Día ochenta y tres.
Se secó todo. Yo decidí
irme. Llevo agua y un poco de comida. Llevo a cuestas un sin fin de
pensamientos, un sin fin de locura. Llevo un sin fin de pasos atrás. Llevo todo
el cielo en mi espalda. Ya no soy el mismo. Mi cara se ha arrugado por el sol.
Se ha endurecido, de cierta manera fosilizado, es otra. Como una máscara
antigua que me salió de lo más profundo. Me he perdido en mis cavilaciones. Ya no
sé. Nadie sabe dónde estoy (y de dónde vengo tampoco nadie lo supo). No hay
nada, únicamente el sol viendo todo, mostrándome que no hay objetos más allá.
No importa cuán
rápido vaya. Todo es tan claro. Ningún animal, ¡ni si quiera una tormenta!
Nada. La luz de sol resplandece por todos lados. Ninguna sombra. Aborrezco
tanta claridad. A veces se necesitan las incertidumbres, temer lo inesperado.
Pero todo se muestra de antemano. La tierra blanca espejea con el cielo azul
claro, y el sol todavía más blanco. Ninguna nube: azul, azul y azul. No me
sirven de nada los ojos, porque nada hay que ver, solamente luz. Y calor. Mucho
calor. Mis piernas tomaron una cadencia monótona, me duelen; sin embargo, el
muelleo disminuye a intervalos el sufrimiento. A pesar del cansancio, me es
agobiante ir despacio. Sin importar cómo, me da la impresión de que mis huesos
se fragmentan a cada paso. No paro en todo el día e incluso algunas noches
también continúo. Por las noches la oscuridad me apesadumbra, a veces sufro de
pánico, no sé dónde estoy, y corro. No
veo nada y desorientado sin recordar mi destino, empiezo a agitarme bastante,
como si estuviera en un ataúd queriendo salir, y decir que aún no estoy muerto,
y después preguntara mi nombre, que por alguna extraña razón olvidé. Corro
hasta perder el aliento, y de pronto me doy cuenta de la estupidez que eso
significa. Me controlo convenciéndome que necesito seguir. Trato de
recordarme quién
soy. De esta forma logro controlar mi pánico; no obstante, me siento encerrado. Pero
estoy a cielo abierto. Me apremia una inmensa necesidad de llegar a otra
ciudad; no estar en el camino, no ser un caminante siempre, poder ver y oír
diferencias. Poder estar. Pero no sé cuánto más falta. Únicamente la planicie. Se ve el
agua a lo lejos, pero soy consciente de que es una ilusión por el calor. Me angustia
la línea que se dibuja perfecta, esa línea que divide el cielo de la tierra. El
cielo y la tierra, para mí son lo mismo. En estos momentos siento que puedo
palpar aquel trazo, como a mi propio sudor, escurriendo pesadamente sobre mi
espalda. Pero eso no me sirve de nada. Está allá, lejos. ¿Por qué continúo? ¿Por qué sigo caminando a pesar
de todo? Como una bestia enjaulada, que ya no sabe nada del mundo, los barrotes
son los mismos. Siempre los mismos. Parece como si nunca hubiera habitado en
ninguna parte. Ahora es cuando más ocupo un lugar. Estoy aquí presente,
palpando, padeciendo mi realidad. Y no hay nadie para contarle. Mi muerte en
estos momentos sería en vano. Sería dolorosa, porque sería lenta. Necesito llegar a otra ciudad,
o lo único que me quedará será agonizar, asarme en el suelo blanco. Quemarme. Y
pudrirme en la intemperie. Hacerme poco a poco parte del paisaje, erosionarme
con la tierra, cuartearme. Secarme. Pero primero tendría que agotar todos los
insumos, el agua, la comida, y eso todavía me puede tomar una semana. ¿Estar
aquí una semana entera? No
es posible estar esperando; tarde o temprano comería algo, daría un sorbo a la
botella. Eso retardaría mi muerte, y me quedaría aquí más tiempo, lleno de
estupor. No. Debo llegar a otra ciudad. Todo está en paz. La paz me inquieta.
Día ochenta y cuatro.
Sigo caminando en la
vacuidad. Me he consumido. Ya no digamos físicamente. He consumido todos mis
recuerdos y mis pensamientos que me parecen insípidos y aburridos. He vuelto a
ver todos los habitantes de dónde vengo. He recordado sus defectos, sus
virtudes, su forma de andar. Traigo a la memoria la imagen que me ha quedado de
ellos, que poco a poco se ha ido desvaneciendo. Y me voy quedando vacío. Si no
llego a tiempo, tarde o temprano mi mente estará en blanco. Mi cuerpo me ordena
detenerme y morir. Palpar mi calavera en los pómulos. No quiero estar de ese
lado. Lo único que me queda es la rebelión. Rebelarme y continuar caminando sin
dormir, sentirme cansado y seguir de esta manera. Correr… Me detengo. Jadeante,
escucho mi cuerpo. Siento cómo se tensan los tendones de mis piernas, mi sangre
fluye rápidamente a mi cabeza… y baja con potencia hacia todas mis
extremidades…, la espalda me pesa…, y los brazos apenas pueden… por su propia
cuenta… no podré mantenerme así por mucho tiempo… Sale
calor por mi boca…, todo el calor que he acumulado…, y me quema la lengua…, los
dientes. Ese aliento caliente choca en mi nariz… y me dificulta respirar… Empiezo a asfixiarme…, mis músculos secretan ácido
láctico por todos sus rincones… Sigo con un dolor fuerte en el pecho…, y sale
más
calor de mi boca…
Mis pulmones no pueden contener el aire caliente…, no puedo abrirlos más.
Mi vista se empieza a oscurecer…, estoy quemándome con mi propio calor… Me tiro al suelo. Intento recuperarme.
Día ochenta y cinco.
Otra vez veo el cielo y
es indiferente, paralizado. Árido. Continúa igual. Pero no todo sigue así.
Extrañamente veo algo adelante. No es otra ciudad. Dudo de que realmente haya
algo. Estoy alucinando por el calor. Sin embargo, aquello se me presenta como
un pequeño monolito. Estoy demasiado lejos para distinguir lo que es. Empiezo a
caminar despacio. Tanteando el suelo agrietado y polvoroso. Continúo preguntándome
qué podrá ser aquello en
medio de la desolación. Cada vez va haciéndose más grande, toma su forma, y de
pronto observo otra moviéndose. Es un hombre. Un hombre que tiene una pequeña
guarida en medio del paisaje blanco. ¡Es absurdo! y gracioso. Rio en silencio.
Me acerco. El hombre no se percata de mí en ningún momento. Está recogiendo algo del
piso. Es una pequeña casa, parece hecha de piedra, nunca vi algo parecido, y
afuera hay los restos de lo que figura ser una fogata. Un hombre ahí en medio
de nada, como si no quisiera enterarse del asunto de la humanidad.
Sobreviviendo sin ninguna razón, existiendo sin más. El lugar es muy simple.
Pero cada detalle me dice que todo tiene su función, y ha sido bien razonado.
Dentro de su simplicidad se esconde una complejidad imperceptible. Me voy
acercando. El hombre ha entrado a la morada. Cuando llego a la puerta, pienso
que aquel hombre me verá de inmediato y saldrá. Me paro unos instantes afuera.
La fachada es lúgubre, no quiere recibir a nadie, por eso es que está ahí en la
soledad. No le gustan las visitas, no quiere saber nada. La puerta es
impenetrable. Una ventana está abierta, pero una tela cubre el interior, el
aire sopla un poco y la tela ondula silenciosa. Se oyen murmullos al interior,
aquel hombre no está solo. Pero nadie sale, la morada se encuentra ensimismada,
en el centro de un universo aparte, aislado, autosuficiente. Advierto que no
quieren ser molestados. Pero aquí estoy. Tal vez pueda descansar esta noche y
retomar mi camino hacia otra ciudad. No puedo solamente seguir mi marcha, estoy
perdido. Aquí estoy. No puedo solamente seguir. Debo tocar. En la puerta hay
unas letras deformes. Alcanzo a leer “Favor de usar el timbre. No tocar en la
puerta, Gracias.” Rio en silencio y empiezo a buscar el timbre. Supongo que
estará a la vista; posiblemente, colgado en la parte superior de la puerta. O
en el suelo. Busco detenidamente. No encuentro nada. Pienso que no puede ser
tan importante, no hay nadie más. Todo es tan silencioso. No se necesita ningún
timbre. Incluso me viene a la mente que puedo gritar: “¡Hay alguien por ahí!” Pero prefiero ser
sutil. Toco en la puerta. La puerta es pesada, dura, áspera. No está hecha para
ser tocada, no con una mano. Se necesita de un mazo. Lo cual extrañamente me
alarma. Toco otra vez, los dedos resecos se humedecen porque se me rebanan
algunos pellejos. Se oye silencio adentro, no esperaban a nadie, y es
desconcertante que yo esté aquí afuera, incluso para mí. Después de un
instante, casi imperceptible, un hombre joven desliza la tela que cubre la
ventana. Al fondo se ve otro hombre ya mayor, pero aún fuerte, sentado enfrente
de una mesa. Tal parece que está comiendo. Todos los ojos que están presentes
en este momento se quedan fijos, como si no pudieran reconocer lo que está
pasando, y tal vez al mismo tiempo instintivamente se quedan quietos para ver
sin ser vistos. Quiero decir unas palabras, pero el hombre del fondo se
adelanta.
—¿Qué desea? ¿Por qué no usó el timbre? ¿No vio? ¿No entiende?
¿Por qué no usó el timbre? ¿Qué tiene en la cabeza? No
nos interesa a que vino. ¡Lárguese!
El
hombre empieza a gritarme enfurecido, cada vez más enfurecido. Me desconcierta.
Por un segundo pienso en lanzarme sobre él y matarlo. Detesto la manera en que
me grita. Detesto todo lo que es él. Lo odio con todo mi ser. Pero no digo nada.
De pronto me descubro parado en la puerta como un idiota, y comprendo que lo
mejor es seguir caminando. Buscar el camino hacia a otra ciudad por mi cuenta.
Pero me atemoriza que la gente de ese lugar sea así, como este hombre. Digo
unas palabras, algo como una disculpa que no suena a eso y empiezo a caminar.
Lo último que veo son los ojos del joven, que siguen fijos. Y pienso que es
mejor hacer lo que he concluido. Camino. Sigo adelante. Me vuelvo a encontrar
con la línea perfectamente trazada a lo lejos. Camino monótonamente. No sé llegar adonde voy, no sé
qué hacer. Vuelvo la vista
atrás. Y el joven me llama. ¿Qué sucede? ¿Me llama?, dice que regrese. Me pongo
alerta. Creo que el hombre no está satisfecho con lo que me dijo. Esta vez lo
mataré. Estoy listo. Me acerco lentamente y excitado, soy una bestia tanteando
a su presa. Me acerco. Soy un asesino. No sé qué pueda pasar, estoy
dispuesto a todo. Estoy a un paso del joven quien ha abierto la pesada puerta.
Me mira con los mismos ojos escondidos y me dice que entre. Me paro en el
umbral y veo al hombre que sigue sentado, mirando en silencio. No entiendo. El
joven se ha ido. No me di cuenta hacia dónde. Estamos solos. Espero su ataque,
esta vez no me tomará desprevenido. Lo mataré. Le enseñaré todo lo que debe saber,
y lo que no debe. Lo haré rogar para que lo mate.
—Siéntese —ordena.
¿Qué me siente? Sigo el
juego. De todas formas lo mataré.
—¿Quiere comer algo? —vuelve a ordenar.
No
quiero comer nada, digo que no.
—Entiendo que va de paso.
Viene de lejos, tiene otras costumbres. Pero si ve el letrero, haga caso.
Pronuncia
con una voz seca. Ordena que soy de otro lugar y que tengo otras costumbres. Su
voz es tranquila; sin embargo, no sé por qué sigo alerta. Algo en sus palabras me mantiene
atento a todo. Le digo que tiene razón, debí usar el timbre. Me excuso diciendo que no
lo encontré por ningún
lado.
—Pero ahí está. A la
vista, luego, luego. Es cuestión de verlo —dice.
Ordena
que es cuestión de verlo. Trato de obedecerle. Lo dejo así. Empieza a hablar un
poco de lo que siempre se habla, sobre las cosas de la vida, que nada tienen
que ver con la vida. No me voltea a ver la cara, sino a un punto en la pared.
Lo escucho. De la plática de la vida saltamos a otra un poco más simple.
—Yo hice esta morada con
mis propias manos… ¿Y a dónde se dirige? —continúa.
Le
digo que me dirijo a otra ciudad, y le pregunto cómo llegar. De una habitación al fondo sale una
niña. Una niña desnuda. Como de doce
años. El hombre la regaña furioso.
—¿A
dónde crees que vas?
La
niña grita asustada y
regresa de donde vino
—Tómese algo —ordena.
Acepto.
Se para y de una pequeña gaveta saca dos vasos y una botella de aguardiente. No
veo agua natural por ningún lado, pero tiene aguardiente. Pone los vasos
enfrente de mí y los llena. Toma el vaso, no dice nada y se lo traga de un
golpe. Lo mismo hago yo. Se extasía, aquel líquido lo sacia, lo cambia, el
semblante le mejora.
—Con esto los mato a
todos. Vea, así —dice mientras levanta las manos, haciendo ademanes de
victoria, asestándole fuertemente a un cuerpo ensangrentado con una daga. ¿A
todos, quienes? No hay nadie. ¿Ya los habrá matado a todos?, me pregunto. Pero
si no sabe nada. Ahora sé por qué estoy alarmado. Lo mataré. Me mira con una pequeña
sonrisa en los labios.
—Parece usted un buen
hombre… Yo les decía a mis hijas que se buscaran hombres de su tipo. Pero ya
están muertas.
Me
mira con la pequeña sonrisa. Lo mataré. Vuelve a empezar.
—Yo sé que usted no tiene la
culpa, pero debe seguir las costumbres, yo sé que anda perdido. Yo le
diré cómo llegar. ¿Sabe por
qué? Porque yo vengo de donde se dirige. Un día al igual que usted, decidí
largarme —ríe extrañamente, sin
razón, no le encuentro la gracia. Me alarma.
—¿Quiere
más? —vuelve a preguntar.
Llena los vasos. Y vuelve a tragárselo de un jalón. De pronto no sé
qué está pasando. ¿La niña, me pregunto, qué habrá pasado con ella, qué pasará con ella? Qué me importa. Me pongo en
pie. El hombre se sorprende. Digo que me voy.
—No se vaya, hombres como
usted me agradan. Quédese.
Trato
de obedecerlo, pero de alguna manera digo que me voy. Ya en pie me doy cuenta
de la corpulencia del hombre. Es como una cosa que camina. Me trastorna y
repugna; a la vez me pone más exaltado. El hombre se parece a los hombres de
dónde vengo. Me dirijo a la puerta y salgo. Pienso en la otra ciudad.
—Yo sé que usted viene desde
lejos, pero debe aprender a seguir las costumbres. Ya se va. Váyase pues.
Lo
obedezco.
—Siga para allá, al
norte, ¿ya vio?… esa
dirección lo llevará. Tardará
mucho en llegar a pie.
Empiezo
a caminar, confundido, con mi mente en blanco. Un paso. Dos pasos. Tres pasos.
Cuatro pasos. Perdí la cuenta. Sólo pienso que este hombre viene del lugar al
que me dirijo.
Día ochenta y seis.
Está nublado. El cielo es
casi negro, tormentoso. Un relámpago sale latigueando la Tierra. La lluvia
empieza a caer tempestuosamente. Por ningún lugar hay señales de otra ciudad.
Respecto al otro hombre: he decidido regresar y matarlo.
Gómez Palacio. Septiembre de 2008
No hay comentarios.:
Publicar un comentario