Según Eduardo Antonio Parra, uno de los narradores más importantes de la actualidad, la literatura mexicana aún no ha logrado concebir la novela del narcotráfico. Yo, en lo personal, he leído algunas que podrían situarse en dicha clasificación, y concuerdo con el juicio del autor de Tierra de nadie (el mejor libro de cuentos de finales de siglo en México). Al menos una novela lo suficientemente apegada a la realidad de los cárteles, sin importar el estilo, realista o fantástico, dentro de los tirajes de las editoriales importantes no ha aparecido; en todo caso, no la he encontrado a pesar de ya haber invertido varios años en la indagatoria. El hecho de que Parra lo haya exhortado más de una vez, me da mayor seguridad para aseverarlo. La novela del narcotráfico sigue siendo una tarea pendiente, si es que en la literatura existen las tareas pendientes.
Por otra parte,
no dudo que exista un libro paradigmático a este respecto, publicado en una
pequeña editorial estatal o universitaria, el cual en estos momentos está
siendo devorado por la polilla y las cucarachas de los oscuros almacenes de los
libros no distribuidos. Me gusta imaginar que es así, porque me temo que, de
tanto esperarla, la novela del narcotráfico, con una densidad similar a la
novela de la Revolución, nunca se escribirá ni se publicará en nuestro país. Se
habrá perdido el momento histórico para hacerlo.
Allá por los
dosmiles, corría el rumor de que cada cien años México sufría un gran conflicto
social: en 1810, la Independencia; en 1910, la Revolución; en el 2010,
equiparable de forma grotesca, la guerra del narcotráfico. De los tres periodos históricos únicamente el
segundo generó una narrativa robusta a la par con el momento. Mariano Azuela comenzó
a publicar Los de abajo por entregas
en Ciudad Juárez en 1916, cuando los cañonazos y los balazos estaban lejos de
silenciarse. Pero no sólo tenemos su obra como ejemplo. También están las
narrativas de Nellie Campobello, Rafael F. Muñoz, Martín Luis Guzmán o José
Vasconcelos, entre muchos otros no mencionados en el canon.
De los anteriores,
llama la atención la solidez de sus relatos, la contundencia en lo narrado, el
detalle significativo, el revelamiento de las realidades comprendidas para
quienes son testigos, el conocimiento a fondo de las acciones, las atmósferas y
la psicología de los hombres y mujeres partícipes en la guerra. Es evidente que
estos escritores estaban inmersos de lleno en la vida pública de su tiempo. Tan
evidente como que Martín Luis Guzmán fue secretario de Francisco Villa y José
Vasconcelos fue un allegado político y amigo de Francisco I. Madero.
Considero que la
novela del narco no ha logrado escribirse con la misma calidad estética, porque
el escritor del siglo XXI, con escasas excepciones, ha quedado aislado de la
vida pública. Ese lugar ha sido tomado por los periodistas.
Los mejores
relatos escritos sobre la guerra del narcotráfico han sido redactados por
periodistas. Son ellos quienes quizás en el futuro serán equiparables a los
novelistas de la Revolución. Mi pensamiento va por lo siguiente: una de las
principales fuentes para comprender el Villismo, desde luego, es la obra de
Martín Luis Guzmán. Lo mismo se dirá de Anabel Hernández en relación con el
Cártel de Sinaloa. Ahora bien, no estoy equiparando amabas organizaciones, no
igualo el Villismo con el Cártel. Mi interés va por el hecho de quién lo narra,
quién lo cuenta con la densidad necesaria para entender sus contradicciones y
su realidad verdadera. Los novelistas, los escritores literarios, a diferencia
de hace un siglo, no lo han logrado. Esa tarea se ha trasladado hacia los
periodistas.
Alguien me
podría decir que Martín Luis Guzmán también era periodista; lo era, pero su
vocación siempre fue la de un literato; ahora es al contrario, es el periodista
de vocación quien se acerca a lo estético, a la literatura, para contar lo
observado.
Obras ejemplares
del periodismo sobre la guerra del narcotráfico sí se ven en el espectro de las
publicaciones contemporáneas, y al leerlas, una de las ideas que se me vienen a
la cabeza, más allá de lo grotescamente humano que es el narcotráfico, es que
la gran mayoría de las novelas que aborden el tema corren el riesgo de ser
superfluas, ampulosas.
La pluma de
Anabel Hernández es excelente, pero no sólo eso, la forma de estructurar los
relatos de Los señores del narco y El traidor es digna de los mejores
novelistas. Porque no se olvide que para ser buen periodista también hay que
saber contar.
Lo mismo podemos
decir de Juan Carlos Reyna y su libro Confesión
de un sicario. El escritor literario podrá emular el lenguaje y la historia
de estas investigaciones periodísticas, pero dudo que las podrá superar. ¿Algún
novelista podrá superar el significado de las palabras de los manuscritos de
Vicente Zambada Niebla incluidos en el libro El traidor de Anabel Hernández? ¿Qué novela puede ser más sórdida
que el libro de Reyna? No lo sé, es posible, en el mundo de la literatura todo
es posible, pero también será difícil, tan difícil que quizás no valga la pena el
esfuerzo.
Y es así como
cierro mi correspondencia de esta ocasión, estimado lector. La novela del narco
no se ha escrito, más allá de la caricatura, la parodia, el morbo, porque la
necesidad cultural de comprender sus contradicciones y realidades materiales y
psicológicas más míseras y serias ya ha sido satisfecha por el periodismo. Los
periodistas que han arriesgado la vida por saber la verdad al detalle, con
nombres, rostros y cuentas bancarias; toneladas de cocaína, amapola y
marihuana; métodos de contrabando por las fronteras sur y norte, así como las
ejecuciones y las torturas, son quienes le hablan al lector real, a ese que
está en la calle, al mostrarle, por medio de la palabra escrita, el fondo y
origen de lo que se está viviendo a lo largo y ancho del país. Una novela que
cuenta exactamente lo que es de todos conocido, y peor aún, desde una mirada
ingenua e infantilizada, se vuelve aburrida.
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