Hay autores de los cuales es muy difícil hablar, pues permean la cultura de un modo tan influyente y por lo mismo insondable que uno como comentarista se ve en la contradicción de repetir lo dicho por otros incluso más lúcidos. Sin embargo, y esta es la encrucijada, el silencio tampoco se presenta como una salida legítima, pues de esa manera jamás se ingresa en la conversación de la cultura. Y no lo olvidemos: únicamente aquel que se atreve a dialogar con los grandes en verdad está dialogando, como cuando el niño en la sobremesa osa discutir con los adultos. Sólo así los grandes advierten cuánto ha crecido ese niño. A final de cuentas las palabras son ecos de ecos, reminiscencias de quienes nos antecedieron, a pesar de no albergar la misma capacidad para expresarnos.
Todo esto viene
a cuento cuando un lector como yo pretende esbozar algún comentario crítico de
un monstruo como Dostoievski. El mote de monstruo no es negativo; lo monstruoso
es lo desproporcionado ya sea por virtudes o por vicios. En más de una ocasión
el público ha quedado lleno de terror por la extraordinaria voz del cantante.
No es tan erróneo situar la obra del ruso en esta posición. Su novelística, y
quienes lo leyeron no me dejarán mentir, es la de un hombre capaz de adentrarse
en la angustia más horrible. Pero por ello mismo es de las más humanas, de las
más necesarias.
Desde luego esta
cualidad lo hace incómodo para muchos de los lectores contemporáneos. Hoy en
día gran parte de la literatura tan políticamente correcta es adormecedora, se
presenta como un clonazepam, el cual protege a los lectores de la complejidad del
mundo. Dostoievski es todo lo contrario. Por ello, lo prefiero. Yo soy de
aquellos, y en esto no hay vanagloria, que prefieren la verdad al confort, y en
el autor de Crimen y castigo he
encontrado con gran placer precisamente eso. Por supuesto sus libros son
monumentales, extensivos y exhaustivos, y por desgracia no los he leído todos,
aunque sí en varias ocasiones los esenciales; la totalidad, debo aceptarlo, sobrepasa
hasta este momento mis fuerzas. Si leerlos todos es algo heroico, imaginemos la
potencia necesaria para escribirlos. Ya desde ahí la persona sensata advierte
lo extraordinario. ¿Cuánta locura contenida y dirigida fue requerida en la
escritura de esas novelas, donde personajes completamente demoniacos como
Raskólnikov, Svidrigáilov, Stavrogin, Dmitri Karamázov, Pavlovich Karamázov o
Smerdiákov deambulan desaforados cometiendo mil y un crímenes; cuánta
perversidad, para escándalo de las buenas conciencias, albergó Dostoiveski en
su alma para representarlos por medio de las palabras?; ¿y cuánta bondad del
mismo modo el novelista poseyó en sus venas para crear a Aliosha Karamázov o al
padre Zósima o al Principe Myshkin, o a Sonia Marmelávoda, entre muchos otros que
se me pierden en la memoria?
Ya podrá
advertirse que no estoy haciendo un análisis de los textos. Pero seamos francos,
¿en un autor de su envergadura en verdad interesa la técnica? Hace poco leí un
comentario crítico de su novelística, a propósito de los 200 años, donde se
comentaba que su pericia narrativa ya había sido superada. ¿En verdad en eso se
interesan nuestros críticos sobre la obra de Dostoievski? ¿En verdad alguien en
nuestra literatura mexicana lo ha superado en la pericia narrativa? Me pareció
un completo despropósito hablar de esto sobre la escritura del ruso. El
estructuralismo ha afectado a los literatos mexicanos de un modo nefasto. Sólo
hablan de las formas. Pero en Dostoiveski la forma no puede con el contenido. Demonios (también publicada como Posesos, Los demonios, Los poseídos)
formal y estructuralmente es fallida, pero ¿alguien ha contado el drama de Kirílov
y de Shátov mejor? Me salta la carcajada cuando vienen los formalistas y
pretenden que una novelita bien escrita es superior. Completa mediocridad. Pero
volvamos a lo importante.
Estas semanas me
he puesto a la tarea de releer Crimen y
castigo. El lector me dispensará pero debido a su extensión aún no he
podido terminarla por tercera ocasión al momento de redactar estas líneas. Por
ahora puedo decir que después de Dostoievski un escritor que no conozca lo
profundo de su ciudad no es digno de leerse. La ciudad de San Petersburgo es un
personaje de la novela. Los arrabales aparecen con un expresionismo hipnótico.
Cómo Raskólnikov se adentra a los mercados, a las callejuelas, a los tugurios,
casi a las alcantarillas. Por supuesto, es una influencia de Víctor Hugo, que
en Los miserables es insuperable a su
manera. Quizás en la novela de Raskólnikov por primera vez la urbanidad alberga
una potencia de revelación diferente. Quizás es de las primeras obras donde el
letrado y asesino Raskólnikov comprende que el verdadero conocimiento está en
el subsuelo. La cultura está en lo bajo en combinación con lo alto. Con bajo y
alto sólo me refiero a la cantidad de capital acumulado, y no a la calidad
estética. El diálogo entre Sonia y Raskólnikov merece la pena un acercamiento,
pero no para advertir la técnica narrativa, sino para comprender la naturaleza
humana. Mejor aún, la vida de dos individuos.
La escena está
en el capítulo 4 de la cuarta parte, y es uno de esos fragmentos donde es
posible advertir la profundidad psicológica del novelista. Las palabras se
desbordan, las palabras contradictoriamente son el fin de la literatura, pero
tan sólo para ser el medio de lo poético. Ahí están la prostituta y el asesino,
como el mismo narrador lo apunta. Seres deplorables, seres estigmatizados por
la sociedad, pero que en el enfoque de la novela conllevan una individualidad
la cual salvaguarda sus dignidades. Sonia es una joven de 18 años, quien se vio
obligada a prostituirse, desde años atrás, por el alcoholismo de su padre,
recientemente muerto para estas alturas de la historia. Sonia desde cierta
perspectiva se presenta como una víctima, como una niña inocente, y desde luego
lo es. Raskólnikov ha ido a visitarla en una especie de compasión. Le tiene
lástima y desea analizarla, hacer un examen sociológico y psicológico de sus circunstancias
a través de la entrevista que poco a poco se convierte en un interrogatorio. Ahora
que el padre de la chica ha fallecido, y la madrastra enferma de tuberculosis
está al borde de la muerte, el asesino, el nihilista, le cuestiona si ella se
hará cargo de sus hermanastros más pequeños. Con sus preguntas intenta hacerle
ver lo absurdo de continuar con la vida. Raskólnikov es un antifilósofo,
analiza la realidad, la comprende, pero en ella no encuentra más que vacío,
jamás encuentra verdad alguna. Por eso el mundo le parece una broma de mal
gusto. Así siempre está al borde la carcajada irónica. Sonia lo cautiva, no
únicamente por su belleza, sino porque ella posee algo que el asesino carece. En
pocas palabras piensa que Sonia es una persona cándida, una inocente en el peor
sentido de la palabra, pues se prostituyó en vano, toda su vejación fue sólo
para que su padre se gastara el dinero en el alcohol. Raskólnikov, no sin
cierta culpa que le obligar a besarle los pies, ha ido para despertarla, para
hacerle ver que no hay sentido. En uno de los puntos más álgidos de diálogo
puede leerse:
-No lo dije por tu deshonra y pecado, sino por tu
gran sufrimiento. Es cierto, sin embargo, que eres una gran pecadora –agregó [Raskólnikov] casi en éxtasis-, sobre todo porque te has
mortificado y vendido en vano. ¡Eso sí que es un horror! ¿No es un horror vivir
en este fango que aborreces, y saber al mismo tiempo (si abres un poco los
ojos) que con ello no ayudas a nadie ni salvas a nadie de nada? Vamos a ver
–continuó casi frenético-, dime cómo esa vergüenza y degradación pueden darse
en ti mezcladas con sentimientos contrarios y puros. ¡Mejor sería, mil veces
mejor y más razonable, tirarse de cabeza al agua y terminar con todo!
-¿Y qué sería de ellos [sus
hermanastros]? –preguntó Sonia
débilmente, mirándole angustiada, aunque sin sorprenderse de su indicación.
Raskólnikov la miró de modo extraño. Lo leyó todo en
el rostro de ella. ¡Así, pues, la muchacha ya había pensado en ello!
El error de
Raskólnikov es pensar que una mujer como Sonia no es capaz de soportar una
angustia mayor que la suya. Recordemos que Raskólnikov era un estudiante de
derecho; su madre y su hermana se habían sacrificado para que él estudiara en
San Petersburgo. Raskólnikov por inclinación propia, pero también, y esto se
intuye en la novela, por tedio y aburrimiento, perdió el sentido de la vida. Esta
fue la razón por la cual decidió asesinar a hachazos a la usurera, Aliona
Ivánova, pero no sólo a ella, sino también a la hermana que lo descubrió
infraganti, Lizaveta. Él intenta justificar su crimen por la usura ejercida por
la anciana, pero lo cierto es que la asesinó porque no pudo soportar la
angustia de la existencia. Sonia ha padecido mucho más sufrimiento y Raskólnikov
cree que no ha enloquecido como él, porque en sí su concepción de la vida es
menor, por decirlo de algún modo, inconsciente. Cuando habla con ella y le dice
que mejor sería matarse, se sorprende al descubrir por medio de sus silencios
que la joven no es tan ingenua como él lo creía, que incluso ella misma ya había
pensado todos los cuestionamientos que le hace. Raskólnikov queda perplejo al
entender que esa muchacha, casi una analfabeta, comprende y soporta mucho mejor
la complejidad y la angustia de la existencia.
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