En
una entrada de su diario Soren Kierkegaard escribió: “La filosofía tiene razón
al decir que la vida debe comprenderse hacia atrás; pero se olvida de la otra
proposición: que ha de vivirse hacia adelante”. El danés con esta frase ya
empezaba a intuir la incapacidad de la filosofía para dar respuestas. Si algo
diferencia a los pensadores modernos, como el mismo Kierkegaard o Nietzsche, de
lo clásicos, como Platón o Aristóteles, es la pérdida de la ingenuidad. No hay
salidas fáciles; mucho menos, atajos. Nadie puede ayudarnos a sobrevivir en
este mundo.
En su libro Temor y temblor, el
danés agrega: “El mundo exterior está sujeto a la ley de la imperfección y por
ello podemos ver una y otra vez la circunstancia de que también come quien no
trabaja […] Pero en el mundo del espíritu no ocurren las cosas del mismo modo
[…] sólo quien ha conocido angustias reposa.”
Con estas palabras, Kierkegaard descubre
que el conocimiento para afrontar la realidad de la vida no se genera de forma
vicaria. No importan las lecturas ni los consejos, estos servirán de poco
cuando nos veamos inmersos en carne propia dentro de las vicisitudes de la
experiencia. Por más que se intente razonar acerca del mejor método para
confrontar el mundo, el conocimiento adquirido de dichas reflexiones servirá de
poco. El mundo es de suyo un lugar irracional y cualquier enfoque racional del
mismo no basta para comprenderlo.
En ese aspecto, el orden de la existencia
se basa en la administración del caos. Estar en la realidad precisamente
implica adentrarse en lo incoherente. Vanos son los esfuerzos por evitarlo. La
consciencia de ello es la raíz de la angustia, pues el individuo se ve obligado
a tomar una decisión entre dos opciones: Vivir o no hacerlo. La paz está en la
evasión del movimiento. La calma está en nunca verse en la encrucijada. La
fantasía es postergar la decisión, pero no es posible lograrlo por mucho
tiempo. Los objetos caen por su propio peso. Kafka también lo comprendió: “No
es necesario que salgas de casa […] El mundo llegará a ti para hacerse
desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se prosternará estático a tus pies”.
El pensamiento filosófico apenas si
alcanza a intuirlo. Su lenguaje colapsa cuando aborda las contradicciones. No
está hecho para hablar de paradojas. La literatura la aventaja en ese camino.
No en balde tanto Kierkegaard como Nietzsche fueron despreciados por parecer
más bien literatos. A estas alturas, la disputa carece de importancia mientras
las palabras continúen revelando lo verdadero.
Siempre he creído que entre la buena
literatura y la buena filosofía no hay mucha diferencia. Considero que en eso
estaría de acuerdo conmigo el autor central de esta marginalia: Luis Carlos
García Lozano.
La naturaleza de su primer libro está
entrecruzada por las ideas mal resumidas en los párrafos anteriores. Los
finales del mundo (IMCE Torreón, 2025) es una novela filosófica. El
adjetivo no aparece aquí como un defecto. Muy por el contrario, estamos frente
a una de las mejores novelas escritas en nuestra ciudad.
Me di a la tarea de plantear el problema
de la incoherencia del mundo, lo irracional de la vida, con el objetivo de
señalar que ese es el tema abordado por esta ópera prima. García Lozano ha sido
un escritor con quien ya llevo años dialogando, en bares, en cafés, en páramos
y borracheras infinitas, y con base en ello cometo la osadía de clasificarlo
como un filósofo. Con esto de nueva cuenta no estoy infravalorando su trabajo.
Se trata de un filósofo en pleno domino del lenguaje literario. La prueba de
ello es Los finales del mundo.
Sin embargo, esa cualidad de su carácter
en muchos sentidos explica el tono, el tema y el ritmo del texto en cuestión.
La historia desarrolla a cinco personajes:
Lucio, Lulú, Eugenio, Judith y Ramón. Todos ellos jóvenes estudiantes de la
clase media a punto de comenzar sus vidas adultas. Lucio es el personaje
principal; él es quien nos guía a lo largo de la trama. Adicionalmente él es
quien hace la pregunta implícita del libro, ¿cómo debe vivirse la vida? En los
primeros párrafos argumenta: “En el comienzo siempre pensaba en aquel refrán
árabe o judío, de que la sabiduría la dan los días, los libros y los viajes, y
en cómo sería mi camino, pues he sido un habitante del desierto que ha vivido
aquellas tres cosas de manera particular, como tres formas de lo mismo. Puede
ser que me faltan muchos días en la vida, que no es cierto que ya he llegado a
la edad de las confesiones, pero ¿qué sabemos del tiempo y la vida?”.
Aunque la pregunta puede llegar a parecer
un lugar común, incluso para toda la producción editorial de ese pusilánime
género de la superación personal, lo cierto es que Los finales del mundo aborda
la indagación de una forma absolutamente honesta, y eso vuelve válida la
pregunta. Se trata de una novela donde un joven se transforma, hay una
metamorfosis última y quienes leemos somos testigos de ese cambio.
Bajo ese orden de ideas, estamos también
ante una Bildungsroman, término traducido como “novela de iniciación”.
Este tipo de obras elabora el descubrimiento iniciático de la juventud; lo hizo
famoso el autor alemán Johann Wolfgang von Goethe con Las penas del joven
Werther y el ciclo de Wilhelm Meister.
Lucio es la consciencia del libro, es
quien indaga y en especial quien intenta una posible respuesta a la pregunta
implícita. “He sido, ante todo, un desesperado y un miserable, porque un
desesperado no sabe esperar, y un miserable no sabe qué esperar”. El tono es
trágico, y el ritmo, reflexivo, casi elegiaco, pues el aprendizaje del
personaje narrador ocurre a un alto precio: acompaña y de algún modo colabora
en la destrucción de sus amigos.
La organización de las acciones sigue la
estructura de la tragedia clásica adaptada a la narrativa moderna. Ese es un
acierto técnico de la trama. Lucio y Lulú fungen como el corifeo y el coro de
los otros tres personajes: Eugenio, Judith y Ramón. Estos último serán
consumidos por la hubris, vocablo griego traducido como desmesura,
soberbia, arrogancia, la cual según los poetas griegos es el defecto más grave
de la raza humana.
El personaje trágico por decisión
consciente entra en un ciclo de desmesura, y así encuentra su destrucción
física y moral. Eugenio, Judith y Ramón tomarán dicha senda. Mientras tanto, el
coro dialoga con ellos, intenta detenerlos sin lograrlo.
Ahora bien, la originalidad de la historia
está en el descubrimiento de Lucio. Él desea entender, busca encontrar una
solución ante la vida. Por ello se la pasa leyendo. “Por el día, la luz de la
mañana me entusiasmó, pues sobre las páginas podía ver amanecer, y eso siempre
deja el entusiasmo que puede colmar el ánimo por el resto del día. Seguí
leyendo hasta el mediodía […] Había pasado ya muchas horas en que no me despegaba
del libro. Las dos novelas se confundían: la novela escrita y la novela
soñada”. Analiza cada uno de sus actos y pensamientos. En más de una vez señala
no estar listo para vivir. No quiere cometer los errores de sus amigos y por
eso se abstiene. Dice vivir por medio de los otros. Alberga la intención de
convertirse en escritor, y así justifica su estatismo. Ser testigo, asegura, le
permitirá relatar en el futuro: hecho que se ejecuta en la misma lectura de la
novela. “Nunca he tenido que presionarte, le dice a Eugenio, para que me
cuentes nada, de hecho, nunca he dicho que vaya a escribir sobre ti. Sabes que
me gusta escribir, pero no quiero escribir la realidad, siempre he preferido el
sueño […] Y tú eres un mal sueño que cargaré conmigo.” Él es quien narra la
anécdota, quien reflexiona y valora las acciones de la misma. No obstante, en
dado momento descubre que, al igual que todos los otros personajes, está en la
encrucijada. La decisión de vivir debe resolverse. Ingenuamente, confía que sus
lecturas y reflexiones lo mantendrán a salvo del caos y la incoherencia. Como
ya el lector de esta reseña lo intuye, no sucede de esta manera y Lucio al
final de la historia, aunque ha sufrido una transformación que eleva su nivel
de consciencia, por otra parte, es dominado por un mal sabor de boca ante la realidad;
el sentimiento de desasosiego lo colma.
Los finales del mundo es mucho más
interesante y compleja. El esbozo presentado más bien es una invitación a
adentrarse en sus páginas. Es una de las mejores novelas publicadas en nuestra
ciudad. Quien la lea no se arrepentirá.
2 comentarios:
Dónde se consigue el libro en fisico
En las oficinas del IMCE Torreón. Calzada Colón y Avenida Juárez.
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