inanimada, que conocía más
profundamente a la anciana.
—¿Qué tengo? —balbuceó Laura de una
manera ininteligible. Quién sabe cómo Victoriano fue capaz de comprender esas
palabras.
—¿Qué tengo? —volvió a decir, casi
con miedo.
¿Y qué se podía contestar? Quiso
quedarse en silencio, confundido, asustado, incapaz de soportar el peso de esa
pregunta, esperando que la vieja respondiera esa duda que tampoco él podía
explicarse; descubriéndose casi como un huérfano en medio de la noche,
advirtiendo una vez más que las palabras carecían de significado. Laura clavaba
su mirada en él de manera amenazadora demostrando que no podía ser engañada.
Contradictoriamente, como si lo único que viera fueran sombras. Victoriano se
acercó a su oído para decir:
—Tienes una infección en los riñones.
¿No te acuerdas? ¿No te acuerdas?
—No —respondió la vieja con la
cabeza, dejando escapar un leve murmullo.
Lo de la infección sólo era una
excusa, una manera de nombrar lo innombrable. Ahí estaba postrada desde hacía
diez años y continuaría de la misma manera con o sin enfermedad. No estaba
enferma. Le hubiera gustado mejor decir que no tenía nada, nada. “No tienes
nada”. Pero la vieja entonces hubiera replicado, renegado “¿No tengo nada?
Estoy muy mal. ¿Por qué?”
Con lo de la infección la vieja se
había quedado tranquila engañándose para no pensar en lo terrible. Victoriano
no quería responder preguntas, ya las había hecho sin haber obtenido nunca las
respuestas; lo condenaban a él también y no quería conocerlas. Guardaba su
último consuelo: la ignorancia.
Se mantuvieron callados sin que
Victoriano verdaderamente comprendiera lo que sucedía, como si la agonía fuera
ajena y no se sufriera tanto; creyendo en una cura real, un alivio que la
trajera de vuelta aunque fuera solamente para volver a dejarla sola, distantes
uno del otro. De cierta manera, el hecho de que la vieja estuviera en esas
condiciones los había reencontrado después de mucho tiempo. Por alguna razón
vino a la mente la idea de que si resultaba ser tan grave la situación de la
anciana, el acontecimiento ocurriría pronto; pasaría rápido, imperceptible, en
un suspiro y, de cierta manera, Victoriano se sintió satisfecho, como si fácilmente
fuera posible olvidar aquello. La vieja se había resignado a estar quieta,
ausente, sola. Pero ¿quién podría hacer eso?
—Agua —garganteó—. Agua.
Acostada y en su estado le era
imposible beber por sí misma, se le tenía que administrar el líquido por medio
de un gotero. Sorbía como un bebé: concentrada en no perder una gota.
—Tengo mucha sed.
Y sin embargo, daba muy pequeños
tragos.
—Tómale más.
—No, ya no.
—¿No tienes hambre?
—No.
—Come algo para estar fuerte… ¿cómo
quieres?..
¿Cómo quieres qué? ¿Come algo para
hacer más largo el sufrimiento? ¿El tedio? ¿La monotonía? ¿La soledad? ¿La
vejez? La anciana entendía muy bien aquello, no era capaz de soportarlo. Lo del
agua sólo era un desahogo, el agua la hacía sentirse menos sola. Su mirada
perdida en el cansancio, en la espera, la delataban.
Y otra vez no importaban las
palabras. Victoriano la observaba, sentía que al fin conocía a Laura o lo que
quedaba de ella. La hermosa mujer que se presentaba en los cuadros de la casa
parecía no haber existido nunca, fue un sueño ajeno, él sintió que en realidad
nunca tuvo una relación con ella. Esa anciana ahí no era para él nada y al
mismo tiempo, nada para sí misma, nada. Al fin había despertado uno de los dos.
Eso a Victoriano lo hacía sentirse más real, más humano; de hueso, de sangre;
como el primer hombre sobre la tierra y el último y, más aún, percibía que el
mundo no había cambiado de forma ni lo haría; sólo se renovaba una y otra vez
sin que nosotros pudiéramos verdaderamente verlo. Todo esto lo aterraba.
—¿Qué tengo? —insistió la vieja.
Se quedó callado, intranquilo. No
respondería esta vez, no tenía ningún caso. Laura levantó la cabeza con signo
de admiración, como una pequeña niña exigiendo una respuesta:
—¿Qué tengo?
Victoriano se estremeció. Estaba
obligado a contestar resignadamente, con las mismas palabras de unos momentos
atrás. Así sería: un monólogo incomprensible.
—Agua… Tengo la garganta reseca, no
se me quita…
—¿No quieres comer?
—No, no, agua, mucha agua… dame más
agua… me arde la garganta —dijo Laura.
III
Las horas pasaban solamente en el exterior. La vieja no dormía; con la
boca abierta respiraba, se mantenía inmóvil en la misma postura. Cerraba los
ojos queriendo borrar las llagas de su horizontal espalda, jamás dormitaba. El
día pasaba sin ser visto, las horas perdían todo valor: las 2:00, las 3:00, las
6:00 eran iguales. No existía la mañana ni la noche. El alba no daba esperanza
alguna. Parecía ser el principio de las cosas o el final. ¿Y de todas formas a
quién le incumbía? Todo se insinuaba suspendido, en intranquilidad torturante,
sin paz.
Victoriano continuaba viendo a la
vieja, nervioso, como si fuera el elegido para recibir el mensaje que Laura
pronunciaría.
—Dios, llévame contigo, ya llévame
—gritaba la anciana repentinamente en un ataque de paranoia, de soledad—.
—Ya quiero morirme y no me muero… ya
estoy cansada —decía para sí misma sin atisbar nada a su alrededor.
Se reclinaba otra vez en el montón de
almohadas. Cerraba los ojos, incapaz de tomar su lugar en el lecho, en el
mundo. Victoriano entonces le agarraba la mano queriendo consolarla, quizá
queriendo cumplir su deseo a sabiendas de que Dios no lo haría.
—¿Por qué me castigas de esta manera,
diosito santo? ¿Por qué? —otra vez exclamaba, poniendo su tronco verticalmente
con quién sabe qué fuerzas. Se quedaba ahí, inconclusa, sin vida, dándose
cuenta de lo estúpido de su pregunta.
Y era en ese momento en que miraba
los ojos de Victoriano, quien le devolvía la mirada aceptando honestamente que
su voz se había perdido sin caer en otros oídos que no fueran los de ellos dos.
A su hijo esto lo sorprendía pues nunca fue tan sincera con él. Como si por fin
confirmara lo que Victoriano ya intuía. ¿Dios? Quién sabe, no quedaba claro si
eso era terrible o no. Victoriano sentía el impulso de hablarle, de contarle
cosas. La vieja se acostaba nuevamente sobre su espalda encorvada, sin poder
escuchar. Odiaba estar ahí, odiaba todo lo demás.
—¿Qué hora es? —ilógicamente
cuestionaba.
—Las seis de la tarde.
—Todavía es muy temprano… —lo decía
como si después tuviera algo que realizar, como si después de todo ese
sufrimiento la vida continuara. Su existencia pendía de la nada.
IV
Por la ventana se veía a un hombre acercarse. Pasó por el patio frontal.
Era el sacerdote. Un ente raro resultaba para Victoriano. Laura lo aceptaba y,
de pronto, no sabía si por esa causa se tornaba verdadero. Fue ahí cuando pensó
que la vieja lo abandonaría, cuando pensó que a ella no le importaba lo que
habitara el mundo sacrílego, triste, enajenado. La vieja fallecería creyendo
que entre ella y él no había nada. Tuvo miedo. No por compadecerse de la
desolación de la anciana, como si quisiera decirle que él estaría hasta el
final, sino más bien como un acto egoísta de querer ser un pensamiento, un
recuerdo, una nostalgia a la mera hora. ¿Que sus últimas palabras fueran
“Victoriano”? Le desagradaba pensar que él no fuera parte importante de una
vida, que Laura tuviera un pasado terrenal en donde la familia pasaba a segundo
término. Victoriano necesitaba convencerla del gran lazo que existía entre
ellos aunque fuera mentira, tal vez para no sentirse él mismo tan vacío y
estéril. El sacerdote se acercaba. Paso a paso lo examinaba con mayor
insistencia. No podía esperar, había que decirlo ahora, posiblemente por
primera vez. Y por eso, más impactante, más sonoro, más comprendido.
—Te quiero —dijo levemente.
Laura no entendió.
—¿Qué dices? —contestó al borde del
fastidio.
—Te quiero.
La vieja mantenía su confusión, su
alejamiento, su cansancio. Las palabras no poseían significado; eran flojas,
sin convicción, ¿falsas? Ninguno de los dos había estado en aquella situación.
Las presencias mutuas en lugar de unirlos, reconfortarlos; sentirse
acompañados; ese sentimiento, falso o verdadero, de pertenencia, necesitado
tantas veces en los días de hastío y en las noches de insomnio, ahora, aislaba
más. La presencia del otro era precisamente lo que los torturaba porque les
dejaba ver su incapacidad de estar. Era evidente lo fallido del momento. Sin remedio
alguno, las memorias, inesperadamente, llevaban sólo a una realidad alterna
formada por figuras que correspondían a otras personas que jamás pisaron la
casa.
El sacerdote se asomó a la penumbra,
observó el lecho negro de la anciana y se acercó diciendo que había ido a
visitarla. Laura se despabiló como si para algunos asuntos todavía tuviera
fuerzas pero para otros no. Se sentó, dijo que la peinaran.
*
Siguió cada una de las indicaciones del padre, tal y como lo había
aprendido en su niñez, cuando jamás hubiera pensado encontrarse ahí, buscando
una última oportunidad para dejar de odiarse. El padre continuó titubeante el
discurso queriendo darle un tono solemne y a la vez natural, tratando de
ocultar su ignorancia sobre los dolores que Laura padecía. Ella recibió la
extremaunción.
V
La casa está llena de silencio y retratos que se miran unos a otros.
Victoriano, sentado en la penumbra, observa el lecho y la cara hermosísima de
una mujer: una foto en blanco y negro enmarcada; la mujer tiene ojos grandes, labios
entreabiertos y mirada sensual. Tal vez mira hacia el salón de baile donde las
mesas elegantemente han sido dispuestas. Sus ojos tienen ese matiz de misterio
que hace a un hombre odiarse a sí mismo. Alguien la ve pasar de largo con su
vestido negro realzando las caderas y el escote, como algo inalcanzable y sin
final. ¿Quién se podría acercar a ella?, ¿quién verdaderamente tendría el valor
de tocarla y despojar a ese cuerpo claro y juvenil del vestido de noche?,
¿quién podría profanar a la joven mujer que se ve a sí misma con soberbia en
los espejos, que desprecia con encanto e indiferencia para jamás llegar a la
culpabilidad de nada, siempre inocente a pesar de la perversidad que todos le
admiran? Deambula por el salón, murmura con otras muchachas instigando la
curiosidad de quien la ve. Un hombre la observa en silencio desde una silla a
lo lejos. Victoriano la mira anhelando su voz; la misma que adormecería a la
penumbra convirtiendo las horas contadas en sueños, en irrealidades; la misma
que le quitaría al tiempo los latidos insistentes y monocordes; la que le daría
alivio a los labios. El rostro estático no se detiene, continúa su curso
solitario hacia la nada, hacia el olvido que salta a la muerte.
Esa mujer era sólo el destello de una
idea vaga, algo incomprensible, inclusive monstruoso. Era el sello de un
castigo o maldición que recuerda constantemente al condenado su destino y no se
puede más que mirar sin poder hacer nada. Victoriano cerraba los ojos bajo la
tenue luz de la lámpara tratando de borrar de la memoria su propio ser y su
pensamiento, pero abría otra vez los párpados y la imagen ahí continuaba.
Mientras, Laura respiraba levemente bajo las sábanas. Parecía estar descansando
por primera vez, en mucho tiempo, con la mente en blanco.
VI
La noche pasaba y Victoriano sentía que la casa cada vez se hacía más
negra y, al mismo tiempo, más amplia, parecía que el techo de pronto se hubiera
elevado cinco metros sobre su cabeza. La lámpara alumbraba menos. Los retratos
se veían más opacos y viejos. Sus rostros habían cambiado de expresión
inesperadamente, mostrando así lo que en realidad había detrás de ellos. El
aire se hacía espeso y húmedo; esto, contradictoriamente, hizo que Victoriano
se pusiera en pie para andar por los pasillos a tientas, guiándose tan sólo con
la luz de la luna que entraba por los ventanales. Se deslizaba como un fantasma
por la casa, sin temor pero confundido, sin saber en qué habitación caminaba,
sin saber si estaba vivo o muerto.
Las paredes daban la impresión de
emitir sonidos, voces, parecían contener el tiempo y el espacio de tan grandes
y gruesas.
La voz de una mujer se oía:
—Pon música, papá, quiero escuchar la
música que compraste.
La canción vibraba desde algún leve
recuerdo de Laura que se encontraba encerrada en los retratos. —Canta, hija.
Por eso lo compré —continuaba la voz de un hombre.
El pasillo se alargaba dejando al
descubierto más cuadros; uno sobresalía de entre los demás, se trataba de un
dibujo del rostro de Laura hecho a lápiz, como una foto.
—Regresaré, éste es para que te
acuerdes en mi ausencia.
Victoriano seguía su curso, dejándose
llevar:
—Vamos a la noria de Juan Guerra… Ése
es el hijo de don Joaquín Riaño, el que fuera nieto de don Gerardo Riaño… Se va
a casar Lupita. La fiesta se hizo en la finca de la Hidalgo, a dos cuadras de
la plaza… Me gustaba mojarme los pies en las acequias, estaban llenas de agua,
había mucha agua, muchísima; nos bañábamos ahí todas mis hermanas y yo.
Hacíamos muchas fiestas. A mi papá le gustaba mucho la música, se compró un
fonógrafo para tocar los discos y a cada rato se hacían fiestas en la casa. Me
acuerdo que mi tío, el que fuera don Fernando, tenía unos graneros con montañas
y montañas de frijol y trigo; nos subíamos y nos bajamos dando vueltas por los
montonales de granos. Mucha vegetación, todo muy verde, pasábamos días de
campo. Yo aprovechaba para subirme a los caballos, me gustaba andar a caballo.
Mi mamá me decía: “Un día de éstos te va a tumbar el caballo, muchacha
inconsciente, y ahí vas a quedar”. Yo nada más le contestaba que si me llegaba
a tumbar era porque ya me tocaba. Mi hermana Rosa no se subía, a ella sí le
daba miedo; a mí no, yo me la pasaba todo el día montada. Había carreras de
caballos todos los fines de semana; cercaban una avenida, no dejaban pasar a
nadie. Salían los jinetes con sus animales retumbando la tierra como si algo
enorme se avecinara y no pudiéramos hacer nada más que esperar el desenlace,
como si fuera el fin del mundo. No podía perderme ninguna carrera. Soñaba con,
algún día, poder estar en una de esas corridas, aunque más bien era sólo un
anhelo que sabía jamás iba a conseguir porque los jinetes eran muy fuertes y
dominaban a los caballos de una manera que yo nunca hubiera sido capaz. Aquello
no me angustiaba. Viajábamos mucho, mi mamá siempre estaba preocupada por ir a
visitar a sus familiares de Guanajuato, así que a cada rato nos íbamos de
viaje. Mi papá se quedaba; a él no le gustaba todo el alboroto que se hacía en
los traslados. A veces nos quedábamos hasta dos meses en Guanajuato… Entre mi
hermana Rosa y yo teníamos muchos discos, siempre oíamos música y viajábamos;
éramos maestras en la primaria del pueblo hasta que ella se casó y se llevó la
mitad de la música y a mí se me quitó la mitad del gusto por escucharla.
Todavía me gusta oírla mucho, pero no tanto como en aquel tiempo. Después me
casé y dejé de trabajar, de viajar y de escuchar música.
De pronto la voz se detenía. Los
retratos del muro ya no eran de la juventud de Laura sino de la época en que se
casó con Juan, el padre de Victoriano.
—Mi marido es Juan Alcázar. Es muy
serio, no habla, se queda callado toda la tarde. No habla nada, nada, a menos
que sea algo urgente. No le platico nada porque sé que no va a responderme a
menos que sea algo urgente. Algo que necesite. Se queda leyendo. Lee cosas del
gobierno, el periódico; lee cosas de medicina, descubrimientos de la ciencia,
pero no dice ni pío. En las noches se acuesta muy serio. No creas que lee
novelas ni nada de eso, puras cosas del gobierno. Toda la casa se queda en
silencio.
Los muebles negros brillaban en la
habitación de su padre. El sillón en donde se sentaba a leer era, en la
oscuridad, casi un trono flemático. El contorno del armario simulaba las anchas
espaldas de un enorme hombre o de una bestia que esperaba acorralar ahí sus
secretos, hundirlos más profundamente en su pecho sin permitir que nadie los
tocara. Victoriano tomó la perilla de una de sus puertas y la abrió como quien
ha iniciado un crimen imperdonable. Fue esculcando entre sacos y pantalones. No
sabía si encontraría algo pero seguía buscando. El viejo nunca se había dejado
perturbar, nunca nadie supo lo que escondía. La ropa fina debía enterrar el
pasado. Fue bajando la mano hasta el fondo del armario, metió casi todo su
cuerpo. Fácilmente cabrían dentro dos personas y, casi a punto de caer en el
abismo que ese mueble disimulaba, palpó una pequeña caja. Tuvo que sacarla con
las dos manos; a pesar de sus dimensiones pequeñas, su peso contrastaba con su
tamaño, parecía algo hecho de plomo. La luz tenue del exterior no dejaba notar
bien el acabado de aquella caja de madera; sin duda, el diseño era elegante.
Abrió la tapa, sintió el interior de terciopelo. Sin embargo eso no era lo más
revelador. Puso su mano sobre el objeto guardado: ¡Era la 22! Ahí estaba cuando
todo mundo decía que la vieja se había deshecho de ella. Por alguna extraña
razón no le sorprendía haberla encontrado: la Browning.
—Ándale hijo ya va tu padre a dar el
año nuevo.
Los balazos se secaban entonces en la
llanura del cielo, perdidos para siempre, sin encontrar un destino, se perdían
como preguntas que jamás tendrían respuesta.
*
De pronto un paso fue dado cerca de Victoriano; un paso sin cuerpo, sin
sonido, lento y veloz a la vez; lento como los de Juan Alcázar, pero demasiado
veloz como para que algún ojo hubiera predicho claramente el lugar en donde
había caído. Su padre ahí estaba sentado, esperando sin esperar. Su presencia
imperceptiblemente era recordada por la habitación. Y Victoriano no se sintió
solo porque ya no estaba ahí su padre pero sí lo que quedaba de él; todo era
más comprensible. Empuñó el arma, así podría recordar las angustias de Juan que
ahora, seguramente, lo veía otra vez como ese día, de uno a uno, ya no como un
ser alejado y extraño. ¿Sería que los dos siempre estuvieron pensando lo mismo?
Y, por segunda vez, la visión que tuvo lo espantó. Ahora sabía lo que su padre
sintió cuando fue descubierto por Victoriano aquel día, cuando quiso detenerlo
sin saber cómo ni por qué. Sentía que él mismo era su padre.
—Lo encontraron con el arma entre las
manos… hay que ocultar esto a los niños… pobre de Laura… qué va a hacer sola…
VII
Salió de la habitación empuñando la Browning queriendo alejarla de ese
lugar, como si no perteneciera ahí, pensaba que debía tenerla para siempre
porque no hacerlo le daría la sensación de estar vacío, de ser estéril. Fue
deslizándose por los pasillos y, extrañamente, regresó al cuarto de la anciana.
La lámpara brillaba vetusta mostrando a Laura sentada, vieja y confundida;
lucía un desvelo atroz, de años. Se acercó temeroso guardando la Browning en
uno de los bolsillos del pantalón, sintió su peso, eso lo hacía más parte de la
casa, más parte de la familia.
—¿Cómo estás? ¿Qué tienes? —preguntó
preocupado por la mirada de la vieja. Parecía descubrir algo, algo horrible.
—¿Qué tienes? —volvió a preguntar Victoriano.
—No ha regresado el niño. Le estoy
rece y rece a Dios y a todos los santos para que lo traiga de vuelta y no
llega… No sé qué pasa… Dios no me oye… no sé qué pasa —decía completamente
cansada.
—¿Cuál niño? —contestó lleno de
temor.
—El niño… el niño… el que salió en la
noche al campo y no ha vuelto —las palabras de la vieja, destellaban cierta
perversidad que a Victoriano le aterraba.
—¿Cuál niño? ¿De quién es ese niño?
—De la muchacha que vive aquí; hace
mucho que se le fue y no regresó; es hijo de esa mujer, está muy desesperada y
yo no sé qué hacer —continuaba Laura.
Se vio tentado a decir que el niño ya
había vuelto. Pero aunque las palabras de Laura resultaran en ese momento
absurdas, descubrió que de alguna manera estaban llenas de verdad. Si le decía
que ya había vuelto ella querría verlo y en la casa no había nadie más que
ellos dos. Por años no hubo ningún niño en la casa. La penumbra silenciosa caía
con todo su peso. Miró buscando en los retratos alguna respuesta; no encontró
nada de qué asirse. El niño no había vuelto. La anciana esperaba algo que jamás
llegaría.
—Duerme… no tiene caso que te
preocupes…descansa… orita no podemos hacer nada… —lo dijo tratando de hacerle
entender entre dientes que lo mejor era que se olvidara de todo porque si no la
agonía sería lúgubre para ella, pero sobre todo para él. Duerme… por favor… que
la muerte te alcance de esta manera… para que yo tampoco sufra. Duerme.
—Pues sí… pero mi angustia y mi
corazón no me lo permiten… no puedo dejar de pensar que el niño no ha venido…
VIII
La anciana se recostó sobre sus huesos sin cerrar los ojos; miraba el
panorama de la casa. Se mantenía sin pronunciar palabra, pensativa. La luz de
la lámpara mostraba más pálidas sus facciones, su cráneo manifiesto por la
calva era premonitorio. Parpadeaba sin saber dónde poner la vista de sus
pequeños ojos hundidos, negros, casi sin pupilas. De vez en vez levantaba las
manos queriendo alcanzar algo, buscaba dar el abrazo a alguien que la veía
desde arriba. Al notar que no había nada, las bajaba no sin dejar un halo de
desconcierto. Nadie la acompañaría en esos momentos, ni siquiera el viejo que,
taciturno, permanecía sentado en las habitaciones de la casa.
—¿Tú quién eres? —inesperadamente
preguntó.
—Soy Victoriano, tu hijo —respondió
de manera natural.
Ciertamente esa pregunta la había
estado esperando desde el principio, sabiendo que hasta el nombre de su propio
hijo no significaba ya nada. Laura se guardó en un mutismo, no creía en las
palabras de Victoriano. Dudaba de lo que veía, dudaba hasta de que ella
estuviera ahí.
—Oye ¿y esta casa de quién es? —siguió.
—Tuya, tú vives aquí.
—No, esta casa es muy grande.
—Ésta es tu casa, ¿no te acuerdas que
la compró mi papá?
—¿Quién es tu papá?
—Pues mi papá… Juan… tu marido… no
recuerdas a Juan.
—Sí… Juan es mi marido… pero esta
casa no es nuestra… está muy grande…
Victoriano pensó que era inútil
seguir con ese diálogo que en vez de ayudarla a orientarse la inquietaba más. Y
por otro lado, no quiso continuar explicándole quién era él; resultaba doloroso
que su madre no se acordara de su hijo, que lo negara, que lo olvidara buscando
liberarse de todo lo que la ataba al mundo.
—Pues todos se fueron muy pronto…
—ahora la anciana parecía necesitar hablar.
—¿Quiénes?
—Todos… los que estaban aquí… se
fueron ya… ¿mi esposo vino?
Victoriano se quedó callado, de igual
manera la anciana. El silencio era la respuesta más sincera.
—Tengo mucha sed, dame agua, no se me
quita.
IX
Victoriano se levantó por agua. Dejó a su madre sola en la habitación,
como siempre había permanecido. Se fue por la casa recorriendo los cuartos,
buscando la puerta para salir al pozo, para salir tal vez a la oscuridad más
profunda a pesar de que la casa toda parecía ya estar dentro de una caverna
acuosa. A diferencia de hacía unas horas, los pasillos le parecían tenebrosos.
Lo más extraño era que aún no había ninguna señal del alba. Empezó a agitarse
por un raro sentimiento. La noche ya era igual a la agonía de su madre. De
pronto pensó que nunca amanecería, no hasta que ella muriera, eso le aterró. La
anciana sufría de sed e incomodidad, y la puerta de salida al patio parecía
haberse perdido entre las ansiedades de Laura. Estaba condenada a no saciar su
sed. Victoriano seguía caminando, llevaba el cántaro vacío, buscó agua en la
oscuridad. Pasaba y pasaba. Entraba a un cuarto y a otro, veía las ventanas y
creyó necesario romper el vidrio de alguna para salir, pero pensó que eso
únicamente pondría en más exaltación a la anciana, de todas formas no lo
hubiera hecho porque le causaban mucho temor aquellos cristales.
Él también, de pronto, no entendía
dónde estaban todos, la gente de las fotos no significaba nada afuera de ellas.
Tal vez nunca habían existido, tal vez las fotos eran engaños, quiso
consolarse. La realidad era lo que ahora sucedía. Tal vez la sed de Laura los
había secado a todos. ¿Dónde estaban? ¿Dónde estaba él? ¿Por qué él tampoco
podía encontrar alivio? La agonía de su madre lo condenaba a deambular como
alma en pena por toda la casa, por todo el mundo, como desde niño, sin
encontrar el agua que se le había condenado a buscar. Le daban ganas de huir.
La vieja parecía haber escuchado sus pensamientos, comenzó a llamarlo:
—Hijo… Victoriano…
La oscuridad y la voz, casi fuera de
lo humano, lo perdían más.
—Hijo… hijo… hijo… Victoriano… hijo…
Y si regresara de todas formas qué
caso tendría. Laura ya no estaba ahí, solamente eran los restos del sufrimiento
que, por necedad, no podían dejar descansar a un cuerpo, que por demás se
odiaba a sí mismo; ese odio hacía que también aborreciera a todo lo que la
rodeaba.
—Hijo… hijo… Agua… agua… agua…
Como si esa palabra la redujera a lo
que se había convertido: Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua.
Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua.
Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua.
Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua.
Agua. Agua. Agua. Agua. Agua. Agua…
¿Para qué? La palabra de pronto no
expresaba nada. Laura la decía y solamente era un impulso; un quejido que todo
ser humano o bestia da cuando descubre su hora, su momento más sombrío y más
real; cuando se despoja de todo para cumplir con su destino por más pusilánime
que éste pueda ser; cuando ya no piensa, ni recuerda, ni olvida, cuando
inclusive no siente. Al borde. Agua.
X
Los pasos de Victoriano se empezaron a hacer muy pesados, parecía llevar
cadenas en los tobillos. El frío se sentía fuertemente, un frío de roca
errabundo en una caverna. El ruido de agua cayendo se hizo presente de la nada.
Victoriano tomó una de las paredes y la sintió. El piso estaba lleno de agua.
Pareciera que era toda el agua que la anciana pedía, pero que nunca calmaría su
sed. Fue caminando en busca del cuarto de la vieja.
—¡Madre! —gritaba asustado—. Madre…
No pudo evitar alterarse al notar el
mutismo de la anciana. Ya nadie estaba con él. El agua seguía elevándose. La
sensación de encierro lo desesperó. Deseaba salir de la casa. Dejar ahí el
cadáver de la vieja. Dejarlo ahí como todos lo habían dejado. No tenía el valor
de entrar al cuarto; la roca, la oscuridad, el agua misma dotaban a la muerte
de una realidad más poderosa que su propia presencia. Caminaba nervioso, sabía
que no encontraría a Laura jamás. Dejaba escapar su aliento tembloroso, se
hallaba al borde del llanto. Cuando estuvo a punto de darle la espalda a todo
aquello, palpó el final del camino. Era la negra puerta cerrada de la
habitación donde había quedado la anciana. Por las rendijas desbordaba el agua:
era la fuente de todo ese inundamiento. No podía pasar. No podía cruzar al otro
lado de la muerte. No tenía el valor de enfrentarla. No podía pasar él solo. No
podía hacerlo. Era tan débil. Quiso gritar el nombre de su madre, pero vio que
era inútil. Debía salir de la caverna, de la casa, de lo que fuera aquel lugar
tan extraño, tan ajeno, tan descomunal. De pronto se descubrió encerrado,
perdido en los laberintos que cada vez se anegaban más. El agua subía su nivel.
Pensó en su padre pero sabía que él ya no podía hacer nada, como tampoco pudo
hacerlo en vida. Otra vez ya no estaba ahí. Lo único que le había dejado era la
Browning, como recuerdo de sus angustias y pesadillas; el único escape que tenía
un hombre como él, que de pronto se encontraba aterrado por el destino que se
le deparaba. Se sintió sin pasado. Sin nada. Presintió al niño perdido del
sueño de su madre. Y tal vez fue cuando comprendió aquello.
Yo soy el niño que no volvió….
El peso de esa realidad tal vez le
recordó que llevaba el arma: la Browning. Extrañamente eso era lo que parecía
tener el mayor poder. Era lo único que podía darle forma y a la vez
personalidad, libertad, lo único que podría sacarlo de ahí: darse muerte para escapar
de la muerte. Pegarse un tiro para no sufrir como su madre que esperó
lentamente el naufragio, diluirse hasta terminar en nada. La duda crecía como
el nivel del agua y la respuesta jamás llegaría. Él era el niño que se había
ido y jamás regresado, y ahora que volvía no le servía de nada. Abrió la boca,
se le llenó de agua, hasta desbordarse, de metal, de oscuridad, de nada.
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