Tenía pensado escribir un texto mucho
más amplio donde explicara, con base en el pensamiento de Mijaíl Bajtín, lo que
considero es la modernidad. Lo comencé a redactar hace ya varios meses; sin
embargo, por cuestiones de tiempo y por cierta pereza solamente escribiré un
comentario en relación con la novela de Cervantes. Considero que muchas veces
las valoraciones que se han dado en ciertos círculos de divulgación son poco
interesantes, incluso ínfimas. Se ha querido dar en más de una vez un análisis
erudito a esta obra, lo cual considero rompe con su naturaleza. El ingenioso hidalgo Don
Quijote de la Mancha (1606, 1616) es una obra que precisamente
parodia esta postura. Que se le dé un tratamiento academicista (que no
académico) me parece contradictorio.
Ya Jorge Luis
Borges comentó en su momento que el principal defecto de El Quijote era
su extensión. Ciertamente leerla ocupa una cantidad considerable de tiempo.
Entonces, pienso que es de suma importancia hacer ver a los lectores por qué es
necesario acercarse a esta obra, por qué tendrían que pasar incluso meses
analizándola. Decir que es porque en ella encontrarán palabras domingueras o
darles una recomendación basada en el preciosismo del lenguaje me parece
fallido, porque de hecho no se encuentra ahí la valía de la novela de
Cervantes. Habría que decir que Cervantes en su tiempo fue considerado un autor
vulgar. Querer verlo como un escritor de la torre de marfil sería de nueva
cuenta un error.
Ya también se ha
hablado mucho respecto a que El Quijote parodia las novelas de
caballerías, pero tampoco se ha explicado por qué esto tendría que ser
importante. No se ha dicho por ejemplo que el valor que tiene este hecho es que
la escritura de Cervantes, al menos en esta novela, lo que hace es destruir las
estructuras de poder que existen en su época. Para entenderlo mejor, hay que recordar
que la épica, la exaltación de héroes, la construcción de pasados míticos, ha
servido a aquellos que detentan el poder en turno. El ejemplo más claro es
la Eneida de Virgilio. Sin duda este poema épico es una de las
glorias de la literatura, pero sirvió a César Augusto para que éste se
legitimara como emperador. Virgilio por medio del poder de la poesía se encargó
de hacer creer a la gente de la antigua Roma que Julio César (tío abuelo y
ascendiente político de César Augusto) no era un simple mortal, sino que era
heredero de los dioses, descendiente de Venus, quien era madre de Eneas, héroe
de Troya y fundador de la Nueva Troya, es decir Roma. La épica, las obras
literarias donde se exalta a héroes míticos, por lo común apelan al
nacionalismo e intentan establecer una sola versión o posibilidad de existencia
(aquella del héroe), lo cual siempre ha ayudado a los gobiernos tiránicos a
ideológicamente legitimarse. Siempre que se necesita la unidad nacional, camino
que normalmente toman los dictadores para mantenerse en el poder, se intenta
construir una épica (véase Trump, Maduro, Franco, Perón, Chávez, Castro,
Mussolini, Hitler, Osama Bin Laden); se busca que la población intente recordar
un supuesto pasado glorioso, en el cual la nación, el pueblo era libre y en el
cual había héroes tales como Aquiles, Eneas, El Cid, Sigfrido, quienes
destruían al extranjero, esto es al bárbaro y salvaban a la civilización, a la
cultura de la cual emanaba este símbolo de identidad. Bueno, pues Cervantes lo
que hace en El Quijote, y por eso es que funda el género de la
novela, es destruir todos estos esquemas de pensamiento, desacraliza el pasado,
a los héroes y a la realidad y, lo más importante, permite la existencia de dos
versiones de mundo contradictorias en una mismo instante. Hace que convivan Don
Quijote, como personaje, y Sancho Panza. Aristotelismo y Platonismo se unen en
un movimiento dialéctico; es ahí donde se encuentra el ser de la novela, le da
al lector una realidad contradictoria, más compleja, pero más verdadera. Esta
es la valía de Don Quijote, no lo está en las palabras domingueras, ni en un
supuesto lenguaje preciosista.
Decir que en El
Quijote hay un lenguaje pulcro y estilizado es de nueva cuenta
traicionarlo. El Quijote es el lenguaje de la calle, el lenguaje
popular, el lenguaje soez de la España del Siglo de Oro. Es el lenguaje del
pueblo. Bolaño decía que era la única obra literaria a la cual se le podía untar
caca sin que redujera su grandeza, al contrario. El castellano culto del siglo
XVII se encuentra quizá en Pedro Calderón de la Barca, en Lope de Vega; por el
contrario, el lenguaje real se encuentra en esta obra de Cervantes. No es la
primera obra literaria que hace esto (Gargantúa
y Pantagruel es un buen ejemplo); sin embargo, es quizá la que de una vez
por todas autoriza y demuestra que se puede escribir gran literatura sin
necesariamente utilizar un lenguaje culto, un lenguaje de las élites.
Anteriormente la
literatura se escribía en verso. Se ha dicho que esto ocurrió así debido a que
no existía la imprenta y que de esta manera los textos podían recordarse de
mejor manera. Hay verdad en dicha explicación; no obstante, no podemos
reducirlo sólo a ese hecho, porque entonces perderíamos de vista las
posibilidades que Cervantes abre con su novela. La verdad es que el verso fue
una manera que los escritores tuvieron para mantener una élite. Eso quizá
todavía suceda en nuestros días. Sólo el que podía escribir en verso merecía
ser considerado poeta, sólo el que escribía en verso había sido tocado por la
musas, sólo el que escribía en verso tenía autorización para hablar frente a la
audiencia. Ahora bien, para escribir en verso, casi necesariamente (y me
refiero al verso latino, al verso del Siglo de Oro, el cual quería emular al
latín de los poetas romanos) se debía tener una formación clásica. ¿Quiénes
eran los que accedían a esta tradición? Aquellos que tenían dinero, las élites
sociales. Un hombre del pueblo casi que estaba condenado a jamás ser un poeta
reconocido, uno que escribiera gran literatura, aunque claro que los hubo.
Primero porque la mayoría no aprendía a leer y escribir; segundo, porque si se
lograba aprender a leer y escribir, no aprendía a versificar con las reglas
latinas del verso. El Quijote destruye esta estructura de
élite cultural, debido a que la obra cumbre de la lengua española está escrita
en prosa, en un lenguaje llano y popular, dejando a la sombra todas las
pretensiones estéticas de los latinistas.
Decir que en El Quijote hay preciosismo de la palabra
es no entenderlo. Ahí hay vulgaridad, anticlímax, antipoesía (un hombre como
Nicanor Parra es su mejor heredero), pero no por eso no es una gran obra de
arte. Es la apertura de la modernidad. La apertura del pensamiento crítico. Don
Quijote y Sancho dialogan, casi como lo harían Sócrates y sus discípulos (ese es
el origen de la novela; en otro texto, si me da tiempo, hablaré de ello), sólo
que acá ninguno de los dos es el maestro y el discípulo, como si ocurría en las
novelas de caballerías. Ambos tienen la misma autoridad. Es ahí donde se
encuentra lo moderno de esta obra. No hay una palabra autorizada, ni tampoco
hay una palabra desautorizada. Es la postura crítica, la voz auténtica, la
prosa sin adornos, tal cual como es.
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